Mostrando entradas con la etiqueta libro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta libro. Mostrar todas las entradas

jueves, 20 de abril de 2017

"Nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ti" - San Agustín




"Grandes eres, Señor, y muy digno de alabanza; grande tu poder, y tu sabiduría no tiene medida.

Y pretende alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación; precisamente el hombre, que, revestido de su mortalidad, lleva consigo el testimonio de su pecado y el testimonio de que resistes a los soberbios.

Con todo, quiere alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación.

Tú mismo le estimulas a ello, haciendo que se deleite en alabarte,

porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ti."

San agustín - Confesiones I,1.

martes, 14 de junio de 2016

"Superbia abscondita Luxuria manifesta" San Agustín

"Audi Filia - Cap 12 - Humildad, principio de castidad" - San Juan de Ávila:


"Y este mal de soberbia es tan malo de conocer, y por eso mucho de temer, que algunas veces lo tiene el hombre metido tan en lo secreto de su corazón que él mismo no lo entiende.


Testigo es de esto san Pedro (cf. Jn 13,36-38; Mc 14,29-31), y otros muchos, que estando agradados y confiados de sí pensaban que lo estaban de Dios; el cual, con su infinita sabiduría, ve la enfermedad de ellos, y con su misericordia, junta con su justicia, los cura y sana, con darles a entender, aunque a costa suya, que estaban mal agradados y mal confiados de sí mismos, pues se ven tan miserablemente caídos. Y aunque la caída es costosa, no es tan peligrosa como el secreto mal de soberbia en que estaban; porque no le entendiendo, no le buscaran remedio, y así se perdieran; y entendiendo su mal con la caída, y humillados delante la misericordia de Dios, alcanzan remedio de él para entrambos males. 

Y por esto dijo san Augustín que «corrige Dios la secreta soberbia con manifiesta lujuria», porque el segundo mal (lujuria) es manifiesto a quien lo comete, y por allí viene a entender el otro mal (soberbia) que secreto tenía".


lunes, 23 de mayo de 2016

"Soñé que había un tesoro enterrado debajo de un puente..." - Cuento hebreo

de los Cuentos de Rabí Najmán de Breslov

Cierta vez un hombre soñó que había un gran tesoro enterrado bajo un puente en Viena. De modo que viajó hasta Viena y se acercó al puente, pensando qué podía hacer, pues no se animaba a buscar el tesoro durante el día debido a la mucha gente que por allí pasaba.

Un oficial pasó junto a él y le preguntó, "Qué estás haciendo aquí parado tan contemplativo?" El hombre decidió que lo mejor era contarle toda la historia y pedirle su ayuda, esperando que compartiese con él ese tesoro. De modo que le contó toda la historia.

El oficial le dijo, "¡Al judío sólo le importan los sueños! Yo también tuve un sueño y también yo vi un tesoro. Estaba en una pequeña casa, bajo el sótano."

Al ralatar su sueño, el oficial describió con todo detalle la ciudad del hombre y su casa. Este corrió entonces de vuelta a su hogar, cavó debajo del sótano y encontró el tesoro. "Ahora se que siempre tuve el tesoro", se dijo. "Pero necesité viajar hasta Viena para encontrarlo."

Lo mismo es verdad en el servicio al Santo, bendito sea. Cada persona tiene el tesoro pero debe viajar hasta el Tzadik (el hombre Justo / Santo) para encontrarlo.


lunes, 16 de mayo de 2016

La Corrección Fraterna - Vida en Comunidad

 (Vida en Comunidad - Dietrich Bonhoeffer-4. El Servicio)

Nuestra profunda desconfianza hacia todo cuanto sea palabra, sofoca a menudo lo que deberíamos decir personalmente al hermano. ¿Qué puede aportar una débil palabra humana al otro? ¿Debemos multiplicar los discursos vacíos? ¿Debemos, ante una angustia real, pedir ayuda a los profesionales de la palabra? ¿Hay algo más peligroso que abusar de la palabra de Dios? Pero, por otra parte, ¿hay algo más grave que callarse cuando se debería hablar? ¡Cuánto más fácil resulta la palabra desde el púlpito que la que voluntaria y libremente pronunciamos, debatiéndonos entre la responsabilidad de callarnos y el temor de hablar!

A este temor de asumir la responsabilidad de hablar en nombre de Dios y de su palabra, se añade el temor ante los otros. ¡Cuánto cuesta a menudo pronunciar el nombre de Jesús delante de otros! También aquí se mezcla lo falso con lo verdadero. ¿Quién nos autoriza -pensamos- a introducirnos en la vida del otro? ¿Tenemos derecho a abordarlo y ponerlo entre la espada y la pared?

Afirmar de entrada que todos tienen este derecho y este deber no sería dar pruebas de comprensión en la fe. El espíritu de coacción podría reaparecer aquí bajo su aspecto más detestable. Creemos que el prójimo tiene el derecho y el deber de defenderse contra las intromisiones inoportunas en su vida interior. Posee su propio misterio que no debe profanarse sin gran perjuicio, y que él no puede entregar sin destruir su personalidad. Se trata, más que del misterio de su saber o de su sensibilidad, del misterio de su libertad, de su salvación, de su ser profundo. Y sin embargo debe reconocerse que este escrúpulo, en sí legítimo, tiene una afinidad peligrosa con aquellas palabras de Caín: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?». El respeto aparentemente justificado ante la libertad del prójimo puede caer bajo la maldición de Dios: «Te pediré cuentas de su sangre» (Ez 3, 18).

Por esta razón una comunidad cristiana exige a sus miembros que se den testimonio personal respecto a la palabra y a la voluntad de Dios. Es totalmente impensable que los hermanos se abstengan de hablar entre ellos precisamente de aquello que les es más vital. Sería anticristiano negar deliberadamente a un hermano este servicio fundamental. Si la palabra no quiere aflorar a nuestros labios, deberíamos preguntarnos si, a fin de cuentas y a pesar de todo, no consideramos a nuestro hermano únicamente en su dignidad humana que no queremos coaccionar, olvidándonos así de lo más importante: que nuestro hermano, por respetable, encumbrado o ilustre que sea, es un hombre como nosotros; un pecador necesitado de la palabra de Dios y que en sus tribulaciones semejantes a las nuestras, tiene necesidad de ayuda, de consuelo y de perdón.

La base de la que hay que partir es esta: saber que mi hermano es un pecador abandonado y perdido en toda su dignidad humana si no recibe ayuda. Esto no significa desacreditar ni deshonrar su honor, al contrario, es tributarle el único verdadero que posee el hombre: hacerle saber que, aunque pecador, está destinado a tomar parte en la misericordia y gloria de Dios, a ser hijo suyo.

El conocimiento de la verdadera situación del prójimo da a nuestra palabra la libertad y franqueza necesarias. Nuestro propósito se orienta a la ayuda que necesitamos unos de otros. Nos mostramos el camino que Cristo nos manda seguir. Nos ponemos mutuamente en guardia contra la desobediencia y sus consecuencias mortales.

Nuestra palabra, es a la vez, dulce y dura porque conocemos la bondad y severidad de Dios. ¿Por qué tenernos miedo unos a otros, cuando sólo debemos temer a Dios? ¿Por qué temer no ser comprendidos, si nosotros hemos comprendido perfectamente cuando alguien -a veces con palabras torpes- nos ha hablado del consuelo y la amonestación de Dios? ¿Por qué, si no, Dios nos ha hecho el regalo de la fraternidad cristiana?

Cuanto más aprendemos a dejarnos interpelar por el prójimo y aceptar con humildad y reconocimiento sus duros reproches y amonestaciones, tanto más libres y objetivos seremos en aquello que tengamos que decirle. Aquel que por susceptibilidad o amor propio rechaza la palabra del hermano, tampoco es capaz de decir la verdad al otro con humildad por temor a ser rechazado y tener así un nuevo motivo de sentirse herido. En nuestra relación con el prójimo, la susceptibilidad toma necesariamente la forma de adulación y, en consecuencia, de traición y mentira. La verdad y el amor son, por el contrario, el clima de la humildad. La palabra de Dios sigue siendo la fuerza que la inspira y por la que se deja guiar hacia el prójimo. Y puesto que no busca ni teme nada para sí mismo, el humilde es capaz de ofrecer a otros la ayuda de la palabra.

