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viernes, 26 de agosto de 2016

La voluntad de Dios coincide con los deseos más profundos de nuestro corazón


"La historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente


en que esta comunión de voluntad crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento,

de modo que nuestro querer y la voluntad de Dios coinciden cada vez más:

la voluntad de Dios ya no es para mí algo extraño que los mandamientos me imponen desde fuera,

sino que es mi propia voluntad,

habiendo experimentado que Dios está más dentro de mí que lo más íntimo mío.

Crece entonces el abandono en Dios y Dios es nuestra alegría"



miércoles, 22 de junio de 2016

"Dame, Señor, un poco de sol, algo de trabajo y un poco de alegría..." - Santo Tomás Moro

"DAME SEÑOR"
SANTO TOMÁS MORO* (1478-1535)



 
Dame, Señor, un poco de sol,
algo de trabajo y un poco de alegría.

Dame el pan de cada día, un poco de mantequilla, una buena digestión y algo para digerir.

Dame una manera de ser que ignore el aburrimiento, los lamentos y los suspiros.

No permitas que me preocupe demasiado
por esta cosa embarazosa que soy yo.

Dame, Señor, la dosis de humor suficiente
como para encontrar la felicidad en esta vida
y ser provechoso para los demás.

Que siempre haya en mis labios una canción,
una poesía o una historia para distraerme.

Enséñame a comprender los sufrimientos
y a no ver en ellos una maldición.

Concédeme tener buen sentido,
pues tengo mucha necesidad de él.

Señor, concédeme la gracia,
en este momento supremo de miedo y angustia,
de recurrir al gran miedo
y a la asombrosa angustia
que tú experimentaste en el Monte de los Olivos
antes de tu pasión.

Haz que a fuerza de meditar tu agonía,
reciba el consuelo espiritual necesario
para provecho de mi alma.

Concédeme, Señor, un espíritu abandonado, sosegado, apacible, caritativo, benévolo, dulce y compasivo.

Que en todas mis acciones, palabras y pensamientos experimente el gusto de tu Espíritu Santo y bendito.

Dame, Señor, una fe plena,
una esperanza firme y una ardiente caridad.

Que yo no ame a nadie contra tu voluntad,
sino a todas las cosas en función de tu querer.

Rodéame de tu amor y de tu favor.


---
* Santo Tomás Moro (Thomas More) nació en Londres el 7 de febrero de 1478 y falleció el 6 de julio de 1535. De vasta cultura clásica se graduó en leyes. Contrajo matrimonio dos veces. Su brillante carrera culminó en 1529 cuando fue nombrado Canciller por Enrique VIII. Pero su oposición al divorcio del rey le obligó a renunciar al mismo tres años más tarde. Su firme rechazo a reconocer la supremacia espiritual del rey sobre el papa le condujo finalmente a la prisión en la Torre de Londres. Finalmente el 6 de julio de 1535 fue decapitado. Su fiesta se celebra el 22 de junio. Su ejemplo de político insobornable mereció que el 31 de octubre de 2000 fuera proclamado por Juan Pablo II, mediante carta apóstólica, como patrón de los gobernantes y políticos. En la Enciclopedia Católica en español puede leerse una biografía más detallada de este santo.

lunes, 28 de marzo de 2016

¡Reina del cielo, alégrate, aleluya!

Durante el tiempo pascual, los cristianos nos unimos en la oración del Regina Coeli (o Reina del Cielo) junto a María, madre de Jesús y Madre nuestra, llenos de jozo y de alegría, por ver el cumplimiento de las promesas en la Resurrección de su Hijo Jesucristo, Nuestro Señor.

El rezo del Regina Coeli fue establecida por el Papa Benedicto XIV en 1742 y reemplaza durante el tiempo pascual al rezo del Ángelus cuya meditación se centra en el misterio de la Encarnación.

Se desconoce el autor de esta composición litúrgica que se remonta al siglo XII y era repetido por los Frailes menores Franciscanos después de las completas en la primera mitad del siguiente siglo popularizándola y extendiéndose por todo el mundo cristiano.

La oración en latín:

V/ Regina caeli, laetare, alleluia.
R/ Quia quem meruisti portare, alleluia.

