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jueves, 28 de noviembre de 2019

"Si somos ovejas, vencemos... si nos convertimos en lobos, somos vencidos" (San Juan Crisóstomo)

San Juan Crisóstomo
Homilías sobre el evangelio de san Mateo 33,1.2

Mientras somos ovejas, vencemos y superamos a los lobos, aunque nos rodeen en gran número; pero, si nos convertimos en lobos, entonces somos vencidos, porque nos vemos privados de la protección del Pastor. Este, en efecto, no pastorea lobos, sino ovejas, y, por esto, te abandona y se aparta entonces de ti, porque no le dejas mostrar su poder. 

Es como si dijera: «No os alteréis por el hecho de que os envío en medio de lobos y, al mismo tiempo, os mando que seáis como ovejas y como palomas. Hubiera podido hacer que fuera al revés y enviaros de modo que no tuvierais que sufrir mal alguno ni enfrentaros como ovejas ante lobos, podía haberos hecho más temibles que leones; pero eso no era lo conveniente, porque así vosotros hubierais perdido prestigio y yo la ocasión de manifestar mi poder. 

Es lo mismo que decía a Pablo: Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad (2 Cor 12, 9). Así es como yo he determinado que fuera». 

Al decir: Os mando como ovejas, dice implícitamente: «No desmayéis: yo sé muy bien que de este modo sois invencibles». 

Pero, además, para que pusieran también ellos algo de su parte y no pensaran que todo había de ser pura gracia y que habían de ser coronados sin mérito propio, añade: Por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas (Mt 10, 16). 

«Mas, ¿de qué servirá nuestra sagacidad -es como si dijesen- en medio de tantos peligros? ¿Cómo podremos ser sagaces en medio de tantos embates? 
Por mucha que sea la sagacidad de la oveja, ¿de qué le aprovechará cuando se halle en medio de los lobos, y en tan gran número? Por mucha que sea la sencillez de la paloma, ¿de qué le servirá, acosada por tantos gavilanes?» Ciertamente, la sagacidad y la sencillez no sirven para nada a estos animales irracionales, pero a vosotros os sirven de mucho. 

Pero veamos cuál es la sagacidad que exige aquí el Señor. 

«Como serpientes - dice-. Así como a la serpiente no le importa perderlo todo, aunque sea seccionado su cuerpo, con tal que conserve la cabeza, así también tú -dice- debes estar dispuesto a perderlo todo, tu dinero, tu cuerpo y aun la misma vida, con tal que conserves la fe. 

La fe es la cabeza y la raíz; si la conservas, aunque pierdas todo lo demás, lo recuperarás luego con creces». 

Así, pues, no te manda que seas sólo sencillo ni sólo sagaz, sino ambas cosas a la vez, porque en ello consiste la verdadera virtud. 
La sagacidad de la serpiente te hará invulnerable a los golpes mortales;
la sencillez de la paloma frenará tus impulsos de venganza contra los que te dañan o te ponen asechanzas, pues, sin esto, en nada aprovecha la sagacidad.
Nadie piense que estos mandatos son imposibles de cumplir. El Señor conoce más que nadie la naturaleza de las cosas: él sabe que la violencia no se vence con la violencia, sino con la mansedumbre.

viernes, 23 de junio de 2017

La importancia de orar rompiendo la noche - Isaac el Sirio

Isaac el Sirio (siglo VII), Sermones ascéticos



"La oración hecha durante la noche tiene un gran poder, mayor que la que se hace durante el día. Es por eso que todos los santos han tenido la costumbre de orar de noche, combatiendo el amodorramiento del cuerpo y la dulzura del sueño, sobreponiéndose a su naturaleza corporal. 


El mismo profeta decía: «Estoy agotado de gemir: de noche lloro sobre el lecho, riego mi cama con lágrimas» (Sal 6,7) mientras suspiraba desde lo hondo de su corazón con una plegaria apasionada.

Y en otra parte dice: «Me levanto a medianoche a darte gracias por tus justos juicios.» (Sal 118, 62). Por cada una de las peticiones que los santos querían dirigir a Dios con fuerza, se armaban con la oración durante la noche y así recibían lo que pedían.

