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martes, 30 de mayo de 2017

La necesidad del catecumenado postbautismal en la Iglesia

"El Bautismo de niños exige un catecumenado postbautismal" (CIC 1231)








La iniciación cristiana

CIC 1229 Desde los tiempos apostólicos, para llegar a ser cristiano se sigue un camino y una iniciación que consta de varias etapas. Este camino puede ser recorrido rápida o lentamente. Y comprende siempre algunos elementos esenciales: el anuncio de la Palabra, la acogida del Evangelio que lleva a la conversión, la profesión de fe, el Bautismo, la efusión del Espíritu Santo, el acceso a la comunión eucarística.

CIC 1230 Esta iniciación ha variado mucho a lo largo de los siglos y según las circunstancias. En los primeros siglos de la Iglesia, la iniciación cristiana conoció un gran desarrollo, con un largo periodo de catecumenado, y una serie de ritos preparatorios que jalonaban litúrgicamente el camino de la preparación catecumenal y que desembocaban en la celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana.

1231 Desde que el Bautismo de los niños vino a ser la forma habitual de celebración de este sacramento, ésta se ha convertido en un acto único que integra de manera muy abreviada las etapas previas a la iniciación cristiana. Por su naturaleza misma, el Bautismo de niños exige un catecumenado postbautismal. No se trata sólo de la necesidad de una instrucción posterior al Bautismo, sino del desarrollo necesario de la gracia bautismal en el crecimiento de la persona. Es el momento propio de la catequesis.

1232 El Concilio Vaticano II ha restaurado para la Iglesia latina, "el catecumenado de adultos, dividido en diversos grados" (SC 64). 




LG14 Los catecúmenos que, movidos por el Espíritu Santo, solicitan con voluntad expresa ser incorporados a la Iglesia, por este mismo deseo ya están vinculados a ella, y la madre Iglesia los abraza en amor y solicitud como suyos.




SC64. Restáurese el catecumenado de adultos dividido en distintas etapas, cuya práctica dependerá del juicio del ordinario del lugar; de esa manera, el tiempo del catecumenado, establecido para la conveniente instrucción, podrá ser santificado con los sagrados ritos, que se celebrarán en tiempos sucesivos.


AG14 Los que han recibido de Dios, por medio de la Iglesia, la fe en Cristo, sean admitidos con ceremonias religiosas al catecumenado; que no es una mera exposición de dogmas y preceptos, sino una formación y noviciado convenientemente prolongado de la vida cristiana, en que los discípulos se unen con Cristo su Maestro. Iníciense, pues, los catecúmenos convenientemente en el misterio de la salvación, en el ejercicio de las costumbres evangélicas y en los ritos sagrados que han de celebrarse en los tiempos sucesivos, introdúzcanse en la vida de fe, de la liturgia y de la caridad del Pueblo de Dios.

AG15 Art 3. La Formación de la comunidad Cristiana: El Espíritu Santo, que llama a todos los hombres a Cristo, por la siembra de la palabra y proclamación del Evangelio, y suscita el homenaje de la fe en los corazones, cuando engendra para una nueva vida en el seno de la fuente bautismal a los que creen en Cristo, los congrega en el único Pueblo de Dios que es "linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo de adquisición".

Los misioneros, por consiguiente, cooperadores de Dios, susciten tales comunidades de fieles que, viviendo conforme a la vocación a la que han sido llamados, ejerciten las funciones que Dios les ha confiado, sacerdotal, profética y real.

De esta forma, la comunidad cristiana se hace signo de la presencia de Dios en el mundo; porque ella, por el sacrificio eucarístico, incesantemente pasa con Cristo al Padre, nutrida cuidadosamente con la palabra de Dios da testimonio de Cristo y, por fin, anda en la caridad y se inflama de espíritu apostólico.


lunes, 29 de agosto de 2016

San Juan Bautista: "La vida cristiana exige el «martirio»" (Benedicto XVI)

"...Juan Bautista comienza su predicación bajo el emperador Tiberio, en los años 27-28 d.C., y a la gente que se reúne para escucharlo la invita abiertamente a preparar el camino para acoger al Señor, a enderezar los caminos desviados de la propia vida a través de una conversión radical del corazón (cf. Lc 3, 4).

Pero el Bautista no se limita a predicar la penitencia, la conversión,

sino que, reconociendo a Jesús como «el Cordero de Dios» que vino a quitar el pecado del mundo (Jn 1, 29), tiene la profunda humildad de

mostrar en Jesús al verdadero Enviado de Dios, poniéndose a un lado para que Cristo pueda crecer, ser escuchado y seguido.

Como último acto, el Bautista testimonia con la sangre su fidelidad a los mandamientos de Dios, sin ceder o retroceder, cumpliendo su misión hasta las últimas consecuencias.