La amonestación es necesaria siempre que el hermano cae en un pecado manifiesto; es mandato de Dios. La disciplina debe comenzar a ejercerse a partir del ámbito más estrecho de la comunidad. Se trata de hablar clara y firmemente siempre que la comunidad familiar -y por lo mismo la Iglesia- está amenazada por modos de vivir o de pensar que reniegan de la palabra de Dios.

Nada puede ser más cruel que esa forma de indulgencia que abandona al prójimo en su pecado. Y nada puede ser más caritativo que la seria reprimenda que le saca de su vida culpable. Dejando que entre nosotros únicamente la palabra de Dios despliegue su poder de juicio y salvación, estamos cumpliendo un acto de misericordia, y ofrecemos al prójimo una última posibilidad de auténtica comunión fraterna.

No somos nosotros los que juzgamos; sólo Dios juzga, y su juicio es recto y saludable. Hasta el último momento no podemos hacer otra cosa que servir al hermano sin elevarnos nunca sobre él; y continuaremos sirviéndole incluso cuando debamos transmitirle la palabra que condena y separa, rompiendo de este modo, por obediencia a Dios, nuestra comunión con él. Porque nosotros sabemos que no es nuestro amor humano lo que nos mantiene fieles al prójimo, sino el amor de Dios que a través del juicio llega al hombre. La palabra de Dios, al mismo tiempo que le juzga, está sirviendo al hombre; y es aceptando el juicio de Dios como el hombre recibe la ayuda que necesita. Aquí es donde se ponen de manifiesto los límites de nuestras posibilidades de acción para con el prójimo: «Nadie puede rescatar al hombre de la muerte, nadie puede dar a Dios su precio, pues muy elevado es el rescate de la vida, y no se llegará jamás a él» (Sal 49, 7-8). Esta abdicación del hombre confirma y presupone que nuestro hermano no puede recibir ayuda y redención más que de Dios y su palabra. No tenemos en nuestras manos el destino de nuestro prójimo, y cuando las ataduras tienen que disolverse, nosotros no podemos impedirlo. Dios, sin embargo, une en la ruptura, religa en el mismo acto de la separación, concede su gracia en el juicio. No obstante, ha puesto su palabra en nuestra boca, y quiere que sea pronunciada por nosotros. Si nos guardamos su palabra, la sangre de nuestro hermano caerá sobre nosotros. Si, por el contrario, la proclamamos, Dios se servirá de nosotros para salvar a nuestro hermano. «Quien convierte a un pecador de su errado camino, salvará su alma de la muerte y cubrirá la muchedumbre de sus pecados» (Sant 5, 20).

jueves, 10 de diciembre de 2015

Comunión del Cuerpo y la Sangre del Señor - Pedro Farnés

Pastoral de la Eucaristía - Pedro Farnés - Dossiers CPL 49 - Conclusiones:

El gesto de comulgar en la mano resulta más natural que el de recibir la Eucaristía en la boca, peo no es, con todo, más significativo en sí mismo, ni por ello se le debe dar excesiva importancia al cambio entre una y otra forma de comulgar. Lo único importante es que SE RECIBA la Eucaristía de una forma RESPETUOSA y EXPRESIVA de la fe.

Tanto si se comulga en la mano como se se comulga en la boca es muy importante que el gesto y la catequesis que lo prepara sean objetiva y subjetivamente expresivas del DON que se recibe y del RESPETO Y ADORACIÓN que merece el Cuerpo del Señor.

Es, en cambio, sumamente importante que la Eucaristía se reciba, siempre que sea posible, BAJO LAS DOS ESPECIES.

También es sacramentalmente importante que la Eucaristía sea siempre servida por un ministro -ordinario o extraordinario- y que no se suprima en ningún caso el DIÁLOGO entre el que da la Eucaristía y el que la recibe: "El Cuerpo de Cristo". R/"Amén". "La Sangre de Cristo". R/. "Amén".

La comunión en la mano es, en cambio, muy recomendable en todos aquellos casos en que su introducción facilite la comunión bajo las dos especies o haga posible comulgar de la Sangre del Señor bebiendo del cáliz en lugar de limitarse a la simple intinción.

También tiene importancia que el mismo pan se "ROMPA" realmente, que no se usen, a no ser en caso de necesidad, hostias individuales, cuya presentación expresa menos bien el sentido de la Eucaristía, como claramente lo significa IGMR 283.

Finalmente es también importante que los recipientes donde se colocan el Cuerpo y la Sangre del Señor sean suficientemente grandes, y siempre bien separados el uno del otro: que parezcan claramente como algo que contiene comida y bebida, pues ello facilita la visión Eucarística en su vertiente sacramental o significativa.

martes, 1 de diciembre de 2015

El combate de la oración - Diadoco de Fótice

Un laico del Cristo Orante. Encuentro con San Diádoco de Fótiche (400-486 dC):


Estamos a mediados del siglo V, nos dirigimos al noroeste de Grecia, a la región de Epiro, para encontrarnos con un anciano llamado Diádoco, obispo de Fótice.

Voy a su encuentro, con gozo y reverencia, y puesto a sus pies, deslumbrado ante su presencia, le pido:

- Padre, dime una palabra sobre la oración continua.

- Hijo, ¿qué buscas?

- Ser un orante… ser un hombre de oración, y por eso he venido hasta ti, para recibir de tus labios una palabra de vida.

Después de quedarse por un momento en silencio, con voz suave y firme me dice:

- Llegarás a lo que deseas sólo si entregas tu vida por completo a nuestro muy deseado Señor Jesucristo [1]. Lanzarse a buscar la perla preciosa de la oración implica venderlo todo, todo lo que eres y posees. “El ser a su semejanza es sólo de aquellos que por una gran caridad esclavizaron su libertad a Dios. Pues cuando no nos pertenecemos, entonces somos semejantes al que nos reconcilió con Él por el amor.”[2]

- Pero Padre, yo que no soy monje sino un simple laico, ¿puedo consagrar también mi vida al Señor y a la oración?

- Por supuesto que sí…. “Conságrate siempre a la oración -en la guarda del intelecto- aunque no vivas en un monasterio.”[3] No dediques tiempo solo al estudio y a la lectura sobre la oración –que sin duda fácilmente te llenarán de consuelo- sino más bien soporta en los comienzos la estrechez de la virtud de la oración. Dedícate “lo más posible a la oración, a la salmodia, a la lectura de la Escritura”.[4] Y, sobre todo, “vive en un ferviente recuerdo de Dios”[5]. Con el deseo y el ardor que coseches de este permanente recuerdo de Dios, enfrenta cada día el combate que se da en tu corazón contra la tentación, el pecado y el mal.

- Explícame, te lo ruego, a qué te refieres cuando hablas de este combate que se da en el corazón.

- Hijo, quien busca alcanzar la perfección espiritual y el conocimiento de nuestro Señor por la oración,  se va convirtiendo poco a poco en un verdadero luchador del combate espiritual. “A los que comienzan a amar la piedad, el camino de la virtud les parece muy escabroso y penoso, no porque lo sea, sino porque la naturaleza humana apenas salida del seno materno vive cómodamente en los placeres. Pero para aquellos que pueden sobrepasar el [punto] medio, se manifiesta como un camino llano y fácil. […] Es necesario pues en los comienzos  del combate, practicar con una voluntad violenta los santos mandamientos de Dios [6], para que, viendo nuestra intención y esfuerzo, nuestro buen Señor nos envíe una voluntad muy presta para servir con placer sus gloriosos deseos; pues la voluntad entonces es preparada por el Señor, de manera que practiquemos incesantemente el bien con gran gozo.”[7]

-¿Cómo se va creciendo en este camino espiritual?

- Al principio, “la gracia esconde su presencia esperando el propósito del alma. Cuando el hombre entero se vuelve hacia el Señor, entonces ella, con un sentimiento inefable, manifiesta su presencia en el corazón y espera nuevamente el movimiento del alma, dejando que los dardos del demonio lleguen hasta su sentido íntimo, para que con un propósito más ferviente y una humilde disposición busque el alma a Dios.