El mismo Satanás nada teme tanto como la oración que se hace durante las vigilias. Aunque estén acompañadas de distracciones, no dejan de dar fruto, a no ser que se pida lo que no es conveniente. Por eso entabla severos combates contra los que velan para hacerles desdecir, tanto como sea posible, de esta práctica, sobre todo si se mantienen perseverantes. Pero los que se ven fortificados contra estas astucias perniciosas y han saboreado los dones de Dios concedidos durante las vigilias, y han experimentado personalmente la grandeza de la ayuda que Dios les concede, le desprecian enteramente a él (Satanás) y a todas sus estratagemas."

"Velad y orad, para que no caigáis en tentación;
que el espíritu está pronto, pero la carne es débil
" (Mt 26, 41)



martes, 6 de junio de 2017

Sobre la falsa Paz - La palabra del hermano pone de manifiesto el pus que hay en tu corazón - San Doroteo, abad

de las Instrucciones de san Doroteo, abad.
(Instrucción 7, Sobre la acusación de sí mismo, 2-3: PG 88, 1699).


El que se acusa a sí mismo acepta con alegría toda clase de molestias, daños, ultrajes, ignominias y otra aflicción cualquiera que haya de soportar, pues se considera merecedor de todo ello, y en modo alguno pierde la paz. Nada hay más apacible que un hombre de ese temple.

Pero quizás alguien me objetará: 
«Si un hermano me aflige y yo, examinándome a mí mismo, no encuentro que le haya dado ocasión alguna, ¿por qué tengo que acusarme?» 
En realidad, el que se examina con diligencia y con temor de Dios nunca se hallará del todo inocente, y se dará cuenta de que ha dado alguna ocasión, ya sea de obra, de palabra o con el pensamiento. Y, si en nada de esto se halla culpable, seguro que en otro tiempo habrá sido motivo de aflicción para aquel hermano, por la misma o por diferente causa; o quizás habrá causado molestia a algún otro hermano. Por esto sufre ahora en justa compensación, o también por otros pecados que haya podido cometer en muchas otras ocasiones.

Otro preguntará 
por qué deba acusarse si, estando sentado con toda paz y tranquilidad, viene un hermano y lo molesta con alguna palabra desagradable o ignominiosa, y sintiéndose incapaz de aguantarla, cree que tiene razón en alterarse y enfadarse con su hermano; porque, si éste no hubiese venido a molestarlo, él no hubiera pecado.

Este modo de pensar es, en verdad, ridículo y carente de toda razón. En efecto, no es que al decirle aquella palabra haya puesto en él la pasión de la ira, sino que más bien ha puesto al descubierto la pasión de que se hallaba aquejado; con ello le ha proporcionado ocasión de enmendarse, si quiere. Éste tal es semejante a un trigo nítido y brillante que, al ser roto, pone al descubierto la suciedad que contenía.

Así también el que está sentado en paz y tranquilidad, según cree, esconde, sin embargo, en su interior una pasión que él no ve. Viene el hermano, le dice alguna palabra molesta y, al momento, aquél echa fuera todo el pus y la suciedad escondidos en su interior.

Por lo cual, si quiere alcanzar misericordia, mire de enmendarse, purifíquese, procure perfeccionarse, y verá que, más que atribuirle una injuria, lo que tenía que haber hecho era dar gracias a aquel hermano, ya que le ha sido motivo de tan gran provecho. Y, en lo sucesivo, estas pruebas no le causarán tanta aflicción, sino que, cuanto más se vaya perfeccionando, más leves le parecerán. Pues el alma, cuanto más avanza en la perfección, tanto más fuerte y valerosa se vuelve en orden a soportar las penalidades que le puedan sobrevenir.