V/ Resurrexit, sicut dixit, alleluia.
R/ Ora pro nobis Deum, alleluia.

V/ Gaude et laetare Virgo María, alleluia.
R/ Quia surrexit Dominus vere, alleluia.

Oremus: Deus, qui per resurrectionem Filii tui, Domini nostri Iesu Christi, mundum laetificare dignatus es: Praesta, quaesumus; ut, per eius Genetricem Virginem Mariam, perpetuae capiamus gaudia vitae. Per eundem Christum Dominum nostrum. Amen.


La oración en español:

V/ Reina del cielo, alégrate, aleluya.
R/ Porque el Señor, a quien has llevado en tu vientre, aleluya.

V/ Ha resucitado según su palabra, aleluya.
R/ Ruega al Señor por nosotros, aleluya.

V/  Goza y alégrate Virgen María, aleluya.
R/ Porque en verdad ha resucitado el Señor, aleluya.

Oremos: Oh Dios, que por la resurrección de Tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, has llenado el mundo de alegría, concédenos, por intercesión de su Madre, la Virgen María, llegar a los gozos eternos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.



jueves, 15 de octubre de 2015

Vuestra Soy, para Vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí? - Santa Teresa de Jesús

VUESTRA SOY
Santa Teresa de Jesús



Vuestra soy, para Vos nací,
¿Qué mandáis hacer de mí?

Soberana Majestad,
Eterna sabiduría,
Bondad buena al alma mía;
Dios, alteza, un ser, bondad,
La gran vileza mirad,
Que hoy os canta amor así.
¿Qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, pues me criastes,
Vuestra, pues me redimistes,
Vuestra, pues que me sufristes,
Vuestra, pues que me llamastes,
Vuestra, porque me esperastes,
Vuestra, pues no me perdí.
¿Qué mandáis hacer de mí?

¿Qué mandáis, pues, buen Señor, 
Que haga tan vil criado? 
¿Cuál oficio le habéis dado 
A este esclavo pecador? 
Veisme aquí, mi dulce Amor, 
Amor dulce, veisme aquí, 
¿Qué mandáis hacer de mí?

Veis aquí mi corazón,
Yo le pongo en vuestra palma,
Mi cuerpo, mi vida y alma,
Mis entrañas y afición;
Dulce Esposo y redención
Pues por vuestra me ofrecí.
¿Qué mandáis hacer de mí?

Dadme muerte, dadme vida:
Dad salud o enfermedad,
Honra o deshonra me dad,
Dadme guerra o paz crecida,
Flaqueza o fuerza cumplida,
Que a todo digo que sí.
¿Qué queréis hacer de mí?

Dadme riqueza o pobreza,
Dad consuelo o desconsuelo,
Dadme alegría o tristeza,
Dadme infierno, o dadme cielo,
Vida dulce, sol sin velo,
Pues del todo me rendí.
¿Qué mandáis hacer de mí?

Si queréis, dadme oración,
Sí no, dadme sequedad,
Si abundancia y devoción,
Y si no esterilidad.
Soberana Majestad,
Sólo hallo paz aquí,
¿Qué mandáis hacer de mí?

Dadme, pues, sabiduría,
O por amor, ignorancia,
Dadme años de abundancia,
O de hambre y carestía;
Dad tiniebla o claro día
Revolvedme aquí o allí
¿Qué mandáis hacer de mí?

Si queréis que esté holgando,
Quiero por amor holgar.
Si me mandáis trabajar,
Morir quiero trabajando.
Decid, ¿dónde, cómo y cuándo?
Decid, dulce Amor, decid.
¿Qué mandáis hacer de mí?

Dadme Calvario o Tabor,
Desierto o tierra abundosa,
Sea Job en el dolor,
O Juan que al pecho reposa;
Sea' viña frutuosa
O estéril, si cumple así.
¿Qué mandáis hacer de mí?

Sea José puesto en cadenas,
O de Egito Adelantado,
O David sufriendo penas,
O ya David encumbrado,
Sea Jonás anegado,
O libertado de allí,
¿Qué mandáis hacer de mí?