En lo restante, si el hombre comienza a avanzar por la observancia de los mandamientos e invoca incesantemente al Señor Jesús, entonces el fuego de la santa gracia se distribuye incluso en los sentidos exteriores del corazón, quemando totalmente la cizaña de la tierra humana. […] 
Finalmente, cuando el luchador se ha revestido de todas las virtudes y sobre todo de la perfecta pobreza, entonces la gracia ilumina con un sentimiento más profundo toda su naturaleza y lo enciende en un gran amor de Dios. […] Así la brisa del Espíritu Santo, que mueve el corazón hacia los soplos de paz, extingue los dardos del demonio incendiario cuando aún son llevados por el aire. Incluso al que ha llegado a esta medida, Dios lo abandona alguna vez a la malicia de los demonios, dejando entonces su intelecto sin luz, para que nuestra libertad no sea totalmente encadenada por los lazos de la gracia, no sólo porque por las luchas es derrotado el pecado, sino también porque el hombre debe progresar aún en la experiencia espiritual.” [8] 

- Padre, mi corazón desea ardientemente entregarse al Señor, vivir según sus mandamientos, pero lamentablemente es también en mi corazón donde siento el ardor y el poder que ejercen en mí las pasiones.

 - “Lo propio de un hombre amigo de la virtud es el ir consumiendo siempre lo que hay de terreno en nuestros corazones por el recuerdo de Dios, para que así poco a poco, el mal sea consumido por el fuego del recuerdo del bien, y el alma vuelva perfectamente a su brillo natural con un esplendor mayor” [9]. “Hay que abandonar siempre la disposición al mal, mediante el ejercicio en el recuerdo de Dios, porque la naturaleza del bien es más poderosa que la disposición al mal, pues aquella es, mientras que esta no es, salvo cuando se practica” [10]. Así, “es necesario que el alma sea llamada primero a los combates por el gozo inicial, y luego sea examinada y probada por la verdad del Espíritu Santo acerca de los males realizados o de las vanidades que aún realiza… para que probada por el divino examen como en un horno, reciba la acción de un gozo privado de fantasías, en el ferviente recuerdo de Dios.” [11]

- Hay días en que mi corazón sin esfuerzo se inclina a la oración, pero en otros momentos las pasiones lo tironean de un lado hacia el otro como si fuera verdaderamente esclavo de ellas.

- “Los que están en el comienzo de la actividad espiritual tienen un corazón parcialmente calentado por la gracia. Es por eso que a veces su intelecto comienza entonces a fructificar pensamientos espirituales. Pero las partes visibles del corazón continúan pensando según la carne, porque todos los miembros del corazón no están aún iluminados por la luz de la santa gracia en un sentimiento profundo. […] Si empezamos, pues, a practicar con celo ferviente los mandamientos de Dios, en adelante la gracia iluminará todos nuestros sentidos en un sentimiento profundo, como quemando nuestros pensamientos y penetrando nuestro corazón con una cierta paz de inalterable amistad, preparándonos para tener pensamientos espirituales y no más carnales. Esto es lo que sucede continuamente a aquellos que se aproximan bastante a la perfección, a los que tienen incesantemente en el corazón el recuerdo del Señor Jesús.” [12]

- Los antiguos Padres de Egipto nos han enseñado sobre la importancia de mantener siempre el recuerdo de Dios y lo conveniente que es para esto rezar con oraciones breves, pero cuando te escucho veo cómo tú ya no sólo me hablas del recuerdo de Dios sino también de mantener continuamente el recuerdo del Señor Jesús en el corazón e invocar incesantemente su Nombre. Abba, te lo ruego, dime más sobre esto...

- Con gusto te hablaré de la invocación del Santo Nombre de Jesús,  que –te confieso- ha robado completamente mi corazón, pero déjame que te explique algo antes:
El camino espiritual es un itinerario que va de lo visible a lo invisible… Nuestro intelecto tiene que aprender a dejar de mirar y de detenerse en lo exterior para prestar más atención a lo interior y ver allí al Invisible. El luchador paciente es aquel que “persevera incesantemente viendo, con los ojos del pensamiento al Invisible, como si fuera visible” [13]. Cuando hablo de mirar el interior y allí al Invisible, me refiero a la necesidad de mirar siempre la profundidad de nuestro corazón.
Porque la gracia de Dios reside en la profundidad del alma, “por ello desde las mismas profundidades de nuestro corazón sentimos como brotar el deseo divino, cuando recordamos a Dios fervorosamente.” [14] “La vista, el gusto y todos los sentidos disipan la memoria del corazón […] Nosotros, pues, mirando siempre la profundidad de nuestro corazón con un recuerdo incesante de Dios, vivamos como ciegos en esta vida engañosa” [15].

- Padre, pero cuando he intentado en la oración no prestar atención a lo que pasaba a mi alrededor, concentrarme en mi interior y buscar allí al Señor, he luchado sin éxito contra una multitud de pensamientos que vienen y me distraen todo el tiempo.

- Hijo, ahora te hablaré –como me habías pedido- de la invocación del Nombre de Jesús y te daré un remedio para las distracciones que durante la oración te aparecen.
“El intelecto nos exige absolutamente, cuando cerramos todas sus salidas [externas] por el recuerdo de Dios, una obra que satisfaga su necesidad de actividad. Hay que darle al ‘Señor Jesús’, como única ocupación [tendiente] a su fin […] Que contemple en todo tiempo sólo esta palabra en sus propias cámaras del tesoro, para no volver a sus imaginaciones. Todos cuantos meditan incesantemente en la profundidad de su corazón este santo y glorioso Nombre pueden ver entonces también la luz de su intelecto. Pues, dominado por el pensamiento en un estrecho esfuerzo, consume en un sentimiento intenso toda mancha que cubre el alma; pues nuestro Dios es un fuego devorador. Por eso el Señor invita al alma a un gran amor de su propia gloria. Perseverando en aquel Nombre glorioso y muy deseado en el fervor del corazón por medio de la memoria del intelecto, produce en nosotros el hábito de amar su bondad sin que nada se le oponga en adelante. Ésta es, pues, la perla preciosa que se puede adquirir habiendo vendido los propios bienes, y cuyo descubrimiento produce un gozo inefable.”[16]

- (Al escucharle estas palabras veía su ojos brillar y su rostro resplandecer. Era como si hubiera abierto su corazón para confiarme un secreto preciado que allí guardaba. Yo en silencio admirado solo escuchaba.)

- Pero esto no sólo te ayudará en tus momentos de oración – me dijo- , también la invocación del Santo Nombre del Señor Jesús es un arma poderosa para el combate del que te hablé al comienzo. Cuando estés en medio de la lucha, “emplea el santo Nombre de Jesús para rechazar al mal” [17]. “Si el intelecto se encuentra en una memoria muy ferviente, sosteniendo el Santo Nombre del Señor Jesús y lo usa como arma contra el engaño, entonces el impostor se apartará.” [18]. “Si el intelecto se encuentra, recordando atentamente al Señor Jesús, disipa el soplo de apariencia agradable del enemigo y exultante se lanza en el combate contra él…” [19]
Así, si quieres purificar tu corazón abrázalo continuamente por el recuerdo del Señor Jesús, teniendo incesantemente esto como tu única meditación y obra. Porque es necesario que los que quieren arrojar su podredumbre no oren a veces sí, y a veces no, sino que se consagren siempre a la oración. [20]

- Padre, ¡enséñame a invocar correctamente el santo nombre de Jesús en mi corazón!

- La gracia es la que enseñará a tu alma a invocar el nombre de Jesús. “El alma tiene la gracia misma, la cual medita y grita con ella el “Señor Jesús”, como una madre enseñaría a su pequeño hijo la palabra “papá”, repitiéndola con él hasta que en lugar de un gorjeo infantil lo condujera a la costumbre de llamar claramente a su padre, incluso en su sueño.” [21] Amigo mío, te invito a que te conviertas en un luchador… Si te lanzas con generosidad a este combate para el cual ya te he enseñado mi arma más valiosa, experimentarás a su momento los consuelos inefables de nuestro Señor.

- ¿Cuáles son estos consuelos?

