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miércoles, 9 de septiembre de 2015

San Cirilo de Jerusalén - La comunión del Cuerpo y la Sangre del Señor

San Cirilo de Jerusalén - Obispo y Doctor de la Iglesia (315-386)
Catequesis XXIII - Mistagógica V (20-23)

La comunión del cuerpo y la sangre del Señor

Oíste después la voz del salmista que os invitaba, por medio de cierta divina melodía, a la comunión de los santos misterios y decía: «Gustad y ved qué bueno es el Señor» (Sal 34,9). Pero no juzguéis ni apreciéis esto como una comida humana: quiero decir, no así, sino desde la fe y libres de toda duda. Pues a los que los saborean no se les manda degustar pan y vino, sino lo que éstos representan en imagen, pero de modo real: el cuerpo y la sangre del Señor.

La comunión del cuerpo de Cristo

No te acerques, pues, con las palmas de las manos extendidas ni con los dedos separados, sino que, poniendo la mano izquierda bajo la derecha a modo de trono que ha de recibir al Rey, recibe en la concavidad de la mano el cuerpo de Cristo diciendo: «Amén». 

Súmelo a continuación con ojos de santidad cuidando de que nada se te pierda de él. Pues todo lo que se te caiga considéralo como quitado a tus propios miembros. Pues, dime, si alguien te hubiese dado limaduras de oro, ¿no las cogerías con sumo cuidado y diligencia, con cuidado de que nada se te perdiese y resultases perjudicado? ¿No procurarás con mucho más cuidado y vigilancia que no se te caiga ni siquiera una miga, que es mucho más valiosa que el oro y que las piedras preciosas?

La comunión de la sangre de Cristo


Y después de la comunión del cuerpo de Cristo, acércate también al cáliz de la sangre: sin extender las manos, sino inclinándote hacia adelante, expresando así adoración y veneración, mientras dices «Amén», serás santificado al tomar también de la sangre de Cristo. Y cuando todavía tienes húmedos los labios, tocándolos con las manos, santifica tus ojos y tu frente y los demás sentidos. Por último, en oración expectante, da gracias a Dios, que te ha concedido hacerte partícipe de tan grandes misterios.

Guardad íntegras estas tradiciones, y guardaos a vosotros mismos sin mancha. No os apartéis de la comunión ni mancilléis con vuestros pecados estos sagrados y espirituales misterios. «Que él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Tes 5,23), a quien sea la gloria, el honor y el imperio con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.


lunes, 20 de julio de 2015

Espera en Dios - San Agustín


"Eres rico en misericordia con todos los que te invocan" (Salm 85,9).


No digas: "El Señor No me concedió esto o aquello". Entra en tu conciencia; examínala, interrógala, no la perdones. Si en verdad invocaste a Dios, estate seguro de que cuanto le pedías para esta vida temporal no te lo concedió porque no te iba a ser de provecho.

Edifíquese sobre esto vuestro corazón, hermanos, el corazón cristiano, el corazón fiel.

No comencéis a poneros tristes como si hubierais sido defraudados en vuestros deseos, ni os indignéis contra Dios. No os conviene "dar coces contra el aguijón" (Hch 9, 5).

Escrutad las Escrituras. ¡Fue escuchado el diablo y no el apóstol! ¿Qué os parece? ¿En que modo son escuchados los demonios ? Pidieron entrar en los puercos y se les concedió (Mt 8, 31-32). ¿Cuando fue escuchado el diablo? Pidió tentar a Job y se le concedió (Job 1, 11-12; 2, 5-6). ¡En qué momento no fue escuchado el Apóstol? Dice él: "Para que no me ensoberbeciese con la excelencia de mis revelaciones, se me dio el aguijón de la carne, el ángel de Satanás, para que me abofetee: por lo cual rogué tres veces al Señor que me lo quitase, y me respondió: 'Te basta mi gracia, pues la virtud llega a su perfección en la debilidad' (2 Cor 12, 7-9). Escuchó a aquel a quien se disponía a condenar y no escuchó a aquel a quien quería sanar.

En efecto, también el enfermo pide muchas cosas al médico, pero no se las da. No atiende a su deseo para atender a su voluntad de curar. Considera a Dios como tu médico, pídele la salud y la salud será Él mismo. No una salud distinta de él, sino que la salud es Él mismo.

Por tu parte no ames otra cosa fuera de Él mismo; antes bien, di lo que hallas en el salmo: "Di a mi alma: 'Yo soy tu salud'"(Sal 34,3) ¿Quieres que se te de Él mismo? ¿Y si para darse él a ti, no quiere que tengas lo que tu quieres tener? Él elimina los obstáculos para entrar en ti.

Sermones de San Agustín

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