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jueves, 3 de mayo de 2018

Íntima unidad entre Palabra y Eucaristía - La Iglesia venera las Sagradas Escrituras



"La Iglesia venera las Sagradas Escrituras: La Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia.
Siempre las ha considerado y considera, juntamente con la Sagrada Tradición, como la regla suprema de su fe, puesto que, inspiradas por Dios y escritas de una vez para siempre, comunican inmutablemente la palabra del mismo Dios, y hacen resonar la voz del Espíritu Santo en las palabras de los Profetas y de los Apóstoles.

Es necesario, por consiguiente, que toda la predicación eclesiástica, como la misma religión cristiana, se nutra de la Sagrada Escritura, y se rija por ella. Porque en los sagrados libros el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos; y es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual. Muy a propósito se aplican a la Sagrada Escritura estas palabras: "Pues la palabra de Dios es viva y eficaz", "que puede edificar y dar la herencia a todos los que han sido santificados".


Verbum Domini #53. Sagrada Escritura y sacramentos: El Sínodo de los Obispos...ha querido también subrayar la relación entre la Sagrada Escritura y la acción sacramental. Es más conveniente que nunca profundizar en la relación entre Palabra y Sacramento, tanto en la acción pastoral de la Iglesia como en la investigación teológica.[188] Ciertamente «la liturgia de la Palabra es un elemento decisivo en la celebración de cada sacramento de la Iglesia»;[189] sin embargo, en la práctica pastoral, los fieles no siempre son conscientes de esta unión, ni captan la unidad entre el gesto y la palabra... poner de relieve la unidad que forman Palabra y sacramento en el ministerio de la Iglesia»[190]. En la relación entre Palabra y gesto sacramental se muestra en forma litúrgica el actuar propio de Dios en la historia a través del carácter performativo de la Palabra misma. En efecto, en la historia de la salvación no hay separación entre lo que Dios dice y lo que hace; su Palabra misma se manifiesta como viva y eficaz (cf. Hb 4,12), como indica, por lo demás, el sentido mismo de la expresión hebrea dabar. Igualmente, en la acción litúrgica estamos ante su Palabra que realiza lo que dice. Cuando se educa al Pueblo de Dios a descubrir el carácter performativo de la Palabra de Dios en la liturgia, se le ayuda también a percibir el actuar de Dios en la historia de la salvación y en la vida personal de cada miembro.


Verbum Domini #54. Palabra de Dios y Eucaristía: Lo que se afirma genéricamente de la relación entre Palabra y sacramentos, se ahonda cuando nos referimos a la celebración eucarística. Además, la íntima unidad entre Palabra y Eucaristía está arraigada en el testimonio bíblico (cf. Jn 6; Lc24), confirmada por los Padres de la Iglesia y reafirmada por el Concilio Vaticano II.[191]. A este respecto, podemos pensar en el gran discurso de Jesús sobre el pan de vida en la sinagoga de Cafarnaúm (cf. Jn 6,22-69), en cuyo trasfondo se percibe la comparación entre Moisés y Jesús, entre quien habló cara a cara con Dios (cf. Ex 33,11) y quien revela a Dios (cf. Jn 1,18). En efecto, el discurso sobre el pan se refiere al don de Dios que Moisés obtuvo para su pueblo con el maná en el desierto y que, en realidad, es la Torá, la Palabra de Dios que da vida (cf. Sal 119; Pr 9,5). Jesús lleva a cumplimiento en sí mismo la antigua figura: «El pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo... Yo soy el pan de vida» (Jn 6,33-35). Aquí, «la Ley se ha hecho Persona. En el encuentro con Jesús nos alimentamos, por así decirlo, del Dios vivo, comemos realmente el “pan del cielo”».[192] El Prólogo de Juan se profundiza en el discurso de Cafarnaúm: si en el primero el Logos de Dios se hace carne, en el segundo es «pan» para la vida del mundo (cf. Jn 6,51), haciendo alusión de este modo a la entrega que Jesús hará de sí mismo en el misterio de la cruz, confirmada por la afirmación sobre su sangre que se da a «beber» (cf. Jn 6,53). De este modo, en el misterio de la Eucaristía se muestra cuál es el verdadero maná, el auténtico pan del cielo: es el Logos de Dios que se ha hecho carne, que se ha entregado a sí mismo por nosotros en el misterio pascual.

*[191] Cf. Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 48.51.56; Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 21.26; Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 6.15; Decr. Presbyterorum ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros 18; Decr. Perfectae caritatis, sobre la adecuada renovación de la vida religiosa, 6. En la gran tradición de la Iglesia encontramos expresiones significativas, como: « Corpus Christi intelligitur etiam[...] Scriptura Dei» (también la Escritura de Dios se considera Cuerpo de Cristo): Waltramus, De unitate Ecclesiae conservanda: 13, ed. W. Schwenkenbecher, Hannoverae 1883, p. 33; «La carne del Señor es verdadera comida y su sangre verdadera bebida; éste es el verdadero bien que se nos da en la vida presente, alimentarse de su carne y beber su sangre, no sólo en la Eucaristía, sino también en la lectura de la Sagrada Escritura. En efecto, lo que se obtiene del conocimiento de las Escrituras es verdadera comida y verdadera bebida»: S. Jerónimo, Commentarius in Ecclesiasten, 3: PL 23, 1092 A.