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"«Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre.»" (Marcos 7, 20-23) 
"Lo que sale de la boca viene de dentro del corazón, y eso es lo que contamina al hombre. Porque del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios, injurias." (Mateo 15, 18s)

jueves, 1 de junio de 2017

El Peligro de la Lengua - San Juan Crisóstomo

San Juan Crisóstomo (2 catequesis bautismal, n4)

Aprendamos ya desde ahora a vencer a aquel malvado demonio, porque, después del bautismo, deberemos desnudarnos para entrar en liza contra él. Y contra él deberemos dirigir los golpes de nuestro puño, y contra él luchar. 

Por consiguiente, aprendamos ya desde ahora sus llaves, de dónde procede su maldad y por qué medios puede fácilmente perjudicarnos, para que, cuando lleguen las competiciones, no nos extrañemos ni nos alborotemos al ver la novedad de su agonística, sino que, habiendo aprendido todas sus estratagemas a la vez que nos ejercitamos nosotros mismos, emprendamos con toda confianza la lucha contra él. 

El Peligro de la Lengua:


Pues bien, él está acostumbrado a intentar dañarnos por todos los medios, pero sobre todo a través de la lengua y de la boca, porque no hay para él instrumento más apropiado para engañarnos y perdernos que una lengua intemperante y una boca sin puertas.

De aquí nacen nuestras numerosas caídas, de aquí nuestros graves motivos de acusación. 


Y cuán fácil sea resbalar con la lengua, alguien lo declaró cuando decía:
"Muchos cayeron a filo de espada, mas no tantos como los caídos por obra de la lengua" (Si 28, 18), 

y la gravedad de la caída la revelaba el mismo diciendo otra vez:
"Mejor es resbalar del pavimento que resbalar de la lengua" (Si 20, 18);
y lo que dice viene a ser esto mismo: 
"Mejor es caer y magullarse el cuerpo que proferir una palabra tal que pueda perder nuestra alma".

Pero no solamente habla de caídas, sino que ademas nos exhorta a que andemos con gran cuidado para no ser derribados, cuando dice así:
"Haz a tu boca una puerta y cerrojos" (Si 28, 25),
no para que realmente preparemos puertas y cerrojos, sino para que, con gran seguridad, cerremos a la lengua el paso a las palabras inconvenientes.

Y en otra parte, mostrando que junto con nuestro cuidado, y antes de nuestro cuidado, necesitamos del impulso de lo alto, para que podamos retener a esta fiera dentro, el profeta, con las manos levantadas hacia Dios, volvía a decir:
"La elevación de mis manos sea como sacrificio vespertino. Pon, Señor, una guardia a mi boca y una puerta de protección a mis labios" (Sal 140, 2-3).

Y el mismo que había exhortado anteriormente vuelve a decir:
"¿Quién pondrá una guardia a mi boca, y a mis labios sello de prudencia?" (Si 22, 27).

¿Estás viendo cómo todos temen estas caídas, se lamentan, aconsejan y ruegan que su lengua disfrute de buena guardia? 

Y si tal es la ruina que nos acarrea este órgano, ¿por qué lo puso Dios en nosotros ya desde el comienzo?

Porque también tiene una gran utilidad y, si andamos con cuidado, únicamente nos trae utilidad y ningún perjuicio. Escucha, pues, lo que afirma el mismo que dijo lo de antes:
"En poder de la lengua están la vida y la muerte" (Pr 18, 21).
Y Cristo viene a declarar lo mismo cuando dice:
"Por tus palabras serás condenado, y por tus palabras serás justificado" (Mt 12, 37).

Efectivamente, la lengua está situada en el centro de uno y otro uso: el dueño eres tú. 

Lo mismo ocurre con la espada que yace en el medio:
si la utilizas contra los enemigos, tendrás en ella un instrumento de salvación,
pero, si asestas el golpe contra ti mismo, la causante de tu herida no será la naturaleza del hierro, sino tu propia transgresión de la ley.

Pensemos lo mismo respecto de la lengua:
es una espada que yace en medio, por tanto
afílala para acusarte de tus pecados, no asestes el golpe contra un hermano.

Por esta razón Dios la circundó con doble muro: con la valla de los dientes y la cerca de los labios, para que no profiera con facilidad y atolondradamente las palabras inconvenientes.