San Beda, monje del siglo IX, en sus Homilías dice así:

«San Juan dio su vida por Cristo, aunque no se le ordenó negar a Jesucristo; sólo se le ordenó callar la verdad» (cf. Hom. 23: CCL122, 354).

Así, al no callar la verdad, murió por Cristo, que es la Verdad.

Precisamente por el amor a la verdad no admitió componendas y no tuvo miedo de dirigir palabras fuertes a quien había perdido el camino de Dios.

...¿de dónde nace esta vida, esta interioridad tan fuerte, tan recta, tan coherente, entregada de modo tan total por Dios y para preparar el camino a Jesús? La respuesta es sencilla: de la relación con Dios, de la oración, que es el hilo conductor de toda su existencia...

Toda la vida del Precursor de Jesús está alimentada por la relación con Dios, en especial el período transcurrido en regiones desiertas (cf. Lc 1, 80); las regiones desiertas que son lugar de tentación, pero también lugar donde el hombre siente su propia pobreza porque se ve privado de apoyos y seguridades materiales, y comprende que el único punto de referencia firme es Dios mismo.

Pero Juan Bautista no es sólo hombre de oración, de contacto permanente con Dios, sino también una guía en esta relación. El evangelista san Lucas, al referir la oración que Jesús enseña a los discípulos, el «Padrenuestro», señala que los discípulos formulan la petición con estas palabras: «Señor enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos» (cf. Lc 11, 1).

Queridos hermanos y hermanas, celebrar el martirio de san Juan Bautista nos recuerda también a nosotros, cristianos de nuestro tiempo, que el amor a Cristo, a su Palabra, a la Verdad, no admite componendas.
La Verdad es Verdad, no hay componendas.
La vida cristiana exige, por decirlo así, el «martirio» de la fidelidad cotidiana al Evangelio, es decir, la valentía de dejar que Cristo crezca en nosotros, que sea Cristo quien oriente nuestro pensamiento y nuestras acciones.
Pero esto sólo puede tener lugar en nuestra vida si es sólida la relación con Dios. La oración no es tiempo perdido, no es robar espacio a las actividades, incluso a las actividades apostólicas, sino que es exactamente lo contrario: sólo si somos capaces de tener una vida de oración fiel, constante, confiada, será Dios mismo quien nos dará la capacidad y la fuerza para vivir de un modo feliz y sereno, para superar las dificultades y dar testimonio de él con valentía.
Que san Juan Bautista interceda por nosotros, a fin de que sepamos conservar siempre el primado de Dios en nuestra vida."

lunes, 16 de mayo de 2016

La Corrección Fraterna - Vida en Comunidad

 (Vida en Comunidad - Dietrich Bonhoeffer-4. El Servicio)

Nuestra profunda desconfianza hacia todo cuanto sea palabra, sofoca a menudo lo que deberíamos decir personalmente al hermano. ¿Qué puede aportar una débil palabra humana al otro? ¿Debemos multiplicar los discursos vacíos? ¿Debemos, ante una angustia real, pedir ayuda a los profesionales de la palabra? ¿Hay algo más peligroso que abusar de la palabra de Dios? Pero, por otra parte, ¿hay algo más grave que callarse cuando se debería hablar? ¡Cuánto más fácil resulta la palabra desde el púlpito que la que voluntaria y libremente pronunciamos, debatiéndonos entre la responsabilidad de callarnos y el temor de hablar!

A este temor de asumir la responsabilidad de hablar en nombre de Dios y de su palabra, se añade el temor ante los otros. ¡Cuánto cuesta a menudo pronunciar el nombre de Jesús delante de otros! También aquí se mezcla lo falso con lo verdadero. ¿Quién nos autoriza -pensamos- a introducirnos en la vida del otro? ¿Tenemos derecho a abordarlo y ponerlo entre la espada y la pared?

Afirmar de entrada que todos tienen este derecho y este deber no sería dar pruebas de comprensión en la fe. El espíritu de coacción podría reaparecer aquí bajo su aspecto más detestable. Creemos que el prójimo tiene el derecho y el deber de defenderse contra las intromisiones inoportunas en su vida interior. Posee su propio misterio que no debe profanarse sin gran perjuicio, y que él no puede entregar sin destruir su personalidad. Se trata, más que del misterio de su saber o de su sensibilidad, del misterio de su libertad, de su salvación, de su ser profundo. Y sin embargo debe reconocerse que este escrúpulo, en sí legítimo, tiene una afinidad peligrosa con aquellas palabras de Caín: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?». El respeto aparentemente justificado ante la libertad del prójimo puede caer bajo la maldición de Dios: «Te pediré cuentas de su sangre» (Ez 3, 18).