Esté callando o hablando,
Haga fruto o no le haga,
Muéstreme la Ley mi llaga,
Goce de Evangelio blando;
Esté penando o gozando,
Sólo Vos en mí viví,
¿Qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, para Vos nací 
¿Qué mandáis hacer de mí?


martes, 1 de septiembre de 2015

"No juzguéis, y no seréis juzgados" (Lc 6,37)

Dietrich Bonhoeffer - Vida en comunidad - No Juzgar:

Una regla esencial de la vida cristiana comunitaria es que nadie se permita pronunciar una palabra secreta sobre otro.

Está claro que aquí no nos referimos a la corrección fraterna personal. Lo que se proscribe es la palabra oculta que juzga al otro, incluso cuando se pretende ayudar, y la intención es buena; pues es precisamente bajo esta apariencia de legitimidad por donde mejor se infiltra en nosotros el espíritu de odio y de maldad.

Este no es el momento de enumerar los diferentes modos de aplicación y las limitaciones de esta regla. Se trata más bien de una decisión personal y concreta. 

Bíblicamente la cuestión está clara:

«Te sientas a hablar contra tu hermano, deshonras al hijo de tu madre ... Te acusaré, te lo echaré en cara» (Sal 50, 20-21).
 «Hermanos, no murmuréis los unos de los otros. El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres cumplidor de la ley, sino juez. Uno solo es el dador de la ley, que puede salvar o perder; pero tú ¿quién eres para juzgar a otro?» (Sant 4, 11-12).
«Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino palabras buenas y oportunas que favorezcan a los oyentes» (Ef 4,29).

En una comunidad donde se observa desde el principio esta disciplina de la lengua, cada uno en particular podrá hacer un descubrimiento incomparable. No podrá dejar de observar continuamente a su prójimo, de juzgarlo, de condenarlo, de ponerle en su lugar y presionarle. Pero también podrá dejarle completamente libre en la situación en la que Dios le ha colocado respecto a él. Verá ensancharse su horizonte y descubrirá por primera vez, a propósito del prójimo, la riqueza y el esplendor del don de Dios creador.

Dios no creó a mi prójimo como yo lo hubiera creado. No me lo dio como un hermano a quien dominar, sino para que, a través de él, pueda encontrar al Señor que lo creó. En su libertad de criatura de Dios, el prójimo se convierte para mí en fuente de alegría, mientras que antes no era más que motivo de fatiga y pesadumbre.

Dios no quiere que yo forme al prójimo según la imagen que me parezca conveniente, es decir, según mi propia imagen, sino que él lo ha creado a su imagen, independientemente de mí, y nunca puedo saber de antemano cómo se me aparecerá la imagen de Dios en el prójimo; adoptará sin cesar formas completamente nuevas, determinadas únicamente por la libertad creadora de Dios. Esta imagen podrá parecerme insólita e incluso muy poco divina; sin embargo, Dios ha creado al prójimo a imagen de su Hijo, el Crucificado.

lunes, 31 de agosto de 2015

San Agustín: "Que se grabe de nuevo en nuestra alma, la imagen de Dios, y así volvamos a sus tesoros"

"«Mostradme la moneda con que pagáis el impuesto. ¿De quién es esta imagen y esta inscripción?». «Del César», respondieron. Jesús les dijo: «Dad al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios»." (Mt 22, 19-21)

Comentario de San Agustín al salmo 94,2:

Si la desemejanza nos aleja de Dios, la semejanza nos acerca a él.

¿Qué semejanza? La semejanza según la cual fuimos creados, semejanza que corrompimos por el pecado,
que recuperamos mediante el perdón de los pecados,
que se renueva en nosotros interiormente en el alma,
a fin de que se grabe de nuevo en la moneda, es decir en nuestra alma, la imagen de Dios, y así volvamos a sus tesoros.