El relato de Lucas sobre los discípulos de Emaús nos permite una reflexión ulterior sobre la unión entre la escucha de la Palabra y el partir el pan (cf. Lc24,13-35). Jesús salió a su encuentro el día siguiente al sábado, escuchó las manifestaciones de su esperanza decepcionada y, haciéndose su compañero de camino, «les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura» (24,27). Junto con este caminante que se muestra tan inesperadamente familiar a sus vidas, los dos discípulos comienzan a mirar de un modo nuevo las Escrituras. Lo que había ocurrido en aquellos días ya no aparece como un fracaso, sino como cumplimiento y nuevo comienzo. Sin embargo, tampoco estas palabras les parecen aún suficientes a los dos discípulos. El Evangelio de Lucas nos dice que sólo cuando Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, «se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (24,31), mientras que antes «sus ojos no eran capaces de reconocerlo» (24,16). La presencia de Jesús, primero con las palabras y después con el gesto de partir el pan, hizo posible que los discípulos lo reconocieran, y que pudieran revivir de un modo nuevo lo que antes habían experimentado con él: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (24,32).

Verbum Domini #55. Estos relatos muestran cómo la Escritura misma ayuda a percibir su unión indisoluble con la Eucaristía. «Conviene, por tanto, tener siempre en cuenta que la Palabra de Dios leída y anunciada por la Iglesia en la liturgia conduce, por decirlo así, al sacrificio de la alianza y al banquete de la gracia, es decir, a la Eucaristía, como a su fin propio».[193]
Palabra y Eucaristía se pertenecen tan íntimamente que no se puede comprender la una sin la otra: la Palabra de Dios se hace sacramentalmente carne en el acontecimiento eucarístico.
La Eucaristía nos ayuda a entender la Sagrada Escritura, así como la Sagrada Escritura, a su vez, ilumina y explica el misterio eucarístico.

En efecto, sin el reconocimiento de la presencia real del Señor en la Eucaristía, la comprensión de la Escritura queda incompleta. Por eso, «la Iglesia honra con una misma veneración, aunque no con el mismo culto, la Palabra de Dios y el misterio eucarístico y quiere y sanciona que siempre y en todas partes se imite este proceder, ya que, movida por el ejemplo de su Fundador, nunca ha dejado de celebrar el misterio pascual de Cristo, reuniéndose para leer “lo que se refiere a él en toda la Escritura” (Lc24,27) y ejerciendo la obra de salvación por medio del memorial del Señor y de los sacramentos».[Misal Romano, Ordenación de las lecturas de la Misa, 10.]

Verbum Domini #56. Sacramentalidad de la Palabra:...De aquí comprendemos que, en el origen de la sacramentalidad de la Palabra de Dios, está precisamente el misterio de la encarnación: «Y la Palabra se hizo carne» (Jn1,14), la realidad del misterio revelado se nos ofrece en la «carne» del Hijo. La Palabra de Dios se hace perceptible a la fe mediante el «signo», como palabra y gesto humano...

De este modo, la sacramentalidad de la Palabra se puede entender en analogía con la presencia real de Cristo bajo las especies del pan y del vino consagrados.[197]. Al acercarnos al altar y participar en el banquete eucarístico, realmente comulgamos el cuerpo y la sangre de Cristo. La proclamación de la Palabra de Dios en la celebración comporta reconocer que es Cristo mismo quien está presente y se dirige a nosotros para recibirlo [198].

Sobre la actitud que se ha de tener con respecto a la Eucaristía y la Palabra de Dios, dice san Jerónimo: «Nosotros leemos las Sagradas Escrituras. Yo pienso que el Evangelio es el Cuerpo de Cristo; yo pienso que las Sagradas Escrituras son su enseñanza. Y cuando él dice: “Quién no come mi carne y bebe mi sangre” (Jn6,53), aunque estas palabras puedan entenderse como referidas también al Misterio [eucarístico], sin embargo, el cuerpo de Cristo y su sangre es realmente la palabra de la Escritura, es la enseñanza de Dios. Cuando acudimos al Misterio [eucarístico], si cae una partícula, nos sentimos perdidos. Y cuando estamos escuchando la Palabra de Dios, y se nos vierte en el oído la Palabra de Dios y la carne y la sangre de Cristo, mientras que nosotros estamos pensando en otra cosa, ¿cuántos graves peligros corremos?».[199] Cristo, realmente presente en las especies del pan y del vino, está presente de modo análogo también en la Palabra proclamada en la liturgia. Por tanto, profundizar en el sentido de la sacramentalidad de la Palabra de Dios, puede favorecer una comprensión más unitaria del misterio de la revelación en «obras y palabras íntimamente ligadas»,[200] favoreciendo la vida espiritual de los fieles y la acción pastoral de la Iglesia.


viernes, 30 de junio de 2017

Comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo - La importancia de los signos (Misal Romano)


"El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él" (Juan 6, 54-56)


Instrucción General del Misal Romano:

281. Cuando la sagrada comunión se hace bajo las dos especies el signo adquiere una forma más plena.
De esta forma, en efecto, el signo del banquete eucarístico resplandece más perfectamente y expresa más claramente la voluntad divina con que se ratifica la alianza nueva y eterna en la sangre del señor,
así como también la relación entre el banquete eucarístico y el banquete escatológico en el reino del padre.[105]

319. La Iglesia, siguiendo el ejemplo de Cristo, ha usado siempre pan y vino con agua para celebrar el banquete del Señor.

320. El pan para la celebración de la eucaristía debe ser de trigo sin mezcla de otra cosa, recientemente elaborado y ácimo, según la antigua tradición de la Iglesia latina.