Por esta razón una comunidad cristiana exige a sus miembros que se den testimonio personal respecto a la palabra y a la voluntad de Dios. Es totalmente impensable que los hermanos se abstengan de hablar entre ellos precisamente de aquello que les es más vital. Sería anticristiano negar deliberadamente a un hermano este servicio fundamental. Si la palabra no quiere aflorar a nuestros labios, deberíamos preguntarnos si, a fin de cuentas y a pesar de todo, no consideramos a nuestro hermano únicamente en su dignidad humana que no queremos coaccionar, olvidándonos así de lo más importante: que nuestro hermano, por respetable, encumbrado o ilustre que sea, es un hombre como nosotros; un pecador necesitado de la palabra de Dios y que en sus tribulaciones semejantes a las nuestras, tiene necesidad de ayuda, de consuelo y de perdón.

La base de la que hay que partir es esta: saber que mi hermano es un pecador abandonado y perdido en toda su dignidad humana si no recibe ayuda. Esto no significa desacreditar ni deshonrar su honor, al contrario, es tributarle el único verdadero que posee el hombre: hacerle saber que, aunque pecador, está destinado a tomar parte en la misericordia y gloria de Dios, a ser hijo suyo.

El conocimiento de la verdadera situación del prójimo da a nuestra palabra la libertad y franqueza necesarias. Nuestro propósito se orienta a la ayuda que necesitamos unos de otros. Nos mostramos el camino que Cristo nos manda seguir. Nos ponemos mutuamente en guardia contra la desobediencia y sus consecuencias mortales.

Nuestra palabra, es a la vez, dulce y dura porque conocemos la bondad y severidad de Dios. ¿Por qué tenernos miedo unos a otros, cuando sólo debemos temer a Dios? ¿Por qué temer no ser comprendidos, si nosotros hemos comprendido perfectamente cuando alguien -a veces con palabras torpes- nos ha hablado del consuelo y la amonestación de Dios? ¿Por qué, si no, Dios nos ha hecho el regalo de la fraternidad cristiana?

Cuanto más aprendemos a dejarnos interpelar por el prójimo y aceptar con humildad y reconocimiento sus duros reproches y amonestaciones, tanto más libres y objetivos seremos en aquello que tengamos que decirle. Aquel que por susceptibilidad o amor propio rechaza la palabra del hermano, tampoco es capaz de decir la verdad al otro con humildad por temor a ser rechazado y tener así un nuevo motivo de sentirse herido. En nuestra relación con el prójimo, la susceptibilidad toma necesariamente la forma de adulación y, en consecuencia, de traición y mentira. La verdad y el amor son, por el contrario, el clima de la humildad. La palabra de Dios sigue siendo la fuerza que la inspira y por la que se deja guiar hacia el prójimo. Y puesto que no busca ni teme nada para sí mismo, el humilde es capaz de ofrecer a otros la ayuda de la palabra.

La amonestación es necesaria siempre que el hermano cae en un pecado manifiesto; es mandato de Dios. La disciplina debe comenzar a ejercerse a partir del ámbito más estrecho de la comunidad. Se trata de hablar clara y firmemente siempre que la comunidad familiar -y por lo mismo la Iglesia- está amenazada por modos de vivir o de pensar que reniegan de la palabra de Dios.

Nada puede ser más cruel que esa forma de indulgencia que abandona al prójimo en su pecado. Y nada puede ser más caritativo que la seria reprimenda que le saca de su vida culpable. Dejando que entre nosotros únicamente la palabra de Dios despliegue su poder de juicio y salvación, estamos cumpliendo un acto de misericordia, y ofrecemos al prójimo una última posibilidad de auténtica comunión fraterna.

No somos nosotros los que juzgamos; sólo Dios juzga, y su juicio es recto y saludable. Hasta el último momento no podemos hacer otra cosa que servir al hermano sin elevarnos nunca sobre él; y continuaremos sirviéndole incluso cuando debamos transmitirle la palabra que condena y separa, rompiendo de este modo, por obediencia a Dios, nuestra comunión con él. Porque nosotros sabemos que no es nuestro amor humano lo que nos mantiene fieles al prójimo, sino el amor de Dios que a través del juicio llega al hombre. La palabra de Dios, al mismo tiempo que le juzga, está sirviendo al hombre; y es aceptando el juicio de Dios como el hombre recibe la ayuda que necesita. Aquí es donde se ponen de manifiesto los límites de nuestras posibilidades de acción para con el prójimo: «Nadie puede rescatar al hombre de la muerte, nadie puede dar a Dios su precio, pues muy elevado es el rescate de la vida, y no se llegará jamás a él» (Sal 49, 7-8). Esta abdicación del hombre confirma y presupone que nuestro hermano no puede recibir ayuda y redención más que de Dios y su palabra. No tenemos en nuestras manos el destino de nuestro prójimo, y cuando las ataduras tienen que disolverse, nosotros no podemos impedirlo. Dios, sin embargo, une en la ruptura, religa en el mismo acto de la separación, concede su gracia en el juicio. No obstante, ha puesto su palabra en nuestra boca, y quiere que sea pronunciada por nosotros. Si nos guardamos su palabra, la sangre de nuestro hermano caerá sobre nosotros. Si, por el contrario, la proclamamos, Dios se servirá de nosotros para salvar a nuestro hermano. «Quien convierte a un pecador de su errado camino, salvará su alma de la muerte y cubrirá la muchedumbre de sus pecados» (Sant 5, 20).