¿Por qué, hermanos, quiso nuestro Señor Jesucristo mostrar a quienes le ponían a prueba lo que Dios exige, sirviéndose de una moneda? Ellos buscaban un pretexto para calumniarlo y lo encontraron en la cuestión del tributo al César. Quisieron consultarlo como maestro de verdad y, para ponerlo a prueba, le preguntaron si era lícito pagar tributo al César. ¿Qué les respondió? "¿Por qué me tentáis, hipócritas? Solicitó que le presentasen una moneda y se la llevaron. ¿De quién es esta imagen? Del César, le respondieron. Y él replico: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mt 22, 15-21). Como diciendo: 'Si el César busca su imagen en la moneda, ¿no va a buscar Dios la suya en el hombre?'

"Como vuestro Padre que está en los cielos, quien hace salir el sol sobre buenos y malos y deja caer la lluvia sobre justos e injusto. Sed, pues, perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5, 45.48). Al decir: "sed perfectos como él" nos está invitando a buscar su semejanza.  Y si nos invita a buscar su semejanza, está claro que, siendo semejantes, nos habíamos apartado de Dios. Alejados por la desemejanza, nos acercamos por la semejanza, para que se cumpla en nosotros lo que está escrito: "Venid, alegrémonos en el Señor", ¿a dónde vais? ¿Adónde os retiráis? ¿Adónde os apartáis alegrándoos en el mundo? ¡Venid, alegrémonos en el Señor!, ¿por qué buscáis el gozo en donde desfalleceréis?, Venid, alegrémonos en quien nos ha hecho, "VENID, ALEGRÉMONOS EN EL SEÑOR."



jueves, 27 de agosto de 2015

Rahamim - Entrañas de misericordia. La com-pasión de Dios

"Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en las sombras de la muerte, para guiar nuestros pasos por el Camino del la Paz" (Lc. 1,78-79)

La Palabra Rahamin significa "Entrañas de Misericordia".

Confiar y descansar en la Misericordia de Dios significa entrar en el útero (Rehem) de Dios que tiene el poder de regenerar, a través de su Igleias y gesta cristianos.

El hombre es introducido en el útero de Dios a través del don de la conversión para que nazca una criatura nueva, como dijo Jesús a Nicodemo (Jn 3, 4)

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"María en el misterio de la cruz y la resurrección" - Meditación tomada del libro «María, Iglesia naciente» publicada por Joseph Ratzinger en el libro que escribió junto al teólogo Hans Urs von Balthasar con el título «María, Iglesia naciente», páginas 57-60:

«Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción --¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!--» (Lucas, 2, 34).

La espada atravesará su corazón: esto hace referencia a la pasión del Hijo, que se convertirá también en pasión de la Madre. Dicha pasión comienza ya con su siguiente visita al Templo:
- María debe aceptar la precedencia del auténtico Padre y de su casa, del Templo;
- Debe aprender a dejar libre a aquel al que dio a luz.
- Debe llevar hasta el final el sí a la voluntad de Dios que la hizo llegar a ser madre:
- Retirarse y ponerlo en libertad para su misión.


En los rechazos de la vida pública y en esta retirada se da un paso importante que se consumará en la cruz con la palabra «Ahí tienes a tu hijo»: desde ese momento, su hijo ya no es Jesús, sino el discípulo.


La aceptación y la disponibilidad es el primer paso que se exige de ella;

El dejar y el dar libertad es el segundo.

Sólo así se hace completa su maternidad: el «Dichoso el seno que te llevó» sólo se hace verdad donde forma parte de la otra bienaventuranza. «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan» (Lucas 11,27s.). Así, María está preparada para el misterio de la cruz, que no termina simplemente en el Gólgota. Su Hijo sigue siendo signo de contradicción, y así ella sigue sumergida en el dolor de dicha contradicción, el dolor de la maternidad mesiánica.

Especialmente querida para la piedad cristiana se ha hecho precisamente la imagen de la Madre sufriente, convertida totalmente en com-pasión, con el Hijo muerto sobre el regazo.

En la Madre que com-padece han encontrado los dolientes de todos los tiempos el reflejo más puro de esa com-pasión divina que es el único consuelo verdadero. Pues todo dolor, todo padecer es, en su esencia última, aislamiento, pérdida del amor, dicha destrozada de quien ya no es aceptado. Sólo el «com-» puede curar el dolor.