321. La naturaleza del signo exige que la materia de la celebración eucarística aparezca verdaderamente como alimento. Conviene, pues, que el pan eucarístico, aunque sea ácimo y elaborado en la forma tradicional, se haga de tal forma, que el sacerdote en la Misa celebrada con pueblo, pueda realmente partir la Hostia en varias partes y distribuirlas, por lo menos a algunos fieles. Sin embargo, de ningún modo se excluyen las hostias pequeñas, cuando lo exija el número de los que van a recibir la Sagrada Comunión y otras razones pastorales. Pero el gesto de la fracción del pan, con el cual sencillamente se designaba la eucaristía en los tiempos apostólicos, manifestará claramente la fuerza y la importancia de signo: de unidad de todos en un único pan y de caridad por el hecho de que se distribuye un único pan entre hermanos.


[*105] Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25 de mayo de 1967, núm. 32: A.A.S. 59 (1967) pág. 558.

lunes, 28 de marzo de 2016

Tú has cubierto de verguenza la muerte - Melitón de Sardés

Fragmentos de los escritos y homilías sobre la Pascua, de Melitón de Sardes
Obispo de Sardes, +180


“Herido por el endurecimiento de su corazón” (cf Mc 8,17). El es el cordero sin voz, el cordero degollado, nacido de María, la cordera graciosa. El ha sido sacado del rebaño y llevado a la muerte... Fue asesinado. ¿Dónde? En el corazón de Jerusalén. ¿Por qué? Porque había curado a los cojos, purificado a los leprosos, iluminado a los ciegos y resucitado a los muertos. (Lc 7,22) Por esto ha padecido. En la Ley y en los profetas leemos: “Me devuelven mal por bien. Me acusan cuando busco el bien. Han tramado maquinaciones contra mí: Destruyamos al justo, porque nos resulta odioso.” (cf Sal 37,21 y Jr 11,19)" (Homilía pascual, 71-73; SC 123)


"Muchas predicciones nos dejaron los profetas en torno al misterio de Pascua, que es Cristo; a él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

El vino desde los cielos a la tierra a causa de los sufrimientos humanos; se revistió de la naturaleza humana en el vientre virginal y apareció como hombre; hizo suyas las pasiones y sufrimientos humanos con su cuerpo, sujeto al dolor, y destruyó las pasiones de la carne, de modo que quien por su espíritu no podía morir acabó con la muerte homicida.

Se vio arrastrado como un cordero y degollado como una oveja, y así nos redimió de idolatrar al mundo, el que en otro tiempo libró a los israelitas de Egipto, y nos salva de la esclavitud diabólica, como en otro tiempo a Israel de la mano del Faraón; y marcó nuestras almas con su propio Espíritu, y los miembros de nuestro cuerpo con su sangre.

Éste es el que cubrió a la muerte de confusión y dejó sumido al demonio en el llanto, como Moisés al Faraón. Este es el que derrotó a la iniquidad y a la injusticia, como Moisés castigó a Egipto con la esterilidad.

Éste es el que nos sacó de la servidumbre a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de las tinieblas al recinto eterno, e hizo de nosotros un sacerdocio nuevo y un pueblo elegido y eterno. Él es la Pascua nuestra salvación.

Éste es el que tuvo que sufrir mucho y en muchas ocasiones:
el mismo que fue asesinado en Abel
y atado de manos en Isaac,
el mismo que peregrinó en Jacob
y vendido en José,
expuesto en Moisés
y sacrificado en el madero,
perseguido en David
y deshonrado en los profetas.
Éste es el que se encarnó en la Virgen,
fue colgado madero
y fue sepultado en tierra,
y el que, resucitado de entre los muertos, subió al cielo.

Éste es el cordero que enmudecía y que fue inmolado; el mismo que nació de María, la hermosa cordera; el mismo que fue arrebatado del rebaño, empujado a la muerte, inmolado al atardecer y sepultado por la noche; aquel que no fue quebrantado en el leño, ni se descompuso en tierra; el mismo que resucitó de entre los muertos e hizo que el hombre surgiera desde lo más hondo del sepulcro." (Números. 65-71: SC 123, 95-101)


"Antigua era la ley, pero nuevo el Verbo; 
temporal era la figura, pero eterno el don; 
corruptible la oveja, pero el Señor incorruptible:
es inmolado como cordero, pero resucita como Dios.
Porque, "como una oveja fue llevado al matadero" (Is 53, 7), pero no era una oveja; 
como un cordero sin voz, mas no era cordero.
Lo que era figura pasó, mas la realidad está presente.
En vez del cordero, se hizo presente Dios; 
en vez de la oveja, un hombre, 
y en este hombre, Cristo, el que contiene todas las cosas.

Así pues, el sacrificio de la oveja, 
y la solemnidad de la Pascua, 
y la letra de la ley, 
han cedido su lugar a Cristo Jesús,
por causa del cual todo sucedía en la ley antigua, 
y mucho más en la nueva disposición.

Porque la ley se ha convertido en Verbo... 
el mandamiento en don, 
la figura en realidad, 
el cordero en Hijo, 
la oveja en hombre, 
y el hombre en Dios.

Pues el que había nacido como Hijo.
y había sido conducido como cordero, 
y sacrificado como oveja, 
y sepultado como hombre, 
resucitó de entre los muertos como Dios, 
pues era por naturaleza a la vez Dios y hombre.

Él es todas las cosas:
en cuanto juzga, es ley; 
en cuanto enseña, Verbo;
en cuanto engendra, Padre; 
en cuanto sepultado, hombre; 
en cuanto resucita, Dios.
en cuanto es engendrado, Hijo; 
en cuanto padece, oveja; 
Éste es Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos. Amén" (Números 4-10)
(I La novedad del Verbo hecho hombre )


"Voy a explicar detalladamente las palabras de la Escritura (cfr. Ex 12, 3-28): cómo Dios ordena a Moisés en Egipto, cuando quiere, de una parte someter al faraón bajo el látigo, y de otra librar a Israel del látigo por la mano de Moisés.