jueves, 10 de diciembre de 2015

Dios se ha enamorado de nuestras miserias - Papa Francisco

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta
Jueves, 10 de diciembre de 2015

En la primera lectura —tomada del libro de Isaías (41,13-20)— acabamos de leer una especie de monólogo del Señor donde se comprende QUE DIOS ELIGIÓ A SU PUEBLO NO PORQUE FUESE GRANDE O PODEROSO, SINO PORQUE ERA EL MÁS PEQUEÑO DE TODOS, EL MÁS MISERABLE DE TODOS.

DIOS SE ENAMORÓ DE ESA MISERIA, SE ENAMORÓ PRECISAMENTE DE ESA PEQUEÑEZ. Y en ese monólogo de Dios con su pueblo, SE VE ESE AMOR, UN AMOR TIERNO, UN AMOR COMO EL DEL PADRE O DE LA MADRE, CUANDO HABLA CON EL HIJO QUE SE DESPIERTA DE NOCHE ASUSTADO POR UN SUEÑO. Y LO TRANQUILIZA: Te agarro de la diestra, no temas, yo mismo te auxilio (Is 41,13). Todos conocemos las caricias de los padres y de las madres cuando los niños están inquietos por un susto: NO TEMAS, YO ESTOY AQUÍ; YO ESTOY  ENAMORADO DE TU PEQUEÑEZ; ME HE ENAMORADO DE TU PEQUEÑEZ, DE TU NADA. INCLUSO: NO TEMAS POR TUS PECADOS, ¡TE QUIERO TANTO!; YO ESTOY AQUÍ PARA PERDONARTE. ESA ES LA MISERICORDIA DE DIOS.

Había un santo que hacía muchas penitencias, pero el Señor siempre le pedía más, hasta que un día le dijo que ya no le quedaba nada más que darle, y Dios le respondió: DAME TUS PECADOS.

EL SEÑOR QUIERE CARGAR SOBRE SÍ NUESTRAS DEBILIDADES, NUESTROS PECADOS, NUESTROS CANSANCIOS. Cuántas veces Jesús nos hace sentir eso y luego: VENID A MÍ TODOS LOS QUE ESTÁIS CANSADOS Y AGOBIADOS, Y YO OS ALIVIARÉ (Mt 11, 28), como leímos en el evangelio de ayer. Yo soy el Señor tu Dios que te tengo de la diestra, no temas pequeño, NO TEMAS. YO TE DARÉ FUERZA. DAME TODO Y YO TE PERDONARÉ, TE DARÉ PAZ. 

Esas son las caricias de Dios, esas son las caricias de nuestro Padre, cuando se expresa con su misericordia. Nosotros nos ponemos tan nerviosos cuando una cosa no va bien, somos impacientes… En cambio Él: Estate tranquilo; HAS METIDO LA PATA, SÍ, PERO QUÉDATE TRANQUILO; NO TEMAS, YO TE PERDONO. Eso es lo que significa lo que hemos repetido en el Salmo: El Señor es clemente y misericordioso (Sal 144).

NOSOTROS SOMOS PEQUEÑOS. ÉL NOS HA DADO TODO. SOLO NOS PIDE NUESTRAS MISERIAS, NUESTRAS PEQUEÑECES, NUESTROS PECADOS, PARA ABRAZARNOS, PARA ACARICIARNOS.

PIDAMOS AL SEÑOR QUE DESPIERTE EN CADA UNO DE NOSOTROS, y en todo el pueblo, LA FE EN ESA PATERNIDAD, EN ESA MISERICORDIA, EN SU CORAZÓN. Y que esa fe en su paternidad y en su misericordia nos haga un poco más misericordiosos con los demás.


miércoles, 30 de septiembre de 2015

-"Adán, ¿dónde estás?" - "Fue la llave de otro la que abrió mi corazón..."

Hagadot sobre el Génesis 3 - Daniel Lifschitz:


Al principio, Dios se abstuvo de hacerles reproches. Quedándose a la puerta del Paraíso, sólo pregunto: "Adán, ¿DÓNDE ESTÁS?"

...

A pesar de que el Señor conocía bien la situación de Adán, comenzó su discurso, a propósito, con una pregunta, para facilitarle a Adán el reconocimiento de su culpa.

