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martes, 30 de mayo de 2017

El Juicio mata la comunidad - Homilía del Papa Francisco

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta - 13/02/2017


La lectura del Génesis nos habla de Caín y Abel (Gn 4,1-15.25). Por primera vez en la Biblia se dice la palabra hermano. Es la historia de una fraternidad que debería crecer y ser hermosa, pero que acaba destruida.

Una historia que comienza con pequeños celos.

Caín está molesto porque su sacrificio no agrada a Dios y empieza a cultivar ese enfado por dentro.

Podría controlarlo, pero no lo hace.

Caín prefirió el instinto, prefirió cocinar dentro de sí ese sentimiento, agrandarlo, dejarlo crecer. El pecado que cometerá después, ya está agazapado detrás de ese sentimiento. Y crece, crece. Así crecen las enemistades entre nosotros: comienzan con una cosa pequeña, unos celos, una envidia, pero luego crece y vemos la vida solo desde ese punto y aquella mota se convierte para nosotros en una viga, ¡pero la viga la tenemos nosotros! Y nuestra vida gira en torno a eso, y acaba destruyendo el vínculo de fraternidad.

Poco a poco nos vamos obsesionando, nos acosa ese mal, que crece cada vez más. Crece y crece la enemistad, y acaba mal. Siempre.

Me distancio de mi hermano: ese ya no es mi hermano, es un enemigo, hay que destruirlo, expulsarlo…, y así las enemistades destruyen a la gente, destruyen familias, pueblos, todo. Ese “comerse el coco”, siempre obsesionado con eso. Esto le pasó a Caín, y al final eliminó a su hermano.

No: ya no hay hermano: sólo yo. No hay comunidad: sólo yo.

Esto que pasó al comienzo, nos puede pasar a todos; por eso, el proceso hay que parado en seguida, al principio, a la primera amargura. La amargura no es cristiana. El dolor sí, la amargura no. El resentimiento no es cristiano. El dolor sí, el resentimiento no.

Cuántas enemistades, cuántas divisiones. También en nuestros presbiterios, en nuestros colegios episcopales, ¡cuántas divisiones comienzan así! Pero, ¿por qué a ese le han dado ese cargo y no a mí? ¿Y por qué a ese?… Cosas pequeñas, divisiones que destruyen la comunidad.

Dios pregunta: “¿Dóndes está Abel, tu hermano?”.
La respuesta de Caín es irónica: “No sé; ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?”. ¡Sí, tú eres el guardián de tu hermano!

Y el Señor le dice: “La sangre de tu hermano me está gritando desde el suelo”. Cada uno –yo también– puede decir que nunca ha matado a nadie. Pero si tienes un sentimiento malo hacia tu hermano, ¡ya lo has matado!; si insultas a tu hermano, ¡lo has matado en tu corazón!

Matar es un proceso que empieza con lo pequeño...  Todo empieza con ese sentimiento que te lleva a distanciarte, a decir al otro: Ese es fulano, ese es así, pero no es hermano…, y acaba en la guerra que mata. ¡Pero tú ya mataste al principio! Es el proceso de la sangre, y hoy la sangre de tanta gente del mundo grita a Dios desde el suelo. Y todo está unido: esa sangre –quizá una gotita de sangre–, con mi envidia, mis celos, yo la he hecho salir, cuando destruí la fraternidad.

Que el Señor nos ayude hoy a repetir estas palabras suyas: ¿Dónde está tu hermano? Que nos ayude el Señor a pensar en los que destruimos con la lengua.

martes, 11 de octubre de 2016

"Quita las tentaciones y nadie se salva" - San Antonio del desierto

Un día el santo Padre Antonio, mientras estaba sentado en el desierto, fue presa del desaliento y de densa tiniebla de pensamientos. Y decía a Dios : “Oh Señor!. Yo quiero salvarme, pero los pensamientos me lo impiden. ¿Qué puedo hacer en mi aflicción?” Entonces, asomándose un poco, Antonio ve a otro como él, que está sentado y trabaja, después interrumpe el trabajo, se pone en pie y ora, después se sienta de nuevo y se pone a trenzar cuerdas, y después se levanta de nuevo y ora. Era un ángel del Señor, enviado para corregir a Antonio y darle fuerza. Y oyó al Angel que decía: “Haz así y serás salvo”. Al oir aquellas palabras, cobró gran alegría y aliento: así hizo y se salvó.