En efecto, dice: «He aquí que tomarás un cordero sin defecto y sin tacha y al atardecer lo inmolarás con los hijos de Israel, y a la noche lo comerás con prisa, y no romperéis ninguno de sus huesos. Así—dice—harás: en una sola noche lo comeréis por familias y por tribus, ceñidos vuestros lomos y los cayados en vuestras manos. Porque ésta es la pascua del Señor, memorial eterno para los hijos de Israel. Habiendo tomado la sangre de la oveja, untad las puertas exteriores de vuestras casas colocando sobre los montantes de la entrada la señal de la sangre para la intimidación del ángel. Porque he aquí que Yo heriré a Egipto y en una sola noche será privado de hijos, desde el ganado hasta el hombre».

Entonces Moisés, habiendo degollado la oveja y habiendo cumplido de noche el misterio con los hijos de Israel, marcó las puertas de las casas para protección del pueblo y para intimidación del ángel.

Cuando la oveja es degollada, 
y la pascua es comida, 
y el misterio es cumplido, 
y el pueblo alegrado, 
e Israel marcado, 
entonces llega el ángel para herir a Egipto. 
En una sola noche castigó a Egipto, 
no iniciado en el misterio, 
ni partícipe de la pascua, 
ni marcado por la sangre, 
ni protegido por el Espíritu, 
sino enemigo, incrédulo; 
y en una sola noche, después de herirlo, lo privó de sus hijos (...). 

Israel, en cambio, estaba protegido por la inmolación del cordero, 
y al mismo tiempo iluminado por la sangre vertida: 
y la muerte de la oveja resultaba ser una muralla para el pueblo. 

¡Oh misterio sorprendente e inexplicable! 
La inmolación del cordero resultó ser la salvación de Israel, 
la muerte de la oveja llegó a ser vida del pueblo 
y la sangre intimidó al ángel. 

Dime, ángel, lo que te ha intimidado: 
¿la inmolación del cordero, o la vida del Señor?, 
¿la muerte de la oveja o la figura del Señor?, 
¿la sangre del cordero o el Espíritu del Señor? 
Es claro que estás intimidado 
por haber visto el misterio del Señor realizado en la oveja, 
la vida del Señor en la inmolación del cordero, 
la prefiguración del Señor en la muerte de la oveja. 
Por esto no castigaste a Israel, sino que privaste de sus hijos sólo a Egipto. 

¿Cuál es este misterio inesperado: 
que Egipto haya sido golpeado para su perdición 
e Israel, en cambio, protegido para su salvación? 

Oíd la dinámica del misterio. 

Lo que se ha dicho y lo que ha ocurrido no es nada, amadísimos, si se separa de su simbolismo y de su proyecto. Todo lo que se realice y se diga, participa del simbolismo—la palabra, del simbolismo; el hecho, de la prefiguración—para que, así como el hecho se manifiesta por la prefiguración, así también la palabra se ilumine por el simbolismo.

Una obra no se construye sin un proyecto. ¿O no se ve lo que ha de ser a través de la imagen que la prefigura? Por eso, el proyecto que se va a realizar se modela primero con cera, o con arcilla, o con madera, a fin de que se pueda ver lo que va a ser construido más alto en grandeza, más fuerte en resistencia, y bello de forma y rico en instalación, gracias a una pequeña maqueta, destinada a perecer. Porque cuando se ha realizado aquello para lo que había sido destinada la figura, entonces, lo que hasta aquí portaba la imagen del futuro es destruido, por haberse hecho inútil, al haber cedido su imagen a una realidad verdadera. Pues aquello que en otro tiempo era de valor se devalúa una vez aparecido lo que es verdaderamente precioso.

Efectivamente, cada cosa tiene su propio tiempo: al modelo su propio tiempo, al material su propio tiempo. Haces el modelo de la obra real. Lo deseas porque ves en él la imagen de lo que va a ser. Suministras el material para el modelo. Lo deseas por lo que se va a construir gracias a él. Ejecutas la obra, a ella sola la deseas, a ella sola quieres, viendo en ella sola el modelo y el material y la realidad.
(II. La vieja y la nueva Pascua)