"¿Cómo es posible un cambio tan drástico? Hace poco te comportabas según mi voluntad y ahora obedeces a la serpiente; hace poco dominabas el mundo y ahora tienes que esconderte entre los árboles del jardín".

Esto se puede comparar a la historia de un mercader, que tenía que pasar el sábado en una posada y llevaba consigo un cofre en el que conservaba todos sus haberes. No queriendo llevar consigo la llave del cofre (ya que temía profanar el sábado) decidió dejarla dentro, y llamar después de la fiesta a algún artesano para que le abriera la cerradura. El posadero, que era poco honrado y deseaba los tesoros del mercader, descubrió entre sus llaves una que abría la cerradura. Abrió el cofre y robó todo su contenido. Cuando, pasado el sábado, el artesano fue a abrir el cofre, la sorpresa del mercader fue grande al verlo vacío, con su llave dentro. "Puesto que la llave estaba dentro ¿cómo ha sido abierto el cofre?" se preguntó.

Lo mismo preguntaba el Santo, bendito sea, a Adán: "Puesto que, tal como te había creado, no conocías las pasiones, ni el deseo (pasión por el todo) del fruto del árbol de la ciencia que te había prohibido, ¿cómo es que tu corazón se ha abierto al deseo?" Y Adán respondió: "Fue la llave de otro la que abrió mi corazón"...

Dios utilizó la expresión "Dónde estás" para despertar en adán la conversión, dándoles a entender cuán bajo había caído. La palabra "ayeka" (dónde estás) se puede también puntear y leer "aika", que es un grito de dolor. Dios exclamó: "Ay de mí, ¿cómo es que has caído?". Él experimentó un gran dolor por la caída de Adán.


El Señor le preguntó: "¿Por qué, de modo tan impensado, temes mi voz?"
"Señor del Universo, respondió Adán, me he dado cuenta de que tu Shekiná se ha alejado del Paraíso. ¡Me siento desnudo, despojado del único mandamiento que me has dado, y por eso me he escondido!
Añadió el Señor: "¿Acaso tratas de esconderte en un lugar tan secreto que yo no lo descubra?"
El Señor siguió interrogando a Adán, con la esperanza de que confesase su pecado para poder perdonarle. Le preguntó: "¿Acaso has comido del árbol que te prohibí comer?"...

... Adán no confesó su culpa, sino que respondió: "La mujer que me diste como compañera, me dio del árbol y comí"

lunes, 7 de septiembre de 2015

San Agustín: "Tarde te amé"

Del libro de las Confesiones de san Agustín, obispo (Libro 7, 10. 18, 27)

"Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo tú mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste.


Entré, y vi con los ojos de mi alma, de un modo u otro, por encima de la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente, una luz inconmutable; no esta luz ordinaria y visible a cualquier hombre, por intensa y clara que fuese y que lo llenara todo con su magnitud. Se trataba de una luz completamente distinta. Ni estaba por encima de mi mente, como el aceite sobre el agua o como el cielo sobre la tierra, sino que estaba en lo más alto, ya que ella fue quien me hizo, y yo estaba en lo más bajo, porque fui hecho por ella. La conoce el que conoce la verdad.


¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad! Tú eres mi Dios, por ti suspiro día y noche. Y, cuando te conocí por vez primera, fuiste tú quien me elevó hacia ti, para hacerme ver que había algo que ver y que yo no era aún capaz de verlo. Y fortaleciste la debilidad de mi mirada irradiando con fuerza sobre mí, y me estremecí de amor y de temor; y me di cuenta de la gran distancia que me separaba de ti, por la gran desemejanza que hay entre tú y yo, como si oyera tu voz que me decía desde arriba: «Soy alimento de adultos: crece, y podrás comerme. Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí».

Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, el que está por encima de todo, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: Yo soy el camino de la verdad, y la vida, y el que mezcla aquel alimento, que yo no podía asimilar, con la carne, ya que la Palabra se hizo carne, para que, en atención a nuestro estado de infancia, se convirtiera en leche tu sabiduría por la que creaste todas las cosas.

¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!

Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste.

Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo.
Reteníanme lejos de tí aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían.

Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera;
brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera;
exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo;
gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti;
me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti."

jueves, 27 de agosto de 2015

Rahamim - Entrañas de misericordia. La com-pasión de Dios

"Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en las sombras de la muerte, para guiar nuestros pasos por el Camino del la Paz" (Lc. 1,78-79)

La Palabra Rahamin significa "Entrañas de Misericordia".

Confiar y descansar en la Misericordia de Dios significa entrar en el útero (Rehem) de Dios que tiene el poder de regenerar, a través de su Igleias y gesta cristianos.