Refrénala dentro. ¿Que no lo soporta? Entonces dale una lección utilizando los dientes, como si entregaras su cuerpo a estos verdugos, y haz que la muerdan, porque mejor es que sea mordida por los dientes ahora, mientras peca, que entonces, cuando ande achicharrada buscando una gota de agua (*Lc 16, 24), no consiga el alivio. 

En todo esto, pues, y en mucho más, suele pecar, cuando insulta, blasfema, profiere palabras torpes, calumnia, jura y perjura... 

martes, 11 de octubre de 2016

"Quita las tentaciones y nadie se salva" - San Antonio del desierto

Un día el santo Padre Antonio, mientras estaba sentado en el desierto, fue presa del desaliento y de densa tiniebla de pensamientos. Y decía a Dios : “Oh Señor!. Yo quiero salvarme, pero los pensamientos me lo impiden. ¿Qué puedo hacer en mi aflicción?” Entonces, asomándose un poco, Antonio ve a otro como él, que está sentado y trabaja, después interrumpe el trabajo, se pone en pie y ora, después se sienta de nuevo y se pone a trenzar cuerdas, y después se levanta de nuevo y ora. Era un ángel del Señor, enviado para corregir a Antonio y darle fuerza. Y oyó al Angel que decía: “Haz así y serás salvo”. Al oir aquellas palabras, cobró gran alegría y aliento: así hizo y se salvó.

Dijo Antonio: “Nadie, si no es tentado, puede entrar en el Reino de los Cielos; de hecho, quita las tentaciones, y nadie se salva”. (Apo. 5)

"Quita las tentaciones y nadie será santo, ya que el que huye de la tentación provechosa rehuye la vida eterna" (N 595)

"Cuando pedimos al Señor: 'No nos dejes caer en la tentación' (Mt 6,13), no pedimos que no seamos tentados, pues sería imposible, sino que no seamos engullidos por la tentación, y hagamos algo que desagrada a Dios. Eso quiere decir no caer en tentación" (Apo. 1159)

"Sin tentación no podríamos apreciar el cuidado de Dios por nosotros, no se podría conseguir la confianza en él, no se podría aprender la sabiduría de Dios, y el amor de Dios no estaría enraizado en el alma.  Antes de las tentaciones, el hombre pide a Dios como un extraño.  Pero cuando ha resistido a la tentación sin dejarse vencer por ella, entonces Dios le mira como uno que le ha hecho un préstamo y está dispuesto a percibir los intereses; como a un amigo, que, para complacerle, ha luchado contra el poder del enemigo" (Isaac de Nínive 329)

"El abad Poimén contaba del anciano padre Juan Colobos que le pidió a Dios que le quitase las pasiones.  Así fue, y él estaba muy contento.  Siguió adelante y se lo contó a un anciano: 'Veo que estoy tranquilo, que no tengo ya ninguna tentación'.  El anciano le dijo: 'Vete y pide a Dios que te dé algún enemigo.  Entonces se te volverá a dar también el antiguo arrepentimiento y la humildad que tenías antes, pues precisamente en la tentación es cuando progresa el alma'. Él lo hizo y, cuando vino el enemigo, no pidió ya a Dios que le librase de él, sino que decía: 'Dame aguante, Señor, en la lucha' (Apo, 328)

“Si el árbol no es sacudido por el viento, no crece ni echa raíces. Lo mismo ocurre con el monje: si no es tentado y soporta las tentaciones, no se hace hombre.” (N 396)

martes, 1 de diciembre de 2015

El combate de la oración - Diadoco de Fótice

Un laico del Cristo Orante. Encuentro con San Diádoco de Fótiche (400-486 dC):


Estamos a mediados del siglo V, nos dirigimos al noroeste de Grecia, a la región de Epiro, para encontrarnos con un anciano llamado Diádoco, obispo de Fótice.

Voy a su encuentro, con gozo y reverencia, y puesto a sus pies, deslumbrado ante su presencia, le pido:

- Padre, dime una palabra sobre la oración continua.