"La salvación del Señor y la realidad fueron prefiguradas en el pueblo (judío), 
y las prescripciones del Evangelio fueron prenunciadas por la ley.
De esta suerte, el pueblo era como el esbozo de un plan, 
y la ley, la letra de una parábola; 
pero el Evangelio es la explicación de la ley y su cumplimiento, 
y la Iglesia el lugar donde aquello se realiza.
Lo que era figura era valioso antes de que se diera la realidad.
y la parábola era maravillosa antes de que se diera la explicación.
Es decir, el pueblo (judío) tenía un valor antes de que se estableciera la Iglesia, 
y la ley era maravillosa antes de que resplandeciera la luz del Evangelio.
Pero cuando surgió la Iglesia y se presentó el Evangelio, 
se hizo vano lo que era figura, y su fuerza pasó a la realidad; 
la ley llegó a su cumplimiento, y traspasó su fuerza al Evangelio. 
El pueblo (de Israel) perdió su razón de ser, así que se estableció la Iglesia, 
la figura fue abolida, así que apareció el Señor.
Lo que antes era valioso, ha quedado ahora sin valor, 
pues se ha manifestado lo que realmente era valioso por naturaleza.
Valioso era antes el sacrificio de la oveja,
pero ahora es sin valor, a causa de la vida del Señor.
Valiosa era la muerte de la oveja, 
pero ahora es sin valor, a causa de la salvación del Señor.
Valiosa era la sangre de la oveja, 
pero ahora es sin valor, a causa del espíritu del Señor.
Valioso era el cordero sin voz, 
pero ahora es sin valor, a causa del Hijo sin mancilla.
Valioso era el templo de abajo, 
pero ahora es sin valor, a causa del Cristo de arriba.
Valiosa era la Jerusalén de abajo, 
pero ahora es sin valor, a causa de la Jerusalén de arriba.
Valiosa era aquella angosta herencia, 
pero ahora es sin valor, a causa de la amplitud del don.
Porque no es en lugar alguno determinado, ni en una estrecha franja de tierra 
donde se ha establecido la gloria de Dios, 
sino que su don se ha derramado por todos los confines de la tierra habitada, 
y en ellos ha puesto el Dios omnipotente su tienda.
Por Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos. Amén." (Números 11-16, 30-45)
(III. Las figuras del Antiguo Testamento, suplantadas por la realidad del Nuevo.)


"Dios, habiendo creado al principio por el Verbo el cielo y la tierra y cuanto en ellos se contiene, modeló al hombre de la tierra y comunicó a esta figura su soplo. Y colocó al hombre en un paraíso hacia el oriente, en Edén, para que viviera agradablemente, y le dio como ley un mandato... Pero el hombre que era por naturaleza capaz del bien y del mal, como un pedazo de tierra que puede recibir buenas y malas semillas, acogió a un consejero hostil y codicioso, y tomando del árbol transgredió el mandamiento y desobedeció a Dios. En consecuencia, fue echado a este mundo, como a una prisión de condenados. Después de muchos años y de haber dejado mucha descendencia, volvió a la tierra, a causa de haber comido del árbol, y dejó a sus hijos esta herencia...

No la pureza, sino la lujuria; 
No la inmortalidad, sino la corrupción; 
No el honor, sino la deshonra; 
No la libertad, sino la esclavitud; 
No la realeza, sino la tiranía; 
No la vida, sino la muerte; 
No la salvación, sino la perdición.

Nueva y terrible fue, en efecto, la perdición de los hombres sobre la tierra. He aquí lo que les aconteció: eran arrebatados por el pecado como por un tirano, y eran llevados a los lugares de concupiscencia en los que andaban zarandeados por placeres insaciables, por el adulterio, la fornicación, la impudencia, los malos deseos, la codicia, los asesinatos, el derramamiento de sangre, la tiranía de la maldad y la tiranía de la injusticia. Porque el padre sacaba la espada contra su hijo, y el hijo ponía sus manos contra su padre; el impío golpeaba los pechos que le habían amamantado; el hermano mataba a su hermano; el huésped hacia injusticia a su huésped; el amigo asesinaba al amigo y el hombre degollaba al hombre con mano de tirano. Todos sobre la tierra se convirtieron, unos en asesinos, otros en fratricidas, otros en parricidas, otros en infanticidas... con esto exultaba el Pecado: siendo colaborador de la muerte, la precedía en las almas de los hombres y preparaba para ella como alimento los cuerpos de los muertos. En toda alma imprimía el pecado su huella, y aquellos que tenían esta huella tenían que morir.

Toda carne, pues, cayó bajo el pecado, 
y todo cuerpo bajo la muerte,
y toda alma era arrojada de su morada carnal, 
y lo que había sido tomado de la tierra se disolvía en la tierra, 
y lo que había sido dado por Dios era encarcelado en el Hades.
La bella armonía quedaba disuelta,
y el bello cuerpo, deshecho.
Porque el hombre quedaba dividido bajo el poder de la muerte, 
una extraña desgracia y cautividad le rodeaban.
Era arrastrado como prisionero por las sombras de la muerte, 
y la imagen del Padre yacía abandonada.
Esta es la razón por la que se ha cumplido el misterio de la Pascua 
en el cuerpo del Señor." (Números 47-57)
(IV. El pecado del hombre.)


"De antemano el Señor había preordenado sus propios padecimientos 
en los patriarcas y en los profetas y en todo el pueblo, 
poniendo como sello la ley y los profetas.
Porque lo que había de realizarse de manera inaudita y grandiosa, 
estaba preparado desde mucho tiempo, 
para que cuando sucediera fuera creído, 
habiendo sido prefigurado desde antiguo...

Antiguo y nuevo es el misterio del Señor:
antiguo en la figura, pero nuevo en el don.
Si miras a esa figura, verás la realidad a lo largo de la realización.
Si quieres, pues, contemplar el misterio del Señor has de mirar 
a Abel que fue asesinado como él, 
a Isaac que fue atado como él, 
a José que fue vendido como él, 
a Moisés que fue expuesto como él, 
a David que fue perseguido como él, 
a los profetas que padecieron por Cristo como él.

Mira también al cordero que fue degollado en la tierra de Egipto, 
al que golpeó a Egipto y salvó a Israel por la sangre...

Él es el que vino de los cielos a la tierra a causa del que sufría, 
y se revistió de éste mediante las entrañas de una virgen 
presentándose como hombre.
Él tomó sobre sí los sufrimientos del que sufría al tomar un cuerpo capaz de sufrir 
y destruyó los sufrimientos de la carne, 
matando, con su espíritu que no puede morir, 
a la muerte homicida.