En Bernardo de Claraval se encuentra esta palabra maravillosa: Dios no puede padecer, pero puede com-padecer (1). Bernardo pone con ello cierto punto final a la disputa de los Padres acerca de la novedad del concepto cristiano de Dios. Para el pensamiento antiguo, a la esencia de Dios pertenecía la impasibilidad de la pura razón. A los Padres les resultaba difícil rechazar esta idea y concebir «pasión» alguna en Dios, pero por la Biblia veían, perfectamente, no obstante, que la «revelación de la Biblia» «hace estremecer... [todo] lo que el mundo había pensado sobre Dios». Veían que en Dios hay una pasión muy íntima, que incluso es su genuina esencia: el amor. Y porque ama, el padecimiento no le es ajeno en la forma de com-pasión. «En su amor al hombre, el Impasible ha sufrido la com-pasión misericordiosa», escribe Orígenes a este respecto (2).


Se podría decir que la cruz de Cristo es la com-pasión de Dios por el mundo.


En el Antiguo Testamento hebreo, el com-padecer de Dios al hombre no se expresa con un término del ámbito psicológico, sino que, como corresponde a la modalidad concreta del pensamiento semítico, se designa con un vocablo que en su significado básico denota un órgano corporal, a saber «rahamim», que en singular significa el claustro o seno materno. Lo mismo que «corazón» equivale a sentimiento, y «lomos» y «riñones», a deseo y a dolor, así el seno materno se convierte en la palabra que denota la solidaridad con otro, en referencia muy honda a la facultad del ser humano de existir para otro, de asumirlo en sí mismo, de soportarlo y, soportándolo, darle la vida. El Antiguo Testamento nos dice, con una palabra del lenguaje del cuerpo, cómo Dios nos contiene en sí nos lleva en sí con un amor que com-padece (3).

Las lenguas en las que el Evangelio entró con su paso al mundo pagano no conocían tales formas de expresión. Pero la imagen de la Pietà, la Madre que padece por el Hijo muerto, se convirtió en la traducción viva de esta palabra: en ella queda patente el padecer materno de Dios. En ella se ha hecho visible, tangible. Ella es la «compassio» de Dios, representada en un ser humano que se ha dejado implicar plenamente en el misterio de Dios. Pero, puesto que la vida humana es en todos los tiempos padecer, la imagen de la Madre que padece, la imagen de los «rahamim» de Dios, ha llegado a ser muy importante para la cristiandad. Sólo en ella llega a su término la imagen de la cruz, porque ella es la cruz asumida, que se comparte en el amor, la que nos permite ahora experimentar en su com-pasión la com-pasión de Dios.

Así, el dolor de la Madre es dolor pascual que ya manifiesta la transformación de la muerte en la solidaridad redentora del amor. Con ello, sólo en apariencia nos hemos alejado mucho del «Alégrate» con el que comienza la historia de María. Pues la alegría que le es anunciada no es la alegría banal que se concreta en el olvido de los abismos de nuestro ser, y por eso está condenada a caer en el vacío. Es la verdadera alegría, que nos hace arriesgarnos al éxodo del amor hasta el interior de la ardiente santidad de Dios. Es esa verdadera alegría que con el dolor no se destruye, sino que llega a su madurez. Sólo la alegría que se mantiene firme ante el dolor y es más fuerte que el dolor, es la verdadera alegría.

_________________________________
(1) «In Cant.», s. 26, n. 5, PL 183, 906: «impassibilis est Deus, sed non incompassibilis». Cf. H. de Lubac, «Geist aus der Geschichte. Das Schriftverständnis des Origenes, Einsiedeln 1968 (original francés 1950), p. 285. Todo el capítulo «Ver Gott des Origenes», pp. 269-289, es importante para esta cuestión. H. U. von Balthasar ha tratado repetidas veces el tema contiguo a éste del «dolor de Dios», por última vez en: ID 5, «El último acto», Madrid 1997, pp. 210-243).

(2) H. de Lubac, op. cit., p. 286.