Dijo Antonio: “Nadie, si no es tentado, puede entrar en el Reino de los Cielos; de hecho, quita las tentaciones, y nadie se salva”. (Apo. 5)

"Quita las tentaciones y nadie será santo, ya que el que huye de la tentación provechosa rehuye la vida eterna" (N 595)

"Cuando pedimos al Señor: 'No nos dejes caer en la tentación' (Mt 6,13), no pedimos que no seamos tentados, pues sería imposible, sino que no seamos engullidos por la tentación, y hagamos algo que desagrada a Dios. Eso quiere decir no caer en tentación" (Apo. 1159)

"Sin tentación no podríamos apreciar el cuidado de Dios por nosotros, no se podría conseguir la confianza en él, no se podría aprender la sabiduría de Dios, y el amor de Dios no estaría enraizado en el alma.  Antes de las tentaciones, el hombre pide a Dios como un extraño.  Pero cuando ha resistido a la tentación sin dejarse vencer por ella, entonces Dios le mira como uno que le ha hecho un préstamo y está dispuesto a percibir los intereses; como a un amigo, que, para complacerle, ha luchado contra el poder del enemigo" (Isaac de Nínive 329)

"El abad Poimén contaba del anciano padre Juan Colobos que le pidió a Dios que le quitase las pasiones.  Así fue, y él estaba muy contento.  Siguió adelante y se lo contó a un anciano: 'Veo que estoy tranquilo, que no tengo ya ninguna tentación'.  El anciano le dijo: 'Vete y pide a Dios que te dé algún enemigo.  Entonces se te volverá a dar también el antiguo arrepentimiento y la humildad que tenías antes, pues precisamente en la tentación es cuando progresa el alma'. Él lo hizo y, cuando vino el enemigo, no pidió ya a Dios que le librase de él, sino que decía: 'Dame aguante, Señor, en la lucha' (Apo, 328)

“Si el árbol no es sacudido por el viento, no crece ni echa raíces. Lo mismo ocurre con el monje: si no es tentado y soporta las tentaciones, no se hace hombre.” (N 396)

martes, 4 de octubre de 2016

Cántico de las criaturas - San Francisco de Asís

CÁNTICO DE LAS CRIATURAS
San Francisco de Asís


1Altísimo, omnipotente, buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.

2A ti solo, Altísimo, corresponden,
y ningún hombre es digno de hacer de ti mención.

3Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,
especialmente el señor hermano sol,
el cual es día, y por el cual nos alumbras.

4Y él es bello y radiante con gran esplendor,
de ti, Altísimo, lleva significación.

5Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las has formado luminosas y preciosas y bellas.

6Loado seas, mi Señor, por el hermano viento,
y por el aire y el nublado y el sereno y todo tiempo,
por el cual a tus criaturas das sustento.

7Loado seas, mi Señor, por la hermana agua,
la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta.

8Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual alumbras la noche,
y él es bello y alegre y robusto y fuerte.

9Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra,
la cual nos sustenta y gobierna,
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba.

10Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor,
y soportan enfermedad y tribulación.

11Bienaventurados aquellos que las soporten en paz,
porque por ti, Altísimo, coronados serán.

12Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.

13¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!:
bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad,
porque la muerte segunda no les hará mal.

14Load y bendecid a mi Señor,
y dadle gracias y servidle con gran humildad.

lunes, 29 de agosto de 2016

San Juan Bautista: "La vida cristiana exige el «martirio»" (Benedicto XVI)

"...Juan Bautista comienza su predicación bajo el emperador Tiberio, en los años 27-28 d.C., y a la gente que se reúne para escucharlo la invita abiertamente a preparar el camino para acoger al Señor, a enderezar los caminos desviados de la propia vida a través de una conversión radical del corazón (cf. Lc 3, 4).