- “El recuerdo de Dios, que permanece fervoroso por la regulación de la voz, prepara el corazón para llevar algunos pensamientos que hacen brotar lágrimas y están llenos de dulzura” [22]. Una dulzura que viene de Dios y colma el corazón [23].
“Sentirás –también- abundantemente la consolación divina […] podrás gustar sin error la consolación del Espíritu Santo” [24]; “tu alma se arrastrará por el amor de Dios” [25]; “sentirás de modo inefable la bondad divina… y el gozo que llegará verdaderamente a tu alma y a tu cuerpo es un recuerdo inefable de la vida incorruptible” [26]. Y, sin duda, muchas otras cosas más que la palabra no puede explicar, y que sólo las conocen Dios y el alma.


La noche había pasado y nuestro diálogo llegó a su fin. Las primeras luces del alba aparecían desde el horizonte y el anciano, con una fuerza nada común, prendía las velas para la oración de la mañana.



-------------------------------------
-------------------------------------






Notas:

[1] Cfr. DIADOCO DE FÓTICE, Obras completas, Ed. Ciudad Nueva, Madrid 1999. Cien capítulos sobre la perfección espiritual 38. [En adelante Cap. Gnost.]

[2] Cap. Gnost., 4.

[3] Cap. Gnost., 97.

[4] Cap. Gnost., 68.

[5] Cap. Gnost., 11.32.

[6] En varios pasajes Diádoco une a la observancia de los mandamientos el recuerdo de Dios y la invocación del Santo Nombre de Jesús: “Si empezamos, pues, a practicar con celo ferviente los mandamientos de Dios, en adelante la gracia iluminará todos nuestros pensamientos, penetrando en nuestro corazón con una cierta paz de inalterable amistad […] Esto sucede continuamente […] a los que tienen incesantemente en el corazón el recuerdo del Señor Jesús.” Cap. Gnost., 88. “Es necesario, pues, que se consagre siempre a la observancia de los santos mandamientos y a un profundo recuerdo del Señor de la gloria.” Cap. Gnost., 96. “Pues si alguno no deja de recordar a Dios y no descuida sus santos mandamientos, no caerá en una caída voluntaria o involuntaria”. Cap. Gnost., 100. Véase también la cita que presentamos en el texto a continuación: Cap. Gnost., 85.

[7] Cap. Gnost., 93.

[8] Cap. Gnost., 85.

[9] Cap. Gnost., 97.

[10] Cap. Gnost., 3.

[11] Cap. Gnost., 60.

[12] Cap. Gnost., 88.

[13] Cap. Gnost., Tercera definición.

[14] Cap. Gnost., 73.

[15] Cf. Cap. Gnost., 56-57.

[16] Cap. Gnost., 59.

[17] Cap. Gnost., 33.

[18] Cap. Gnost., 31.

[19] Cap. Gnost., 32.

[20] Cf. Cap. Gnost., 97.

[21] Cap. Gnost., 61.

[22] Cap. Gnost.,73.

[23] Ibid.

[24] Cf. Cap. Gnost., 30-31.

[25] Cap. Gnost., 33.

[26] Cap. Gnost., 25.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

-"Adán, ¿dónde estás?" - "Fue la llave de otro la que abrió mi corazón..."

Hagadot sobre el Génesis 3 - Daniel Lifschitz:


Al principio, Dios se abstuvo de hacerles reproches. Quedándose a la puerta del Paraíso, sólo pregunto: "Adán, ¿DÓNDE ESTÁS?"

...

A pesar de que el Señor conocía bien la situación de Adán, comenzó su discurso, a propósito, con una pregunta, para facilitarle a Adán el reconocimiento de su culpa.

"¿Cómo es posible un cambio tan drástico? Hace poco te comportabas según mi voluntad y ahora obedeces a la serpiente; hace poco dominabas el mundo y ahora tienes que esconderte entre los árboles del jardín".

Esto se puede comparar a la historia de un mercader, que tenía que pasar el sábado en una posada y llevaba consigo un cofre en el que conservaba todos sus haberes. No queriendo llevar consigo la llave del cofre (ya que temía profanar el sábado) decidió dejarla dentro, y llamar después de la fiesta a algún artesano para que le abriera la cerradura. El posadero, que era poco honrado y deseaba los tesoros del mercader, descubrió entre sus llaves una que abría la cerradura. Abrió el cofre y robó todo su contenido. Cuando, pasado el sábado, el artesano fue a abrir el cofre, la sorpresa del mercader fue grande al verlo vacío, con su llave dentro. "Puesto que la llave estaba dentro ¿cómo ha sido abierto el cofre?" se preguntó.

Lo mismo preguntaba el Santo, bendito sea, a Adán: "Puesto que, tal como te había creado, no conocías las pasiones, ni el deseo (pasión por el todo) del fruto del árbol de la ciencia que te había prohibido, ¿cómo es que tu corazón se ha abierto al deseo?" Y Adán respondió: "Fue la llave de otro la que abrió mi corazón"...

Dios utilizó la expresión "Dónde estás" para despertar en adán la conversión, dándoles a entender cuán bajo había caído. La palabra "ayeka" (dónde estás) se puede también puntear y leer "aika", que es un grito de dolor. Dios exclamó: "Ay de mí, ¿cómo es que has caído?". Él experimentó un gran dolor por la caída de Adán.


El Señor le preguntó: "¿Por qué, de modo tan impensado, temes mi voz?"
"Señor del Universo, respondió Adán, me he dado cuenta de que tu Shekiná se ha alejado del Paraíso. ¡Me siento desnudo, despojado del único mandamiento que me has dado, y por eso me he escondido!
Añadió el Señor: "¿Acaso tratas de esconderte en un lugar tan secreto que yo no lo descubra?"
El Señor siguió interrogando a Adán, con la esperanza de que confesase su pecado para poder perdonarle. Le preguntó: "¿Acaso has comido del árbol que te prohibí comer?"...

... Adán no confesó su culpa, sino que respondió: "La mujer que me diste como compañera, me dio del árbol y comí"

miércoles, 9 de septiembre de 2015

San Cirilo de Jerusalén - La comunión del Cuerpo y la Sangre del Señor

San Cirilo de Jerusalén - Obispo y Doctor de la Iglesia (315-386)
Catequesis XXIII - Mistagógica V (20-23)

La comunión del cuerpo y la sangre del Señor

Oíste después la voz del salmista que os invitaba, por medio de cierta divina melodía, a la comunión de los santos misterios y decía: «Gustad y ved qué bueno es el Señor» (Sal 34,9). Pero no juzguéis ni apreciéis esto como una comida humana: quiero decir, no así, sino desde la fe y libres de toda duda. Pues a los que los saborean no se les manda degustar pan y vino, sino lo que éstos representan en imagen, pero de modo real: el cuerpo y la sangre del Señor.

La comunión del cuerpo de Cristo

No te acerques, pues, con las palmas de las manos extendidas ni con los dedos separados, sino que, poniendo la mano izquierda bajo la derecha a modo de trono que ha de recibir al Rey, recibe en la concavidad de la mano el cuerpo de Cristo diciendo: «Amén». 

Súmelo a continuación con ojos de santidad cuidando de que nada se te pierda de él. Pues todo lo que se te caiga considéralo como quitado a tus propios miembros. Pues, dime, si alguien te hubiese dado limaduras de oro, ¿no las cogerías con sumo cuidado y diligencia, con cuidado de que nada se te perdiese y resultases perjudicado? ¿No procurarás con mucho más cuidado y vigilancia que no se te caiga ni siquiera una miga, que es mucho más valiosa que el oro y que las piedras preciosas?

La comunión de la sangre de Cristo


Y después de la comunión del cuerpo de Cristo, acércate también al cáliz de la sangre: sin extender las manos, sino inclinándote hacia adelante, expresando así adoración y veneración, mientras dices «Amén», serás santificado al tomar también de la sangre de Cristo. Y cuando todavía tienes húmedos los labios, tocándolos con las manos, santifica tus ojos y tu frente y los demás sentidos. Por último, en oración expectante, da gracias a Dios, que te ha concedido hacerte partícipe de tan grandes misterios.

Guardad íntegras estas tradiciones, y guardaos a vosotros mismos sin mancha. No os apartéis de la comunión ni mancilléis con vuestros pecados estos sagrados y espirituales misterios. «Que él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Tes 5,23), a quien sea la gloria, el honor y el imperio con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.


lunes, 7 de septiembre de 2015

San Agustín: "Tarde te amé"

Del libro de las Confesiones de san Agustín, obispo (Libro 7, 10. 18, 27)

"Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo tú mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste.