Él es el que nos arrancó de la esclavitud para la libertad 
de las tinieblas para la luz, 
de la muerte para la vida, 
de la tiranía para el reino eterno.
ÉI hizo de nosotros un sacerdocio nuevo, 
y un pueblo elegido para siempre.
Él es la Pascua de nuestra salvación

Él es el que se encarnó en una virgen, 
el que fue suspendido en un madero, 
el que fue enterrado en la tierra, 
el que resucitó de entre los muertos, 
el que fue arrebatado a las alturas de los cielos.

El es el cordero sin voz, 
él es el cordero degollado, 
él es el nacido de María, la oveja bella, 
él es el que fue tomado del rebaño 
y arrastrado al matadero, 
sacrificado al atardecer 
y sepultado por la noche; 
sobre el madero no fue quebrantado, 
en la tierra no sufrió corrupción, 
sino que resucitó de los muertos, 
y resucitó al hombre de lo profundo de su sepulcro.

Éste ha sido puesto a muerte. 
¿Dónde? En medio de Jerusalén.
¿Por qué? 
Porque curó a sus cojos, 
porque limpió a sus leprosos, 
porque llevó a la luz a sus ciegos, 
porque resucitó a sus muertos.

Por esto padeció...

¿Por qué, Israel, has cometido esta nueva iniquidad? 
Has deshonrado al que te había honrado, 
has despreciado al que te había estimado, 
has negado al que te había confesado, 
has rechazado al que te había llamado.
has matado al que te había dado la vida.
¿Qué has hecho, Israel?...

Cuando el Señor iba a ser sacrificado, al atardecer, 
tú preparaste para él los clavos agudos y los falsos testigos, 
las cuerdas, los azotes, el vinagre y la hiel, 
la espada y la aflicción, como para un ladrón sanguinario.
Después de haber descargado los azotes sobre su cuerpo, 
de haber puesto espinas en su cabeza, 
ataste todavía sus bellas manos 
que te habían modelado a partir de la tierra 
y diste hiel para beber a aquella boca hermosa 
que te había dado a beber la vida 
y diste muerte a tu Señor en el día de la Gran Festividad.
Y tú te regalabas mientras él sufría hambre; 
tú. bebías vino y comías pan, 
mientras él bebía vinagre y hiel; 
tú andabas con rostro radiante, 
mientras él estaba demacrado; 
tú exultabas, mientras él se afligía; 
tú cantabas, mientras él era condenado; 
tú dabas órdenes, mientras él era clavado; 
tú danzabas, mientras él era sepultado; 
tú te recostabas sobre muelle lecho, 
y él en un féretro y en un sepulcro.

Oh Israel criminal, ¿por qué has cometido esta inaudita injusticia, 
arrojando a tu Señor a sufrimientos sin nombre, 
al que es tu amo, 
al que te modeló, 
al que te creó, 
al que te honró, 
al que te llamó Israel?

Tú no te has mostrado como Israel, pues no has visto a Dios, 
no has reconocido al Señor, 
no has sabido, Israel, que éste es el primogénito de Dios, 
el que fue engendrado antes que la estrella de la mañana, 
el que hizo surgir la luz, 
el que hizo brillar el día, 
el que separó a las tinieblas, 
el que afirmó el primer borne, 
el que suspendió la tierra, 
el que secó el abismo, 
el que extendió el firmamento, 
el que puso orden en el mundo, 
el que dispuso los astros en el cielo, 
el que hizo brillar los luminares, 
el que hizo los ángeles que están en el cielo, 
el que fijó allí los tronos, 
el que modeló al hombre sobre la tierra.

Él es el que te eligió y te condujo desde Adán hasta Noé, 
desde Noé a Abraham, 
desde Abraham a Isaac y a Jacob y a los patriarcas; 
él te condujo a Egipto, y te protegió y allí te sustentó; 
él iluminó tu camino con una columna de fuego, 
y te cobijó bajo la nube, 
y dividió el mar Rojo conduciéndote a través de él, 
y dispersó a tu enemigo.
El es quien te dio el maná del cielo, 
el que te dio a beber de la piedra, 
el que te dio la ley en el Horeb, 
el que te dio en herencia la tierra (prometida), 
el que te envió a los profetas y suscitó tus reyes

Con él has sido impío, 
con él has cometido iniquidad, 
a él has dado muerte, 
con él has traficado, reclamándole los didracmas como precio de su cabeza. . .

Verdaderamente amarga es para ti esta fiesta de los ázimos, como está escrito:
«Comeréis panes ázimos con hierbas amargas.» 
Amargos son para ti los clavos que afilaste, 
amarga para ti la lengua que aguzaste, 
amargos para ti los falsos testigos que presentaste, 
amargas para ti las cuerdas que preparaste, 
amargos para ti los azotes que descargaste, 
amargo para ti Judas, a quien pagaste, 
amargo para ti Herodes, a quien obedeciste, 
amargo para ti Caifás, a quien te confiaste, 
amarga para ti la hiel que proporcionaste, 
amargo para ti el vinagre que cultivaste, 
amargas para ti las espinas que recogiste, 
amargas para ti las manos que ensangrentaste.
Has dado muerte a tu Señor en medio de Jerusalén..." (Números 58-93)
(V. El designio salvador en Cristo.)