Pero el Bautista no se limita a predicar la penitencia, la conversión,

sino que, reconociendo a Jesús como «el Cordero de Dios» que vino a quitar el pecado del mundo (Jn 1, 29), tiene la profunda humildad de

mostrar en Jesús al verdadero Enviado de Dios, poniéndose a un lado para que Cristo pueda crecer, ser escuchado y seguido.

Como último acto, el Bautista testimonia con la sangre su fidelidad a los mandamientos de Dios, sin ceder o retroceder, cumpliendo su misión hasta las últimas consecuencias.

San Beda, monje del siglo IX, en sus Homilías dice así:

«San Juan dio su vida por Cristo, aunque no se le ordenó negar a Jesucristo; sólo se le ordenó callar la verdad» (cf. Hom. 23: CCL122, 354).

Así, al no callar la verdad, murió por Cristo, que es la Verdad.

Precisamente por el amor a la verdad no admitió componendas y no tuvo miedo de dirigir palabras fuertes a quien había perdido el camino de Dios.

...¿de dónde nace esta vida, esta interioridad tan fuerte, tan recta, tan coherente, entregada de modo tan total por Dios y para preparar el camino a Jesús? La respuesta es sencilla: de la relación con Dios, de la oración, que es el hilo conductor de toda su existencia...

Toda la vida del Precursor de Jesús está alimentada por la relación con Dios, en especial el período transcurrido en regiones desiertas (cf. Lc 1, 80); las regiones desiertas que son lugar de tentación, pero también lugar donde el hombre siente su propia pobreza porque se ve privado de apoyos y seguridades materiales, y comprende que el único punto de referencia firme es Dios mismo.

Pero Juan Bautista no es sólo hombre de oración, de contacto permanente con Dios, sino también una guía en esta relación. El evangelista san Lucas, al referir la oración que Jesús enseña a los discípulos, el «Padrenuestro», señala que los discípulos formulan la petición con estas palabras: «Señor enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos» (cf. Lc 11, 1).

Queridos hermanos y hermanas, celebrar el martirio de san Juan Bautista nos recuerda también a nosotros, cristianos de nuestro tiempo, que el amor a Cristo, a su Palabra, a la Verdad, no admite componendas.
La Verdad es Verdad, no hay componendas.
La vida cristiana exige, por decirlo así, el «martirio» de la fidelidad cotidiana al Evangelio, es decir, la valentía de dejar que Cristo crezca en nosotros, que sea Cristo quien oriente nuestro pensamiento y nuestras acciones.
Pero esto sólo puede tener lugar en nuestra vida si es sólida la relación con Dios. La oración no es tiempo perdido, no es robar espacio a las actividades, incluso a las actividades apostólicas, sino que es exactamente lo contrario: sólo si somos capaces de tener una vida de oración fiel, constante, confiada, será Dios mismo quien nos dará la capacidad y la fuerza para vivir de un modo feliz y sereno, para superar las dificultades y dar testimonio de él con valentía.
Que san Juan Bautista interceda por nosotros, a fin de que sepamos conservar siempre el primado de Dios en nuestra vida."

martes, 14 de junio de 2016

"Superbia abscondita Luxuria manifesta" San Agustín

"Audi Filia - Cap 12 - Humildad, principio de castidad" - San Juan de Ávila:


"Y este mal de soberbia es tan malo de conocer, y por eso mucho de temer, que algunas veces lo tiene el hombre metido tan en lo secreto de su corazón que él mismo no lo entiende.


Testigo es de esto san Pedro (cf. Jn 13,36-38; Mc 14,29-31), y otros muchos, que estando agradados y confiados de sí pensaban que lo estaban de Dios; el cual, con su infinita sabiduría, ve la enfermedad de ellos, y con su misericordia, junta con su justicia, los cura y sana, con darles a entender, aunque a costa suya, que estaban mal agradados y mal confiados de sí mismos, pues se ven tan miserablemente caídos. Y aunque la caída es costosa, no es tan peligrosa como el secreto mal de soberbia en que estaban; porque no le entendiendo, no le buscaran remedio, y así se perdieran; y entendiendo su mal con la caída, y humillados delante la misericordia de Dios, alcanzan remedio de él para entrambos males. 