Entré, y vi con los ojos de mi alma, de un modo u otro, por encima de la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente, una luz inconmutable; no esta luz ordinaria y visible a cualquier hombre, por intensa y clara que fuese y que lo llenara todo con su magnitud. Se trataba de una luz completamente distinta. Ni estaba por encima de mi mente, como el aceite sobre el agua o como el cielo sobre la tierra, sino que estaba en lo más alto, ya que ella fue quien me hizo, y yo estaba en lo más bajo, porque fui hecho por ella. La conoce el que conoce la verdad.


¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad! Tú eres mi Dios, por ti suspiro día y noche. Y, cuando te conocí por vez primera, fuiste tú quien me elevó hacia ti, para hacerme ver que había algo que ver y que yo no era aún capaz de verlo. Y fortaleciste la debilidad de mi mirada irradiando con fuerza sobre mí, y me estremecí de amor y de temor; y me di cuenta de la gran distancia que me separaba de ti, por la gran desemejanza que hay entre tú y yo, como si oyera tu voz que me decía desde arriba: «Soy alimento de adultos: crece, y podrás comerme. Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí».

Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, el que está por encima de todo, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: Yo soy el camino de la verdad, y la vida, y el que mezcla aquel alimento, que yo no podía asimilar, con la carne, ya que la Palabra se hizo carne, para que, en atención a nuestro estado de infancia, se convirtiera en leche tu sabiduría por la que creaste todas las cosas.

¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!

Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste.

Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo.
Reteníanme lejos de tí aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían.

Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera;
brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera;
exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo;
gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti;
me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti."

martes, 1 de septiembre de 2015

"No juzguéis, y no seréis juzgados" (Lc 6,37)

Dietrich Bonhoeffer - Vida en comunidad - No Juzgar:

Una regla esencial de la vida cristiana comunitaria es que nadie se permita pronunciar una palabra secreta sobre otro.

Está claro que aquí no nos referimos a la corrección fraterna personal. Lo que se proscribe es la palabra oculta que juzga al otro, incluso cuando se pretende ayudar, y la intención es buena; pues es precisamente bajo esta apariencia de legitimidad por donde mejor se infiltra en nosotros el espíritu de odio y de maldad.

Este no es el momento de enumerar los diferentes modos de aplicación y las limitaciones de esta regla. Se trata más bien de una decisión personal y concreta. 

Bíblicamente la cuestión está clara:

«Te sientas a hablar contra tu hermano, deshonras al hijo de tu madre ... Te acusaré, te lo echaré en cara» (Sal 50, 20-21).
 «Hermanos, no murmuréis los unos de los otros. El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres cumplidor de la ley, sino juez. Uno solo es el dador de la ley, que puede salvar o perder; pero tú ¿quién eres para juzgar a otro?» (Sant 4, 11-12).
«Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino palabras buenas y oportunas que favorezcan a los oyentes» (Ef 4,29).

En una comunidad donde se observa desde el principio esta disciplina de la lengua, cada uno en particular podrá hacer un descubrimiento incomparable. No podrá dejar de observar continuamente a su prójimo, de juzgarlo, de condenarlo, de ponerle en su lugar y presionarle. Pero también podrá dejarle completamente libre en la situación en la que Dios le ha colocado respecto a él. Verá ensancharse su horizonte y descubrirá por primera vez, a propósito del prójimo, la riqueza y el esplendor del don de Dios creador.

Dios no creó a mi prójimo como yo lo hubiera creado. No me lo dio como un hermano a quien dominar, sino para que, a través de él, pueda encontrar al Señor que lo creó. En su libertad de criatura de Dios, el prójimo se convierte para mí en fuente de alegría, mientras que antes no era más que motivo de fatiga y pesadumbre.

Dios no quiere que yo forme al prójimo según la imagen que me parezca conveniente, es decir, según mi propia imagen, sino que él lo ha creado a su imagen, independientemente de mí, y nunca puedo saber de antemano cómo se me aparecerá la imagen de Dios en el prójimo; adoptará sin cesar formas completamente nuevas, determinadas únicamente por la libertad creadora de Dios. Esta imagen podrá parecerme insólita e incluso muy poco divina; sin embargo, Dios ha creado al prójimo a imagen de su Hijo, el Crucificado.

jueves, 27 de agosto de 2015

Rahamim - Entrañas de misericordia. La com-pasión de Dios

"Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en las sombras de la muerte, para guiar nuestros pasos por el Camino del la Paz" (Lc. 1,78-79)

La Palabra Rahamin significa "Entrañas de Misericordia".

Confiar y descansar en la Misericordia de Dios significa entrar en el útero (Rehem) de Dios que tiene el poder de regenerar, a través de su Igleias y gesta cristianos.

El hombre es introducido en el útero de Dios a través del don de la conversión para que nazca una criatura nueva, como dijo Jesús a Nicodemo (Jn 3, 4)

---
"María en el misterio de la cruz y la resurrección" - Meditación tomada del libro «María, Iglesia naciente» publicada por Joseph Ratzinger en el libro que escribió junto al teólogo Hans Urs von Balthasar con el título «María, Iglesia naciente», páginas 57-60:

«Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción --¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!--» (Lucas, 2, 34).

La espada atravesará su corazón: esto hace referencia a la pasión del Hijo, que se convertirá también en pasión de la Madre. Dicha pasión comienza ya con su siguiente visita al Templo:
- María debe aceptar la precedencia del auténtico Padre y de su casa, del Templo;
- Debe aprender a dejar libre a aquel al que dio a luz.
- Debe llevar hasta el final el sí a la voluntad de Dios que la hizo llegar a ser madre:
- Retirarse y ponerlo en libertad para su misión.


En los rechazos de la vida pública y en esta retirada se da un paso importante que se consumará en la cruz con la palabra «Ahí tienes a tu hijo»: desde ese momento, su hijo ya no es Jesús, sino el discípulo.


La aceptación y la disponibilidad es el primer paso que se exige de ella;

El dejar y el dar libertad es el segundo.

Sólo así se hace completa su maternidad: el «Dichoso el seno que te llevó» sólo se hace verdad donde forma parte de la otra bienaventuranza. «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan» (Lucas 11,27s.). Así, María está preparada para el misterio de la cruz, que no termina simplemente en el Gólgota. Su Hijo sigue siendo signo de contradicción, y así ella sigue sumergida en el dolor de dicha contradicción, el dolor de la maternidad mesiánica.

Especialmente querida para la piedad cristiana se ha hecho precisamente la imagen de la Madre sufriente, convertida totalmente en com-pasión, con el Hijo muerto sobre el regazo.

En la Madre que com-padece han encontrado los dolientes de todos los tiempos el reflejo más puro de esa com-pasión divina que es el único consuelo verdadero. Pues todo dolor, todo padecer es, en su esencia última, aislamiento, pérdida del amor, dicha destrozada de quien ya no es aceptado. Sólo el «com-» puede curar el dolor.


En Bernardo de Claraval se encuentra esta palabra maravillosa: Dios no puede padecer, pero puede com-padecer (1). Bernardo pone con ello cierto punto final a la disputa de los Padres acerca de la novedad del concepto cristiano de Dios. Para el pensamiento antiguo, a la esencia de Dios pertenecía la impasibilidad de la pura razón. A los Padres les resultaba difícil rechazar esta idea y concebir «pasión» alguna en Dios, pero por la Biblia veían, perfectamente, no obstante, que la «revelación de la Biblia» «hace estremecer... [todo] lo que el mundo había pensado sobre Dios». Veían que en Dios hay una pasión muy íntima, que incluso es su genuina esencia: el amor. Y porque ama, el padecimiento no le es ajeno en la forma de com-pasión. «En su amor al hombre, el Impasible ha sufrido la com-pasión misericordiosa», escribe Orígenes a este respecto (2).


Se podría decir que la cruz de Cristo es la com-pasión de Dios por el mundo.