El hombre es introducido en el útero de Dios a través del don de la conversión para que nazca una criatura nueva, como dijo Jesús a Nicodemo (Jn 3, 4)

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"María en el misterio de la cruz y la resurrección" - Meditación tomada del libro «María, Iglesia naciente» publicada por Joseph Ratzinger en el libro que escribió junto al teólogo Hans Urs von Balthasar con el título «María, Iglesia naciente», páginas 57-60:

«Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción --¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!--» (Lucas, 2, 34).

La espada atravesará su corazón: esto hace referencia a la pasión del Hijo, que se convertirá también en pasión de la Madre. Dicha pasión comienza ya con su siguiente visita al Templo:
- María debe aceptar la precedencia del auténtico Padre y de su casa, del Templo;
- Debe aprender a dejar libre a aquel al que dio a luz.
- Debe llevar hasta el final el sí a la voluntad de Dios que la hizo llegar a ser madre:
- Retirarse y ponerlo en libertad para su misión.


En los rechazos de la vida pública y en esta retirada se da un paso importante que se consumará en la cruz con la palabra «Ahí tienes a tu hijo»: desde ese momento, su hijo ya no es Jesús, sino el discípulo.


La aceptación y la disponibilidad es el primer paso que se exige de ella;

El dejar y el dar libertad es el segundo.

Sólo así se hace completa su maternidad: el «Dichoso el seno que te llevó» sólo se hace verdad donde forma parte de la otra bienaventuranza. «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan» (Lucas 11,27s.). Así, María está preparada para el misterio de la cruz, que no termina simplemente en el Gólgota. Su Hijo sigue siendo signo de contradicción, y así ella sigue sumergida en el dolor de dicha contradicción, el dolor de la maternidad mesiánica.

Especialmente querida para la piedad cristiana se ha hecho precisamente la imagen de la Madre sufriente, convertida totalmente en com-pasión, con el Hijo muerto sobre el regazo.

En la Madre que com-padece han encontrado los dolientes de todos los tiempos el reflejo más puro de esa com-pasión divina que es el único consuelo verdadero. Pues todo dolor, todo padecer es, en su esencia última, aislamiento, pérdida del amor, dicha destrozada de quien ya no es aceptado. Sólo el «com-» puede curar el dolor.


En Bernardo de Claraval se encuentra esta palabra maravillosa: Dios no puede padecer, pero puede com-padecer (1). Bernardo pone con ello cierto punto final a la disputa de los Padres acerca de la novedad del concepto cristiano de Dios. Para el pensamiento antiguo, a la esencia de Dios pertenecía la impasibilidad de la pura razón. A los Padres les resultaba difícil rechazar esta idea y concebir «pasión» alguna en Dios, pero por la Biblia veían, perfectamente, no obstante, que la «revelación de la Biblia» «hace estremecer... [todo] lo que el mundo había pensado sobre Dios». Veían que en Dios hay una pasión muy íntima, que incluso es su genuina esencia: el amor. Y porque ama, el padecimiento no le es ajeno en la forma de com-pasión. «En su amor al hombre, el Impasible ha sufrido la com-pasión misericordiosa», escribe Orígenes a este respecto (2).


Se podría decir que la cruz de Cristo es la com-pasión de Dios por el mundo.


En el Antiguo Testamento hebreo, el com-padecer de Dios al hombre no se expresa con un término del ámbito psicológico, sino que, como corresponde a la modalidad concreta del pensamiento semítico, se designa con un vocablo que en su significado básico denota un órgano corporal, a saber «rahamim», que en singular significa el claustro o seno materno. Lo mismo que «corazón» equivale a sentimiento, y «lomos» y «riñones», a deseo y a dolor, así el seno materno se convierte en la palabra que denota la solidaridad con otro, en referencia muy honda a la facultad del ser humano de existir para otro, de asumirlo en sí mismo, de soportarlo y, soportándolo, darle la vida. El Antiguo Testamento nos dice, con una palabra del lenguaje del cuerpo, cómo Dios nos contiene en sí nos lleva en sí con un amor que com-padece (3).

Las lenguas en las que el Evangelio entró con su paso al mundo pagano no conocían tales formas de expresión. Pero la imagen de la Pietà, la Madre que padece por el Hijo muerto, se convirtió en la traducción viva de esta palabra: en ella queda patente el padecer materno de Dios. En ella se ha hecho visible, tangible. Ella es la «compassio» de Dios, representada en un ser humano que se ha dejado implicar plenamente en el misterio de Dios. Pero, puesto que la vida humana es en todos los tiempos padecer, la imagen de la Madre que padece, la imagen de los «rahamim» de Dios, ha llegado a ser muy importante para la cristiandad. Sólo en ella llega a su término la imagen de la cruz, porque ella es la cruz asumida, que se comparte en el amor, la que nos permite ahora experimentar en su com-pasión la com-pasión de Dios.