Y por esto dijo san Augustín que «corrige Dios la secreta soberbia con manifiesta lujuria», porque el segundo mal (lujuria) es manifiesto a quien lo comete, y por allí viene a entender el otro mal (soberbia) que secreto tenía".


viernes, 21 de agosto de 2015

La Avaricia - Evagrio Póntico


La avaricia es la raíz de todos los males y nutre como malignos arbustos a las demás pasiones y no permite que se sequen aquellas que florecen de ésta.

Quien desea hacer retroceder a las pasiones, que extirpe la raíz; si efectivamente podas para el bien las ramas pero la avaricia permanece, no te servirá de nada, porque éstas, a pesar de que se hayan reducido, rápidamente florecen.



El monje rico
es como una nave demasiado cargada que es hundida por el ímpetu de una tempestad: tal como una nave que deja entrar el agua es puesta a prueba por cada ola, así el rico se ve sumergido por las preocupaciones.

El monje que no posee nada
es en cambio un viajero ágil que encuentra refugio en todos lados.
Es como el águila que vuela por lo alto y que baja a buscar su alimento cuando lo necesita.
Está por encima de cualquier prueba, se ríe del presente y se eleva a las alturas alejándose de las cosas terrenas y juntándose a las celestes: tiene efectivamente alas ligeras, jamás apesadumbradas por las preocupaciones.
Sobrepasa la opresión y deja el lugar sin dolor;
la muerte llega y se va con ánimo sereno: el alma, en efecto, no ha estado amarrada por ningún tipo de atadura.

Quien en cambio mucho posee se somete a las preocupaciones y, como el perro, está amarrado a la cadena, y, si es obligado a irse, se lleva consigo, como un grave peso y una inútil aflicción, los recuerdos de sus riquezas, es vencido por la tristeza y, cuando lo piensa, sufre mucho, ha perdido las riquezas y se atormenta en el desaliento.

Y si llega la muerte abandona miserablemente sus tenencias, entrega el alma, mientras el ojo no abandona los negocios; de mala gana es arrastrado como un esclavo fugitivo, se separa del cuerpo y no se separa de sus intereses: porque la pasión lo aferra más que lo que lo arrastra.

El mar jamás se llena del todo a pesar de recibir la gran masa de agua de los ríos, de la misma manera el deseo de riquezas del avaro jamás se sacia, él las duplica e inmediatamente desea cuadruplicarlas y no cesa jamás esta multiplicación, hasta que la muerte no pone fin a tal interminable premura.

El monje juicioso tendrá cuidado de las necesidades del cuerpo y proveerá con pan y agua el estómago indigente, no adulará a los ricos por el placer del vientre, ni someterá su mente libre a muchos amos: en efecto, las manos son siempre suficientes para satisfacer las necesidades naturales.

El monje que no posee nada es un púgil que no puede ser golpeado de lleno y un atleta veloz que alcanza rápidamente el premio de la invitación celeste.

El monje rico se regocija en las muchas rentas,
mientras que el que no tiene nada se goza con los premios que le vienen de las cosas bien obtenidas.

El monje avaro trabaja duramente mientras que el que no posee nada usa el tiempo para la oración y la lectura.

El monje avaro llena de oro los agujeros, mientras que el que nada posee atesora en el cielo.

Sea maldito aquel que forja el ídolo y lo esconde, al igual que aquel que es afecto a la avaricia: el primero en efecto se postra frente a lo falso e inútil, el otro lleva en sí la imagen[del objeto que lo domina] de la riqueza, como un simulacro.

viernes, 24 de julio de 2015

La Gula - Evagrio Póntico

El origen del fruto es la flor y el origen de la vida activa[conformación con el Señor Jesús] es la templanza[dominio de sí]; quien domina el propio estómago hace disminuir las pasiones, al contrario, quien es subyugado por la comida incrementa los placeres.


Como Amalec es el origen de los pueblos, así la gula lo es de las pasiones. Como la leña es alimento del fuego así la comida es alimento del estómago. La mucha leña alienta una gran llama y la abundancia de comida nutre la concupiscencia. La llama se extingue cuando hay menos leña y la penuria en la comida apaga la concupiscencia.