Pero él, el Señor, vestido de hombre, 
habiendo sufrido por el que sufría, 
atado por el que estaba detenido, 
juzgado por el culpable, 
sepultado por el que estaba enterrado, 
resucitó de entre los muertos y clamó en voz alta:
¿Quién se levantará en juicio contra mí? 
Que venga a enfrentarse conmigo.
Yo he liberado al condenado.
Yo he vivificado al que estaba muerto.
Yo he resucitado al que estaba sepultado.
¿Quién puede contradecirme? 
Yo, dice, Cristo, he destruido a la muerte, 
he triunfado del enemigo,
he pisoteado el Hades, 
he maniatado al fuerte, 
he arrebatado al hombre a las alturas de los cielos.

Yo, dice él, Cristo.
Venid, pues, todas las familias de hombres manchadas por los pecados.
Recibid el perdón de los pecados.
Porque yo soy vuestro perdón, 
yo la Pascua de la salvación, 
yo el cordero degollado por vosotros, 
yo vuestra redención, 
yo vuestra vida, 
yo vuestra resurrección, 
yo vuestra luz, 
yo vuestra salvación, 
yo vuestro rey.
Yo os llevaré a las alturas de los cielos.
Yo os mostraré al Padre que existe desde los siglos.
Yo os resucitaré por medio de mi diestra.»

Tal es el alfa y la omega:
Él es el comienzo y el fin 
—comienzo inenarrable y fin incomprensible— 
él es Cristo, 
él es el Rey, 
él es Jesús, 
él es el Estratega, 
él es el Señor, 
él es el que resucitó de entre los muertos.
él es el que está sentado a la diestra del Padre.
Él lleva al Padre, y es llevado por el Padre:
A él la gloria y el poder por los siglos. Amén." (Números 100-104)
(VI. Sentido de la pascua cristiana.)


viernes, 11 de diciembre de 2015

Nos reunimos el día del sol - San Justino

San Justino: Primera Apología (s. II)


La Eucaristía bautismal

65. 1. Por nuestra parte, nosotros, después de haber conducido al baño al que ha abrazado la fe y se ha adherido a nuestra (doctrina), le llevamos a los que se llaman hermanos, allí donde están reunidos; elevamos fervorosamente oraciones en común por nosotros mismos, por el que acaba de ser iluminado y por todos los otros esparcidos por todo el mundo, suplicando se nos conceda, ya que hemos conocido la verdad, ser hallados por nuestras obras, personas de buena conducta y observantes de los mandamientos, para así alcanzar la salvación eterna. 2. Terminadas las oraciones, nos saludamos mutuamente con un beso. 3. Luego, al que preside (cf. 1 Tm 5,17) la asamblea de los hermanos, se le ofrece pan y un vaso de agua y vino templado, y tomándolos él tributa alabanzas y gloria al Padre del universo por el nombre de su Hijo y por del Espíritu Santo, y pronuncia una larga acción de gracias, por habernos concedido esos dones que de Él nos vienen. Cuando ha terminado las oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo presente aclama diciendo: "Amén" (cf. 1 Co 14,16). 4. "Amén", en hebreo, quiere decir "así sea". 5. Una vez que el presidente ha terminado la acción de gracias y todo el pueblo ha manifestado su acuerdo, los que entre nosotros se llaman "diáconos", dan a cada uno de los asistentes parte del pan y del vino mezclado con agua sobre los que se dijo la acción de gracias, y lo llevan a los ausentes.

66. 1. Este alimento se llama entre nosotros "Eucaristía", de la que a nadie es lícito participar, sino al que cree ser verdaderas nuestras enseñanzas y ha recibido el baño para la remisión de los pecados y la regeneración, y vive conforme a los preceptos que Cristo nos enseñó. 2. Porque no tomamos estas cosas como pan común ni bebida ordinaria, sino que, a la manera que Jesucristo, nuestro Salvador, hecho carne (cf. Jn 1,14) por virtud del Verbo de Dios, tuvo carne y sangre por nuestra salvación; así también el alimento "eucaristía" por una oración que viene de Él -alimento con el que son alimentados nuestra sangre y nuestra carne mediante una transformación-, es precisamente, conforme a lo que hemos aprendido, la carne y la sangre de Jesús hecho carne. 3. Es así que los Apóstoles en las "Memorias", por ellos escritos, que se llaman "Evangelios", nos transmitieron que así le fue a ellos mandado obrar, cuando Jesús, tomando el pan y dando gracias, dijo: "Haced esto en memoria mía, éste es mi cuerpo" (Lc 22,19). E igualmente, tomando el cáliz y dando gracias, dijo: "Esta es mi sangre" (c. Mt 26,27-28), y que sólo a ellos se las dio.
4. Por cierto que también esto, por imitación, enseñaron los perversos demonios que se hiciera en los misterios de Mitra; pues en los ritos de un nuevo iniciado se presenta pan y un vaso de agua con ciertas recitaciones; ustedes lo saben o pueden de ello informarse.

La asamblea dominical

67. 1. En cuanto a nosotros, después de esta primera iniciación, recordamos constantemente entre nosotros estas cosas; y los que tenemos bienes, socorremos a los necesitados todos y nos asistimos siempre unos a otros. 2. Por todo lo que comemos, bendecimos siempre al Creador de todas las cosas por medio de su Hijo Jesucristo y por el Espíritu Santo.