- Hijo, ¿qué buscas?

- Ser un orante… ser un hombre de oración, y por eso he venido hasta ti, para recibir de tus labios una palabra de vida.

Después de quedarse por un momento en silencio, con voz suave y firme me dice:

- Llegarás a lo que deseas sólo si entregas tu vida por completo a nuestro muy deseado Señor Jesucristo [1]. Lanzarse a buscar la perla preciosa de la oración implica venderlo todo, todo lo que eres y posees. “El ser a su semejanza es sólo de aquellos que por una gran caridad esclavizaron su libertad a Dios. Pues cuando no nos pertenecemos, entonces somos semejantes al que nos reconcilió con Él por el amor.”[2]

- Pero Padre, yo que no soy monje sino un simple laico, ¿puedo consagrar también mi vida al Señor y a la oración?

- Por supuesto que sí…. “Conságrate siempre a la oración -en la guarda del intelecto- aunque no vivas en un monasterio.”[3] No dediques tiempo solo al estudio y a la lectura sobre la oración –que sin duda fácilmente te llenarán de consuelo- sino más bien soporta en los comienzos la estrechez de la virtud de la oración. Dedícate “lo más posible a la oración, a la salmodia, a la lectura de la Escritura”.[4] Y, sobre todo, “vive en un ferviente recuerdo de Dios”[5]. Con el deseo y el ardor que coseches de este permanente recuerdo de Dios, enfrenta cada día el combate que se da en tu corazón contra la tentación, el pecado y el mal.

- Explícame, te lo ruego, a qué te refieres cuando hablas de este combate que se da en el corazón.

- Hijo, quien busca alcanzar la perfección espiritual y el conocimiento de nuestro Señor por la oración,  se va convirtiendo poco a poco en un verdadero luchador del combate espiritual. “A los que comienzan a amar la piedad, el camino de la virtud les parece muy escabroso y penoso, no porque lo sea, sino porque la naturaleza humana apenas salida del seno materno vive cómodamente en los placeres. Pero para aquellos que pueden sobrepasar el [punto] medio, se manifiesta como un camino llano y fácil. […] Es necesario pues en los comienzos  del combate, practicar con una voluntad violenta los santos mandamientos de Dios [6], para que, viendo nuestra intención y esfuerzo, nuestro buen Señor nos envíe una voluntad muy presta para servir con placer sus gloriosos deseos; pues la voluntad entonces es preparada por el Señor, de manera que practiquemos incesantemente el bien con gran gozo.”[7]

-¿Cómo se va creciendo en este camino espiritual?

- Al principio, “la gracia esconde su presencia esperando el propósito del alma. Cuando el hombre entero se vuelve hacia el Señor, entonces ella, con un sentimiento inefable, manifiesta su presencia en el corazón y espera nuevamente el movimiento del alma, dejando que los dardos del demonio lleguen hasta su sentido íntimo, para que con un propósito más ferviente y una humilde disposición busque el alma a Dios.

En lo restante, si el hombre comienza a avanzar por la observancia de los mandamientos e invoca incesantemente al Señor Jesús, entonces el fuego de la santa gracia se distribuye incluso en los sentidos exteriores del corazón, quemando totalmente la cizaña de la tierra humana. […] 
Finalmente, cuando el luchador se ha revestido de todas las virtudes y sobre todo de la perfecta pobreza, entonces la gracia ilumina con un sentimiento más profundo toda su naturaleza y lo enciende en un gran amor de Dios. […] Así la brisa del Espíritu Santo, que mueve el corazón hacia los soplos de paz, extingue los dardos del demonio incendiario cuando aún son llevados por el aire. Incluso al que ha llegado a esta medida, Dios lo abandona alguna vez a la malicia de los demonios, dejando entonces su intelecto sin luz, para que nuestra libertad no sea totalmente encadenada por los lazos de la gracia, no sólo porque por las luchas es derrotado el pecado, sino también porque el hombre debe progresar aún en la experiencia espiritual.” [8] 

- Padre, mi corazón desea ardientemente entregarse al Señor, vivir según sus mandamientos, pero lamentablemente es también en mi corazón donde siento el ardor y el poder que ejercen en mí las pasiones.