Aquel que tiene dominio sobre la mandíbula desbarata a los extranjeros y disuelve fácilmente las ataduras de sus manos. De la mandíbula arrojada fuera brota una fuente de agua y la liberación de la gula genera la práctica de la contemplación.

El palo de la tienda, irrumpiendo, mató la mandíbula enemiga y la sabiduría de la templanza mata la pasión.

El deseo de comida engendra desobediencia y una deleitosa degustación arroja del paraíso. Sacian la garganta las comidas fastuosas y nutren el gusano de la intemperancia que nunca duerme.


Un vientre indigente prepara para una oración vigilante, al contrario un vientre bien lleno invita a un sueño largo.

Una mente sobria se alcanza con una dieta muy magra, mientras que una vida llena de delicadezas arroja la mente al abismo.

La oración del ayunante es como el pollito que vuela más alto que un águila mientras que la del glotón está envuelta en las tinieblas. La nube esconde los rayos del sol y la digestión pesada de los alimentos ofusca la mente.

Un espejo sucio no refleja claramente la forma que se le pone al frente y el intelecto, obtuso por la saciedad, no acoge el conocimiento de Dios.

Una tierra sin cultivar genera espinas y de una mente corrompida por la gula germinan pensamientos malignos.

Como el fango no puede emanar fragancia tampoco en el goloso sentimos el suave perfume de la contemplación.

El ojo del goloso escruta con curiosidad los banquetes, mientras que la mirada del temperante observa las enseñanzas de los sabios.

El alma del goloso enumera los recuerdos de los mártires, mientras que la del temperante imita su ejemplo.

El soldado bellaco retiembla al son de la trompeta que pre-anuncia la batalla, igualmente tiembla el goloso a los llamados de la templanza.

El monje goloso, sometido a las exigencias de su vientre, exige su tributo cotidiano. El caminante que camina con ahínco alcanzará pronto la ciudad y el monje glotón no llegará a la casa de la paz interior.

El húmedo vapor del sahumerio perfuma el aire, como la oración del temperante deleita el olfato divino.

Si te abandonas al deseo de la comida ya nada te bastará para satisfacer tu placer: el deseo de la comida, en efecto, es como el fuego que siempre envuelve y siempre se inflama. Una medida suficiente llena el vaso, mientras un vientre desfondado jamás dirá ¡basta!". La extensión de las manos puso en fuga a Amalec y una vida activa elevada somete las pasiones carnales.


Extermina todo lo que sea inspirado por los vicios y mortifica fuertemente tu carne. Que de cualquier manera, en efecto, sea matado el enemigo, éste no te producirá más miedo, así un cuerpo mortificado no perturbará al alma. Un cadáver no nota el dolor del fuego y menos aún el temperante siente el placer del deseo extinguido.

Si matas a un egipcio[demonio feroz], escóndelo bajo la arena, y no engordes el cuerpo por una pasión vencida: así como en la tierra engordada germina lo que está escondido, así en el cuerpo gordo revive la pasión.

La llama que languidece se re-enciende si se le agrega leña seca y el placer que se va atenuando revive con la saciedad de la comida; no compadezcas el cuerpo que se lamenta por la carestía y no lo halagues con comidas suntuosas: si en efecto lo refuerzas se te volverá en contra llevándote a una guerra sin tregua, hasta que esclavice tu alma y te haga siervo de la lujuria.

El cuerpo indigente es como una caballo dócil que jamás desensillará al caballero: éste, en efecto, dominado por el freno, se somete y obedece a la mano de quien sujeta las riendas, mientras el cuerpo, domado por el hambre y las vigilias, no reacciona por un pensamiento malo que lo cabalga, ni relincha excitado por el ímpetu de las pasiones.

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jueves, 16 de julio de 2015

La Soberbia - San Juan Crisóstomo

"La reina de todos los males es la soberbia:
hace que no nos conozcamos y, 
después de mucho trabajar,
nos roba los tesoros de virtud que pudiéramos haber adquirido.

La negligencia nos acarrea infinitos males...
...pero la soberbia
los engendra aun en las buenas obras."

San Juan Crisóstomo




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