Así, el dolor de la Madre es dolor pascual que ya manifiesta la transformación de la muerte en la solidaridad redentora del amor. Con ello, sólo en apariencia nos hemos alejado mucho del «Alégrate» con el que comienza la historia de María. Pues la alegría que le es anunciada no es la alegría banal que se concreta en el olvido de los abismos de nuestro ser, y por eso está condenada a caer en el vacío. Es la verdadera alegría, que nos hace arriesgarnos al éxodo del amor hasta el interior de la ardiente santidad de Dios. Es esa verdadera alegría que con el dolor no se destruye, sino que llega a su madurez. Sólo la alegría que se mantiene firme ante el dolor y es más fuerte que el dolor, es la verdadera alegría.

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(1) «In Cant.», s. 26, n. 5, PL 183, 906: «impassibilis est Deus, sed non incompassibilis». Cf. H. de Lubac, «Geist aus der Geschichte. Das Schriftverständnis des Origenes, Einsiedeln 1968 (original francés 1950), p. 285. Todo el capítulo «Ver Gott des Origenes», pp. 269-289, es importante para esta cuestión. H. U. von Balthasar ha tratado repetidas veces el tema contiguo a éste del «dolor de Dios», por última vez en: ID 5, «El último acto», Madrid 1997, pp. 210-243).

(2) H. de Lubac, op. cit., p. 286.

(3) Sobre esto es importante la gran nota 52 de la encíclica de Juan Pablo II «Dives in misericordia» (Sobre la misericordia divina); Cf. también la nota 61.
(02 de mayo de 2005) © Innovative Media Inc.

viernes, 14 de agosto de 2015

"Dios no se cansa de perdonar. Somos nosotros quienes nos cansamos de pedir perdón"


«Dios ha reconciliado consigo el mundo en Cristo y nos confió a nosotros el mensaje de reconciliación» (cf. 2 Corintios 5, 19): Es hermoso este trabajo de Dios: Reconciliar.

Dios nos encomienda también a nosotros esta tarea, es decir, realizar la reconciliación, reconciliar siempre.

El cristiano es hombre y mujer de reconciliación, no de división. El padre de la división es el diablo.

Hemos escuchado en la primera lectura (Hb 8, 6-13), esa promesa tan hermosa: “Yo haré una nueva alianza”. Es una cuestión tan decisiva que cinco veces en este pasaje se habla de la alianza. En efecto, es Dios quien reconcilia, estableciendo una nueva relación con nosotros, una nueva alianza. Y por ello envía a Jesús; el Dios que reconcilia es el Dios que perdona.

Este pasaje termina con esa hermosa promesa: “Ya no recordaré sus pecados”; Es el Dios que perdona, que reconcilia. Sella la nueva alianza y perdona.


Pero, ¿Cómo perdona? Ante todo, Dios perdona siempre. No se cansa de perdonar. Somos nosotros quienes nos cansamos de pedir perdón. Pero Él no se cansa de perdonar.


Cuando Pedro preguntó a Jesús: "¿cuántas veces tengo que perdonar?, ¿siete veces?", la respuesta recibida fue elocuente: "No siete veces sino setenta veces siete" (cf. Mateo 18, 21-22).

Es decir, siempre, porque precisamente así perdona Dios: siempre.


Si tú has vivido una vida con muchos pecados, muchas cosas malas, pero al final, arrepentido, pides perdón, te perdona inmediatamente. 

En cambio nosotros no tenemos esta certeza en el corazón y muchas veces dudamos si Dios perdonará.




En realidad sólo hay que arrepentirse y pedir perdón: ¡nada más! ¡No hay que pagar nada! Cristo pagó por nosotros y Él perdona siempre.

Otra cosa importante es que Dios no sólo perdona siempre, sino también que perdona todo: no existe pecado que Él no perdone.

Tal vez alguien podría decir: 'Yo no voy a confesarme porque he hecho muchas cosas malas, muchas de esas cosas, por lo que no tendré perdón...'. En cambio, esto no es verdad. Si tú vas arrepentido, Dios lo perdona todo.

Y Muchas veces no te deja hablar: tú comienzas a pedir perdón y Él te hace sentir la alegría del perdón antes de que tú hayas acabado de decir todo.



Como sucedió con ese hijo que, tras haber malgastado todo el dinero de la herencia con una vida inmoral, luego se arrepintió y preparó el discurso para presentarse ante su padre. Cuando llegó el padre no lo dejó hablar, lo abrazó: porque él perdona todo. Lo abrazó.


Luego hay otra cosaque hace Dios cuando perdona: hace fiesta.

Y esta no es una imagen, lo dice Jesús: “Habrá fiesta en el cielo cuando un pecador vaya al Padre”. 