3. El día que se llama del sol se celebra una reunión de todos los que moran en las ciudades o en los campos; y allí se leen, en cuanto el tiempo lo permite, las "Memorias de los Apóstoles o los escritos de los profetas. 4. Luego, cuando el lector termina, el que preside toma la palabra para hacernos una exhortación e invitación para que imitemos esas hermosas enseñanzas. 5. Seguidamente, nos levantamos todos a una y elevamos a Dios nuestras preces, y éstas terminadas, como ya dijimos (cf. I,65,3), se ofrece pan, vino y agua, y el que preside, según sus fuerzas, hace igualmente subir a Dios sus oraciones y acciones de gracias, y todo el pueblo expresa su conformidad diciendo: "Amén". Luego se hace la distribución y participación de la eucaristía, para cada uno. Enviándose su parte, por medio de los diáconos, a los ausentes. 6. Los que tienen y quieren, cada uno según su libre determinación, da lo que bien le parece, y lo recogido se entrega al que preside. 7. Y él socorre con ello a huérfanos y viudas, a los que por enfermedad o por otra causa están en la indigencia, a los que están en las cárceles, a los forasteros de paso, y, en una palabra, él se constituye provisor de cuantos se hallan en necesidad. 8. Celebramos esta reunión general el día del sol, por ser el día primero, en que Dios, transformando las tinieblas y la materia, hizo el mundo, y el día también en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos; pues es de saber que le crucificaron el día antes del día de Saturno, y al siguiente al día de Saturno, que es el día del sol, se apareció a sus apóstoles (cf. Mt 28,9) y discípulos, enseñándoles estas mismas doctrinas que nosotros les exponemos para su examen.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Comunión del Cuerpo y la Sangre del Señor - Pedro Farnés

Pastoral de la Eucaristía - Pedro Farnés - Dossiers CPL 49 - Conclusiones:

El gesto de comulgar en la mano resulta más natural que el de recibir la Eucaristía en la boca, peo no es, con todo, más significativo en sí mismo, ni por ello se le debe dar excesiva importancia al cambio entre una y otra forma de comulgar. Lo único importante es que SE RECIBA la Eucaristía de una forma RESPETUOSA y EXPRESIVA de la fe.

Tanto si se comulga en la mano como se se comulga en la boca es muy importante que el gesto y la catequesis que lo prepara sean objetiva y subjetivamente expresivas del DON que se recibe y del RESPETO Y ADORACIÓN que merece el Cuerpo del Señor.

Es, en cambio, sumamente importante que la Eucaristía se reciba, siempre que sea posible, BAJO LAS DOS ESPECIES.

También es sacramentalmente importante que la Eucaristía sea siempre servida por un ministro -ordinario o extraordinario- y que no se suprima en ningún caso el DIÁLOGO entre el que da la Eucaristía y el que la recibe: "El Cuerpo de Cristo". R/"Amén". "La Sangre de Cristo". R/. "Amén".

La comunión en la mano es, en cambio, muy recomendable en todos aquellos casos en que su introducción facilite la comunión bajo las dos especies o haga posible comulgar de la Sangre del Señor bebiendo del cáliz en lugar de limitarse a la simple intinción.

También tiene importancia que el mismo pan se "ROMPA" realmente, que no se usen, a no ser en caso de necesidad, hostias individuales, cuya presentación expresa menos bien el sentido de la Eucaristía, como claramente lo significa IGMR 283.

Finalmente es también importante que los recipientes donde se colocan el Cuerpo y la Sangre del Señor sean suficientemente grandes, y siempre bien separados el uno del otro: que parezcan claramente como algo que contiene comida y bebida, pues ello facilita la visión Eucarística en su vertiente sacramental o significativa.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

San Cirilo de Jerusalén - La comunión del Cuerpo y la Sangre del Señor

San Cirilo de Jerusalén - Obispo y Doctor de la Iglesia (315-386)
Catequesis XXIII - Mistagógica V (20-23)

La comunión del cuerpo y la sangre del Señor

Oíste después la voz del salmista que os invitaba, por medio de cierta divina melodía, a la comunión de los santos misterios y decía: «Gustad y ved qué bueno es el Señor» (Sal 34,9). Pero no juzguéis ni apreciéis esto como una comida humana: quiero decir, no así, sino desde la fe y libres de toda duda. Pues a los que los saborean no se les manda degustar pan y vino, sino lo que éstos representan en imagen, pero de modo real: el cuerpo y la sangre del Señor.

La comunión del cuerpo de Cristo

No te acerques, pues, con las palmas de las manos extendidas ni con los dedos separados, sino que, poniendo la mano izquierda bajo la derecha a modo de trono que ha de recibir al Rey, recibe en la concavidad de la mano el cuerpo de Cristo diciendo: «Amén». 

Súmelo a continuación con ojos de santidad cuidando de que nada se te pierda de él. Pues todo lo que se te caiga considéralo como quitado a tus propios miembros. Pues, dime, si alguien te hubiese dado limaduras de oro, ¿no las cogerías con sumo cuidado y diligencia, con cuidado de que nada se te perdiese y resultases perjudicado? ¿No procurarás con mucho más cuidado y vigilancia que no se te caiga ni siquiera una miga, que es mucho más valiosa que el oro y que las piedras preciosas?

La comunión de la sangre de Cristo


Y después de la comunión del cuerpo de Cristo, acércate también al cáliz de la sangre: sin extender las manos, sino inclinándote hacia adelante, expresando así adoración y veneración, mientras dices «Amén», serás santificado al tomar también de la sangre de Cristo. Y cuando todavía tienes húmedos los labios, tocándolos con las manos, santifica tus ojos y tu frente y los demás sentidos. Por último, en oración expectante, da gracias a Dios, que te ha concedido hacerte partícipe de tan grandes misterios.

Guardad íntegras estas tradiciones, y guardaos a vosotros mismos sin mancha. No os apartéis de la comunión ni mancilléis con vuestros pecados estos sagrados y espirituales misterios. «Que él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Tes 5,23), a quien sea la gloria, el honor y el imperio con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.