En el Antiguo Testamento hebreo, el com-padecer de Dios al hombre no se expresa con un término del ámbito psicológico, sino que, como corresponde a la modalidad concreta del pensamiento semítico, se designa con un vocablo que en su significado básico denota un órgano corporal, a saber «rahamim», que en singular significa el claustro o seno materno. Lo mismo que «corazón» equivale a sentimiento, y «lomos» y «riñones», a deseo y a dolor, así el seno materno se convierte en la palabra que denota la solidaridad con otro, en referencia muy honda a la facultad del ser humano de existir para otro, de asumirlo en sí mismo, de soportarlo y, soportándolo, darle la vida. El Antiguo Testamento nos dice, con una palabra del lenguaje del cuerpo, cómo Dios nos contiene en sí nos lleva en sí con un amor que com-padece (3).

Las lenguas en las que el Evangelio entró con su paso al mundo pagano no conocían tales formas de expresión. Pero la imagen de la Pietà, la Madre que padece por el Hijo muerto, se convirtió en la traducción viva de esta palabra: en ella queda patente el padecer materno de Dios. En ella se ha hecho visible, tangible. Ella es la «compassio» de Dios, representada en un ser humano que se ha dejado implicar plenamente en el misterio de Dios. Pero, puesto que la vida humana es en todos los tiempos padecer, la imagen de la Madre que padece, la imagen de los «rahamim» de Dios, ha llegado a ser muy importante para la cristiandad. Sólo en ella llega a su término la imagen de la cruz, porque ella es la cruz asumida, que se comparte en el amor, la que nos permite ahora experimentar en su com-pasión la com-pasión de Dios.

Así, el dolor de la Madre es dolor pascual que ya manifiesta la transformación de la muerte en la solidaridad redentora del amor. Con ello, sólo en apariencia nos hemos alejado mucho del «Alégrate» con el que comienza la historia de María. Pues la alegría que le es anunciada no es la alegría banal que se concreta en el olvido de los abismos de nuestro ser, y por eso está condenada a caer en el vacío. Es la verdadera alegría, que nos hace arriesgarnos al éxodo del amor hasta el interior de la ardiente santidad de Dios. Es esa verdadera alegría que con el dolor no se destruye, sino que llega a su madurez. Sólo la alegría que se mantiene firme ante el dolor y es más fuerte que el dolor, es la verdadera alegría.

_________________________________
(1) «In Cant.», s. 26, n. 5, PL 183, 906: «impassibilis est Deus, sed non incompassibilis». Cf. H. de Lubac, «Geist aus der Geschichte. Das Schriftverständnis des Origenes, Einsiedeln 1968 (original francés 1950), p. 285. Todo el capítulo «Ver Gott des Origenes», pp. 269-289, es importante para esta cuestión. H. U. von Balthasar ha tratado repetidas veces el tema contiguo a éste del «dolor de Dios», por última vez en: ID 5, «El último acto», Madrid 1997, pp. 210-243).

(2) H. de Lubac, op. cit., p. 286.

(3) Sobre esto es importante la gran nota 52 de la encíclica de Juan Pablo II «Dives in misericordia» (Sobre la misericordia divina); Cf. también la nota 61.
(02 de mayo de 2005) © Innovative Media Inc.

jueves, 6 de agosto de 2015

La Transfiguración: la pasión se transforma en luz, en libertad y alegría

LA TRANSFIGURACIÓN (Jesús de Nazaret - Joseph Ratzinger / Benedicto XVI)



En los tres sinópticos la confesión de Pedro y el relato de la transfiguración de Jesús están enlazados entre sí por una referencia temporal. Mateo y Marcos dicen: «Seis días después tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan» (Mt 17, 1; Mc 9, 2). Lucas escribe: «Unos ocho días después...» (Lc 9, 28). Esto indica ante todo que los dos acontecimientos en los que Pedro desempeña un papel destacado están relacionados uno con otro.

En un primer momento podríamos decir que, en ambos casos, se trata de la divinidad de Jesús, el Hijo; pero en las dos ocasiones la aparición de su gloria está relacionada también con el tema de la pasión. La divinidad de Jesús va unida a la cruz; sólo en esa interrelación reconocemos a Jesús correctamente. Juan ha expresado con palabras esta conexión interna de cruz y gloria al decir que la cruz es la «exaltación» de Jesús y que su exaltación no tiene lugar más que en la cruz. Pero ahora debemos analizar más a fondo esa singular indicación temporal. Existen dos interpretaciones diferentes, pero que no se excluyen una a otra.

JeanMarie van Cangh y Michelvan Esbroeck han analizado minuciosamente la relación del pasaje con el calendario de fiestas judías. Llaman la atención sobre el hecho de que sólo cinco días separan dos grandes fiestas judías en otoño: primero el Yom Hakkippurim, la gran fiesta de la expiación; seis días más tarde, la fiesta de las Tiendas (Sukkot), que dura una semana. Esto significaría que la confesión de Pedro tuvo lugar en el gran día de la expiación y que, desde el punto de vista teológico, se la debería interpretar en el trasfondo de esta fiesta, única ocasión del año en la que el sumo sacerdote pronuncia solemnemente el nombre de YHWH en el sanctasanctórum del templo. La confesión de Pedro en Jesús como Hijo del Dios vivo tendría en este contexto una dimensión más profunda. Jean Daniélou, en cambio, relaciona exclusivamente la datación que ofrecen los evangelistas con la fiesta de la Tiendas, que —como ya se ha dicho— duraba una semana. 

En definitiva, pues, las indicaciones temporales de Mateo, Marcos y Lucas coincidirían. Los seis o cerca de ocho días harían referencia entonces a la semana de la fiesta de las Tiendas; por tanto, la transfiguración de Jesús habría tenido lugar el último día de esta fiesta, que al mismo tiempo era su punto culminante y su síntesis interna.

Ambas interpretaciones tienen en común que relacionan la transfiguración de Jesús con la fiesta de las Tiendas. Veremos que, de hecho, esta relación se manifiesta en el texto mismo, lo que nos permite entender mejor todo el acontecimiento. Aparte de la singularidad de estos relatos, se muestra aquí un rasgo fundamental de la vida de Jesús, puesto de relieve sobre todo por Juan, como hemos visto en el capítulo precedente: los grandes acontecimientos de la vida de Jesús guardan una relación intrínseca con el calendario de fiestas judías; son, por así decirlo, acontecimientos litúrgicos en los que la liturgia, con su conmemoración y su esperanza, se hace realidad, se hace vida que a su vez lleva a la liturgia y que, desde ella, quisiera volver a convertirse en vida.

Precisamente al analizar las relaciones entre la historia de la transfiguración y la fiesta de las Tiendas veremos que todas las fiestas judías tienen tres dimensiones:
- Proceden de celebraciones de la religión natural, es decir, hablan del Creador y de la creación;
- luego se convierten en conmemoraciones de la acción de Dios en la historia
- y finalmente, basándose en esto, en fiestas de la esperanza que salen al encuentro del Señor que viene, en el cual la acción salvadora de Dios en la historia alcanza su plenitud, y se llega a la vez a la reconciliación de toda la creación.

Veremos que estas tres dimensiones de las fiestas profundizan más y adquieren un carácter nuevo mediante su realización en la vida y la pasión de Jesús.



A esta interpretación litúrgica de la fecha se contrapone otra, defendida insistentemente sobre todo por Hartmut Gese, que no cree suficientemente fundada la relación con la fiesta de las Tiendas y, en su lugar, lee todo el texto sobre el trasfondo de Éxodo 24, la subida de Moisés al monte Sinaí. En efecto, este capítulo, en el que se describe la ratificación de la alianza de Dios con Israel, es una clave esencial para la interpretación del acontecimiento de la transfiguración.  En él se dice: «La nube lo cubría y la gloria del Señor descansaba sobre el monte Sinaí y la nube lo cubrió durante seis días. Al séptimo día llamó a Moisés desde la nube» (Ex 24, 16). El hecho de que aquí —a diferencia de lo que ocurre en los Evangelios— se hable del séptimo día no impide una relación entre Éxodo 24 y el acontecimiento de la transfiguración; en cualquier caso, a mí me parece más convincente la datación basada en el calendario de fiestas judías. Por lo demás, nada tiene de extraño que en los acontecimientos de la vida de Jesús confluyan relaciones tipológicas diferentes, demostrando así que tanto Moisés como los Profetas hablan todos de Jesús.