Así cuando nosotros sentimos nuestro corazón apesadumbrado por los pecados, podemos decir: 'vayamos al Señor a darle alegría para que me perdone y haga fiesta'. Dios actúa así: hace fiesta siempre porque reconcilia.

Las palabras de la Carta a los Hebreos sugieren algo hermoso sobre el modo de perdonar de Dios: Dios olvida.

Con otras palabras de la Escritura dice también: «Tus pecados los arrojaré al mar y si son rojos como la sangre, llegarán a ser blancos como un corderillo» (cf. Miqueas 7, 19; Isaías 1, 18). 

Dios, por lo tanto, se olvida. Y así, si alguno de nosotros va al Señor y dice: '¿Te acuerdas, yo ese año hice aquella cosa mala?' Él responde: 'No, no, no. No recuerdo'. Porque una vez que Él perdona no recuerda, olvida. Mientras que nosotros muchas veces con los demás llevamos una “cuenta corriente”: este una vez hizo esto, una vez hizo esto otro..."
En cambio, Dios, no: perdona y olvida.

Si Él olvida, ¿quién soy yo para recordar los pecados de los demás?

El Padre, sin embargo, olvida, perdona siempre, perdona todo, hace fiesta cuando perdona y olvida, porque quiere reconciliar, quiere encontrarse con nosotros.

Cuando uno de nosotros va a confesar, siempre tiene que pensar:
¿estoy dispuesto a perdonar todo?
¿Estoy dispuesto a perdonar siempre?
¿Estoy dispuesto a alegrarme y hacer fiesta?
¿Estoy dispuesto a olvidar los pecados de esa persona?

Si tú no estás dispuesto, mejor que ese día no vayas al confesonario: que vaya otro, porque tú no tienes el corazón de Dios para perdonar.

En la confesión, es verdad, existe un juicio, porque el sacerdote juzga diciendo "has hecho mal en esto, has hecho…" Sin embargo, es más que un juicio: es un encuentro, un encuentro con el Dios bueno que siempre perdona todo, que hace fiesta cuando perdona y que olvida tus pecados.

Nosotros sacerdotes debemos tener esta actitud: hacer encontrar. En cambio, muchas veces las confesiones parecen un trámite, una formalidad, donde todo parece mecánico, pero ¿dónde está el encuentro con el Señor que reconcilia, te abraza y hace fiesta? Este es nuestro Dios, tan bueno.

Es importante enseñar a confesarse bien, de modo que aprendan nuestros niños, nuestros jóvenes, y recuerden que ir a confesarse no es ir a la tintorería para que te quiten una mancha: confesarse es ir al encuentro del Padre que reconcilia, que perdona y que hace fiesta.

Pensemos en esta alianza que el Señor hace cada vez que pedimos perdón y en nuestro Padre que siempre reconcilia: el Dios reconcilió consigo al mundo en Cristo, confiando a nosotros la palabra de la reconciliación.  Que el Señor nos dé la gracia de estar contentos hoy por tener un Padre que perdona siempre, que perdona todo, que hace fiesta cuando perdona y que se olvida de nuestra historia de pecado.              

viernes, 7 de agosto de 2015

"El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga"

fragmentos de la catequeis de San Juan Pablo II, del miércoles 6 de septiembre del año 2000


El encuentro con Cristo cambia radicalmente la vida de una persona,

la impulsa a la metánoia o conversión profunda de la mente y del corazón,
y establece una comunión de vida que se transforma en seguimiento.

En los evangelios el seguimiento se expresa con dos actitudes: 
- la primera consiste en "acompañar" a Cristo (akoloutheîn);
- la segunda, en "caminar detrás" de él, que guía, siguiendo sus huellas y su dirección (érchesthai opíso). Así, nace la figura del discípulo.

Las condiciones para recorrer el mismo camino de Jesús son pocas pero fundamentales. 

Es necesario dejar atrás el pasado,
cortar con él de modo determinante y realizar una metánoia en el sentido profundo del término:
un cambio de mentalidad y de vida.

El seguimiento se expresa de modo especial en el discípulo amado, que entra en intimidad  con Cristo, de quien recibe como don a su Madre y a quien reconoce una vez resucitado.

La meta última del seguimiento es la gloria. 

El camino consiste en la "imitación  de Cristo", que vivió en el amor y murió por amor en la cruz.

El discípulo debe, de entrar en Cristo con todo su ser,  "apropiarse" y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo.

Cristo debe entrar en su yo para liberarlo del egoísmo y del orgullo, 
como dice a este propósito san Ambrosio: 
"Que Cristo entre en tu alma y Jesús habite en tus pensamientos,
para cerrar todos los espacios al pecado en la tienda sagrada de la virtud"
(Comentario al Salmo 118, 26).

La cruz, signo de amor y de entrega total, es el emblema del discípulo llamado a configurarse con Cristo glorioso.