(3) Sobre esto es importante la gran nota 52 de la encíclica de Juan Pablo II «Dives in misericordia» (Sobre la misericordia divina); Cf. también la nota 61.
(02 de mayo de 2005) © Innovative Media Inc.

domingo, 9 de agosto de 2015

La verdadera y perfecta Alegría


DE LA VERDADERA Y PERFECTA ALEGRÍA
San Francisco de Asís, Espejo de perfección 95.

El mismo fray Leonardo refirió allí mismo que cierto día el bienaventurado Francisco, en Santa María, llamó a fray León y le dijo:

– «Hermano León, escribe.»

El cual respondió:

– «Heme aquí preparado.»

– «Escribe –dijo– cuál es la verdadera alegría.

Viene un mensajero y dice que todos los maestros de París han ingresado en la Orden. Escribe: No es la verdadera alegría.
Y que también, todos los prelados ultramontanos, arzobispos y obispos; y que también, el rey de Francia y el rey de Inglaterra. Escribe: No es la verdadera alegría.
También, que mis frailes se fueron a los infieles y los convirtieron a todos a la fe; también, que tengo tanta gracia de Dios que sano a los enfermos y hago muchos milagros: Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría.

Pero ¿cuál es la verdadera alegría?

Vuelvo de Perusa y en una noche profunda llegó acá, y es el tiempo de un invierno de lodos y tan frío, que se forman canelones del agua fría congelada en las extremidades de la túnica, y hieren continuamente las piernas, y mana sangre de tales heridas.

Y todo envuelto en lodo y frío y hielo, llego a la puerta, y, después de haber golpeado y llamado por largo tiempo, viene el hermano y pregunta:
- ¿Quién es? Yo respondo: - El hermano Francisco.

Y él dice: -Vete; no es hora decente de andar de camino; no entrarás.

E insistiendo yo de nuevo, me responde: -Vete, tú eres un simple y un ignorante; ya no vienes con nosotros; nosotros somos tantos y tales, que no te necesitamos.

Y yo de nuevo estoy de pie en la puerta y digo: -Por amor de Dios recogedme esta noche.

Y él responde: -No lo haré. Vete al lugar de los Crucíferos y pide allí.

Te digo que si hubiere tenido paciencia y no me hubiere alterado, que en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma.

jueves, 23 de julio de 2015

Verbum Domini - "Para que nuestra alegría sea perfecta"

Fragmentos de la Exhortación Apostólica "Verbum Domini" (1, 2) - Benedicto XVI

"La palabra del Señor permanece para siempre. Y esa palabra es el Evangelio que os anunciamos» (1 P 1,25: cf. Is 40,8).

Esta frase de la Primera carta de san Pedro, que retoma las palabras del profeta Isaías, nos pone frente al misterio de Dios que se comunica a sí mismo mediante el don de su palabra. Esta palabra, que permanece para siempre, ha entrado en el tiempo. Dios ha pronunciado su palabra eterna de un modo humano; su Verbo «se hizo carne» (Jn1,14). Ésta es la buena noticia. Éste es el anuncio que, a través de los siglos, llega hasta nosotros. 


«Os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1 Jn 1,2-3). El Apóstol habla de oír, ver, tocar y contemplar (cf. 1,1) al Verbo de la Vida, porque la vida misma se manifestó en Cristo. Y nosotros, llamados a la comunión con Dios y entre nosotros, debemos ser anunciadores de este don.

Exhorto a todos los fieles a reavivar el encuentro personal y comunitario con Cristo, Verbo de la Vida que se ha hecho visible, y a ser sus anunciadores para que el don de la vida divina, la comunión, se extienda cada vez más por todo el mundo.

En efecto, participar en la vida de Dios, Trinidad de Amor, es alegría completa (cf. 1 Jn 1,4). 

Y comunicar la alegría que se produce en el encuentro con la Persona de Cristo, Palabra de Dios presente en medio de nosotros, es un don y una tarea imprescindible para la Iglesia. En un mundo que considera con frecuencia a Dios como algo superfluo o extraño, confesamos con Pedro que sólo Él tiene «palabras de vida eterna» (Jn 6,68). 

No hay prioridad más grande que esta: abrir de nuevo al hombre de hoy el acceso a Dios, al Dios que habla y nos comunica su amor para que tengamos vida abundante (cf. Jn 10,10).

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