Pasemos a tratar ahora del relato de la transfiguración. Allí se dice que Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevó a un monte alto, a solas (cf. Mc 9, 2). Volveremos a encontrar a los tres juntos en el monte de los Olivos (cf. Mc 14, 33), en la extrema angustia de Jesús, como imagen que contrasta con la de la transfiguración, aunque ambas están inseparablemente relacionadas entre sí. No podemos dejar de ver la relación con Éxodo 24, donde Moisés lleva consigo en su ascensión a Aarón, Nadab y Abihú, además de los setenta ancianos de Israel.

De nuevo nos encontramos —como en el Sermón de la Montaña y en las noches que Jesús pasaba en oración— con el monte como lugar de máxima cercanía de Dios; de nuevo tenemos que pensar en los diversos montes de la vida de Jesús como en un todo único:
- el monte de la tentación,
- el monte de su gran predicación,
- el monte de la oración,
- el monte de la transfiguración,
- el monte de la angustia,
- el monte de la cruz y, por último,
- el monte de la ascensión, en el que el Señor —en contraposición a la oferta de dominio sobre el mundo en virtud del poder del demonio— dice: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28, 18).
- Pero resaltan en el fondo también el Sinaí, el Horeb, el Moria, los montes de la revelación del Antiguo Testamento, que son todos ellos al mismo tiempo montes de la pasión y montes de la revelación y, a su vez, señalan al monte del templo, en el que la revelación se hace liturgia.

En la búsqueda de una interpretación, se perfila sin duda en primer lugar sobre el fondo el simbolismo general del monte:
- el monte como lugar de la subida, no sólo externa, sino sobre todo interior;
- el monte como liberación del peso de la vida cotidiana,
- como un respirar en el aire puro de la creación;
- el monte que permite contemplar la inmensidad de la creación y su belleza;
- el monte que me da altura interior y me hace intuir al Creador.

La historia añade a estas consideraciones 
- la experiencia del Dios que habla y 
- la experiencia de la pasión, que culmina con el sacrificio de Isaac, con el sacrificio del cordero, prefiguración del Cordero definitivo sacrificado en el monte Calvario.
- Moisés y Elías recibieron en el monte la revelación de Dios; ahora están en coloquio con Aquel que es la revelación de Dios en persona.

«Y se transfiguró delante de ellos», dice simplemente Marcos, y añade, con un poco de torpeza y casi balbuciendo ante el misterio: «Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo» (9, 2s). Mateo utiliza ya palabras de mayor aplomo: «Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (17, 2).

Lucas es el único que había mencionado antes el motivo de la subida: subió «a lo alto de una montaña, para orar»; y, a partir de ahí, explica el acontecimiento del que son testigos los tres discípulos: «Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blanco» (9, 29).


La transfiguración es un acontecimiento de oración; se ve claramente lo que sucede en la conversación de Jesús con el Padre: la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. En ese momento se percibe también por los sentidos lo que es Jesús en lo más íntimo de sí y lo que Pedro trata de decir en su confesión: el ser de Jesús en la luz de Dios, su propio ser luz como Hijo.


Aquí se puede ver tanto la referencia a la figura de Moisés como su diferencia: «Cuando Moisés bajó del monte Sinaí... no sabía que tenía radiante la piel de la cara, de haber hablado con el Señor» (Ex 34, 29). Al hablar con Dios su luz resplandece en él y al mismo tiempo, le hace resplandecer. Pero es, por así decirlo, una luz que le llega desde fuera, y que ahora le hace brillar también a él. Por el contrario, Jesús resplandece desde el interior, no sólo recibe la luz, sino que El mismo es Luz de Luz.



Al mismo tiempo, las vestiduras de Jesús, blancas como la luz durante la transfiguración, hablan también de nuestro futuro. En la literatura apocalíptica, los vestidos blancos son expresión de criatura celestial, de los ángeles y de los elegidos. Así, el Apocalipsis de Juan habla de los vestidos blancos que llevarán los que serán salvados (cf. sobre todo 7, 9.13; 19, 14). Y esto nos dice algo más: las vestiduras de los elegidos son blancas porque han sido lavadas en la sangre del Cordero (cf. Ap 7, 14). Es decir, porque a través del bautismo se unieron a la pasión de Jesús y su pasión es la purificación que nos devuelve la vestidura original que habíamos perdido por el pecado (cf. Lc 15, 22). A través del bautismo nos revestimos de luz con Jesús y nos convertimos nosotros mismos en luz.


Ahora aparecen Moisés y Elías hablando con Jesús. Lo que el Resucitado explicará a los discípulos en el camino hacia Emaús es aquí una aparición visible. La Ley y los Profetas hablan con Jesús, hablan de Jesús.

Sólo Lucas nos cuenta —al menos en una breve indicación—de qué hablaban los dos grandes testigos de Dios con Jesús: «Aparecieron con gloria; hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén» (9, 31). Su tema de conversación es la cruz, pero entendida en un sentido más amplio, como el éxodo de Jesús que debía cumplirse en Jerusalén. La cruz de Jesús es éxodo, un salir de esta vida, un atravesar el «mar Rojo» de la pasión y un llegar a su gloria, en la cual, no obstante, quedan siempre impresos los estigmas.

Con ello aparece claro que el tema fundamental de la Ley y los Profetas es la «esperanza de Israel», el éxodo que libera definitivamente; que, además, el contenido de esta esperanza es el Hijo del hombre que sufre y el siervo de Dios que, padeciendo, abre la puerta a la novedad y a la libertad.

Moisés y Elías se convierten ellos mismos en figuras y testimonios de la pasión. Con el Transfigurado hablan de lo que han dicho en la tierra, de la pasión de Jesús; pero mientras hablan de ello con el Transfigurado aparece evidente que esta pasión trae la salvación; que está impregnada de la gloria de Dios, que la pasión se transforma en luz, en libertad y alegría.

En este punto hemos de anticipar la conversación que los tres discípulos mantienen con Jesús mientras bajan del «monte alto». Jesús habla con ellos de su futura resurrección de entre los muertos, lo que presupone obviamente pasar primero por la cruz. Los discípulos, en cambio, le preguntan por el regreso de Elías anunciado por los escribas. Jesús les dice al respecto: «Elías vendrá primero y lo restablecerá todo. Ahora, ¿por qué está escrito que el Hijo del hombre tiene que padecer mucho y ser despreciado? Os digo que Elías ya ha venido y han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito de él» (Mc 9, 913). Jesús confirma así, por una parte, la esperanza en la venida de Elías, pero al mismo tiempo corrige y completa la imagen que se habían hecho de todo ello. Identifica al Elías que esperan con Juan el Bautista, aun sin decirlo: en la actividad del Bautista ha tenido lugar la venida de Elías.

Juan había venido para reunir a Israel y prepararlo para la llegada del Mesías. Pero si el Mesías mismo es el Hijo del hombre que padece, y sólo así abre el camino hacia la salvación, entonces también la actividad preparatoria de Elías ha de estar de algún modo bajo el signo de la pasión. Y, en efecto: «Han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito de él» (Mc 9, 13). Jesús recuerda aquí, por un lado, el destino efectivo del Bautista, pero con la referencia a la Escritura hace alusión también a las tradiciones existentes, que predecían un martirio de Elías: Elías era considerado «como el único que se había librado del martirio durante la persecución; a su regreso... también él debe sufrir la muerte» (Pesch, Markusevangelium II, p. 80).

De este modo, la esperanza en la salvación y la pasión son asociadas entre sí, desarrollando una imagen de la redención que, en el fondo, se ajusta a la Escritura, pero que comporta una novedad revolucionaria respecto a las esperanzas que se tenían: con el Cristo que padece, la Escritura debía y debe ser releída continuamente. Siempre tenemos que dejar que el Señor nos introduzca de nuevo en su conversación con Moisés y Elías; tenemos que aprender continuamente a comprender la Escritura de nuevo a partir de El, el Resucitado.


Volvamos a la narración de la transfiguración. Los tres discípulos están impresionados por la grandiosidad de la aparición. El «temor de Dios» se apodera de ellos, como hemos visto que sucede en otros momentos en los que sienten la proximidad de Dios en Jesús, perciben su propia miseria y quedan casi paralizados por el miedo. «Estaban asustados», dice Marcos (9, 6). Y entonces toma Pedro la palabra, aunque en su aturdimiento «... no sabía lo que decía» (9, 6): 

«Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (9, 5).

Se ha debatido mucho sobre estas palabras pronunciadas, por así decirlo, en éxtasis, en el temor, pero también en la alegría por la proximidad de Dios. ¿Tienen que ver con la fiesta de las Tiendas, en cuyo día final tuvo lugar la aparición? Hartmut Gese lo discute y opina que el auténtico punto de referencia en el Antiguo Testamento es Éxodo 33, 7ss, donde se describe la «ritualización del episodio del Sinaí»: según este texto, Moisés montó «fuera del campamento» la tienda del encuentro, sobre la que descendió después la columna de nube. Allí el Señor y Moisés hablaron «cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (33, 11). Por tanto, Pedro querría aquí dar un carácter estable al evento de la aparición levantando también tiendas del encuentro; el detalle de la nube que cubrió a los discípulos podría confirmarlo. Podría tratarse de una reminiscencia del texto de la Escritura antes citado; tanto la exegesis judía como la paleocristiana conocen una encrucijada en la que confluyen diversas referencias a la revelación, complementándose unas a otras. Sin embargo, el hecho de que debían construirse tres tiendas contrasta con una referencia de semejante tipo o, al menos, la hace parecer secundaria.

La relación con la fiesta de las Tiendas resulta plausible cuando se considera la interpretación mesiánica de esta fiesta en el judaísmo de la época de Jesús. Jean Daniélou ha profundizado en este aspecto de manera convincente y lo ha relacionado con el testimonio de los Padres, en los que las tradiciones judías eran sin duda todavía conocidas y se las reinterpretaba en el contexto cristiano. La fiesta de las Tiendas presenta el mismo carácter tridimensional que caracteriza —como ya hemos visto— a las grandes fiestas judías en general: una fiesta procedente originariamente de la religión natural se convierte en una fiesta de conmemoración histórica de las intervenciones salvíficas de Dios, y el recuerdo se convierte en esperanza de la salvación definitiva. Creación, historia y esperanza se unen entre sí. Si en la fiesta de las Tiendas, con la ofrenda del agua, se imploraba la lluvia tan necesaria en una tierra árida, la fiesta se convierte muy pronto en recuerdo de la marcha de Israel por el desierto, donde los judíos vivían en tiendas (chozas, sukkot) (cf. Lv 23, 43). Daniélou cita primero a Riesenfeld: «Las Tiendas no eran sólo el recuerdo de la protección divina en el desierto, sino lo que es más importante, una prefiguración de los sukkot [divinos] en los que los justos vivirían al llegar el mundo futuro. Parece, pues, que el rito más característico de la fiesta de las Tiendas, tal como se celebraba en los tiempos del judaísmo, tenía relación con un significado escatológico muy preciso» (p. 451). 

En el Nuevo Testamento encontramos en Lucas las palabras sobre la morada eterna de los justos en la vida futura (16, 9). «La epifanía de la gloria de Jesús —dice Daniélou— es interpretada por Pedro como el signo de que ha llegado el tiempo mesiánico. Y una de las características de los tiempos mesiánicos era que los justos morarían en las tiendas, cuya figura era la fiesta de las Tiendas» (p. 459).

La vivencia de la transfiguración durante la fiesta de las Tiendas hizo que Pedro reconociera en su éxtasis «que las realidades prefiguradas en los ritos de la fiesta se habían hecho realidad... La escena de la transfiguración indica la llegada del tiempo mesiánico» (p. 459).

Al bajar del monte Pedro debe aprender a comprender de un modo nuevo que el tiempo mesiánico es, en primer lugar, el tiempo de la cruz y que la transfiguración —ser luz en virtud del Señor y con El— comporta nuestro ser abrasados por la luz de la pasión.

A partir de estas conexiones adquiere también un nuevo sentido la frase fundamental del Prólogo de Juan, en la que el evangelista sintetiza el misterio de Jesús: «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros» (Jn 1,14). Efectivamente, el Señor ha puesto la tienda de su cuerpo entre nosotros inaugurando así el tiempo mesiánico.

Siguiendo esta idea, Gregorio de Nisa analiza en un texto magnífico la relación entre la fiesta de las Tiendas y la Encarnación. Dice que la fiesta de las Tiendas siempre se había celebrado, pero no se había hecho realidad. «Pues la verdadera fiesta de las Tiendas, en efecto, no había llegado aún. Pero precisamente por eso, según las palabras proféticas [en alusión al Salmo 118, 27] Dios, el Señor del universo, se nos ha revelado para realizar la construcción de la tienda destruida de la naturaleza humana» (De anima, PG 46, 132 B; cf. Daniélou, pp. 464466).

Teniendo en cuenta esta panorámica, volvamos de nuevo al relato de la transfiguración. «Se formó una nube que los cubrió y una voz salió de la nube: Este es mi Hijo amado; escuchadlo» (Mc9, 7). 

La nube sagrada, es el signo de la presencia de Dios mismo, la shekiná. La nube sobre la tienda del encuentro indicaba la presencia de Dios.

Jesús es la tienda sagrada sobre la que está la nube de la presencia de Dios y desde la cual cubre ahora «con su sombra» también a los demás. Se repite la escena del bautismo de Jesús, cuando el Padre mismo proclama desde la nube a Jesús como Hijo: «Tú eres mi Hijo amado, mi preferido» (Mc 1, 11).

Pero a esta proclamación solemne de la dignidad filial se añade ahora el imperativo: «Escuchadlo». 

Aquí se aprecia de nuevo claramente la relación con la subida de Moisés al Sinaí que hemos visto al principio como trasfondo de la historia de la transfiguración:
- Moisés recibió en el monte la Torá, la palabra con la enseñanza de Dios.
- Ahora se nos dice, con referencia a Jesús: «Escuchadlo».
Hartmut Gese comenta esta escena de un modo bastante acertado: «Jesús se ha convertido en la misma Palabra divina de la revelación.

Los Evangelios no pueden expresarlo más claro y con mayor autoridad: Jesús es la Torá misma» (p. 81). Con esto concluye la aparición: su sentido más profundo queda recogido en esta única palabra. Los discípulos tienen que volver a descender con Jesús y aprender siempre de nuevo: «Escuchadlo».

Si aprendemos a interpretar así el contenido del relato de la transfiguración —como irrupción y comienzo del tiempo mesiánico—, podemos entender también las oscuras palabras que Marcos incluye entre la confesión de Pedro y la instrucción sobre el discipulado, por un lado, y el relato de la transfiguración, por otro: «Y añadió: "Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán hasta que vean venir con poder el Reino de Dios"» (9, 1). ¿Qué significa esto? ¿Anuncia Jesús quizás que algunos de los presentes seguirán con vida en su Parusía, en la irrupción definitiva del Reino de Dios? ¿O acaso preanuncia otra cosa?. Rudolf Pesch (II 2, p. 66s) ha mostrado convincentemente que la posición de estas palabras justo antes de la transfiguración indica claramente que se refieren a este acontecimiento. Se promete a algunos —los tres que acompañan a Jesús en la ascensión al monte— que vivirán una experiencia de la llegada del Reino de Dios «con poder»:
- En el monte, los tres ven resplandecer en Jesús la gloria del Reino de Dios.
- En el monte los cubre con su sombra la nube sagrada de Dios.
- En el monte —en la conversación de Jesús transfigurado con la Ley y los Profetas— reconocen que ha llegado la verdadera fiesta de las Tiendas.
- En el monte experimentan que Jesús mismo es la Torá viviente, toda la Palabra de Dios.
- En el monte ven el «poder» (dýnamis) del reino que llega en Cristo.

Pero precisamente en el encuentro aterrador con la gloria de Dios en Jesús tienen que aprender lo que Pablo dice a los discípulos de todos los tiempos en la Primera Carta a los Corintios: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos; pero para los llamados a Cristo —judíos o griegos—, poder (dýnamis) de Dios y sabiduría de Dios» (1, 23s). Este «poder» (dýnamis) del reino futuro se les muestra en Jesús transfigurado, que con los testigos de la Antigua Alianza habla de la «necesidad» de su pasión como camino hacia la gloria (cf. Lc 24, 26s). Así viven la Parusía anticipada; se les va introduciendo así poco a poco en toda la profundidad del misterio de Jesús.