 - “Lo propio de un hombre amigo de la virtud es el ir consumiendo siempre lo que hay de terreno en nuestros corazones por el recuerdo de Dios, para que así poco a poco, el mal sea consumido por el fuego del recuerdo del bien, y el alma vuelva perfectamente a su brillo natural con un esplendor mayor” [9]. “Hay que abandonar siempre la disposición al mal, mediante el ejercicio en el recuerdo de Dios, porque la naturaleza del bien es más poderosa que la disposición al mal, pues aquella es, mientras que esta no es, salvo cuando se practica” [10]. Así, “es necesario que el alma sea llamada primero a los combates por el gozo inicial, y luego sea examinada y probada por la verdad del Espíritu Santo acerca de los males realizados o de las vanidades que aún realiza… para que probada por el divino examen como en un horno, reciba la acción de un gozo privado de fantasías, en el ferviente recuerdo de Dios.” [11]

- Hay días en que mi corazón sin esfuerzo se inclina a la oración, pero en otros momentos las pasiones lo tironean de un lado hacia el otro como si fuera verdaderamente esclavo de ellas.

- “Los que están en el comienzo de la actividad espiritual tienen un corazón parcialmente calentado por la gracia. Es por eso que a veces su intelecto comienza entonces a fructificar pensamientos espirituales. Pero las partes visibles del corazón continúan pensando según la carne, porque todos los miembros del corazón no están aún iluminados por la luz de la santa gracia en un sentimiento profundo. […] Si empezamos, pues, a practicar con celo ferviente los mandamientos de Dios, en adelante la gracia iluminará todos nuestros sentidos en un sentimiento profundo, como quemando nuestros pensamientos y penetrando nuestro corazón con una cierta paz de inalterable amistad, preparándonos para tener pensamientos espirituales y no más carnales. Esto es lo que sucede continuamente a aquellos que se aproximan bastante a la perfección, a los que tienen incesantemente en el corazón el recuerdo del Señor Jesús.” [12]

- Los antiguos Padres de Egipto nos han enseñado sobre la importancia de mantener siempre el recuerdo de Dios y lo conveniente que es para esto rezar con oraciones breves, pero cuando te escucho veo cómo tú ya no sólo me hablas del recuerdo de Dios sino también de mantener continuamente el recuerdo del Señor Jesús en el corazón e invocar incesantemente su Nombre. Abba, te lo ruego, dime más sobre esto...

- Con gusto te hablaré de la invocación del Santo Nombre de Jesús,  que –te confieso- ha robado completamente mi corazón, pero déjame que te explique algo antes:
El camino espiritual es un itinerario que va de lo visible a lo invisible… Nuestro intelecto tiene que aprender a dejar de mirar y de detenerse en lo exterior para prestar más atención a lo interior y ver allí al Invisible. El luchador paciente es aquel que “persevera incesantemente viendo, con los ojos del pensamiento al Invisible, como si fuera visible” [13]. Cuando hablo de mirar el interior y allí al Invisible, me refiero a la necesidad de mirar siempre la profundidad de nuestro corazón.
Porque la gracia de Dios reside en la profundidad del alma, “por ello desde las mismas profundidades de nuestro corazón sentimos como brotar el deseo divino, cuando recordamos a Dios fervorosamente.” [14] “La vista, el gusto y todos los sentidos disipan la memoria del corazón […] Nosotros, pues, mirando siempre la profundidad de nuestro corazón con un recuerdo incesante de Dios, vivamos como ciegos en esta vida engañosa” [15].

- Padre, pero cuando he intentado en la oración no prestar atención a lo que pasaba a mi alrededor, concentrarme en mi interior y buscar allí al Señor, he luchado sin éxito contra una multitud de pensamientos que vienen y me distraen todo el tiempo.

- Hijo, ahora te hablaré –como me habías pedido- de la invocación del Nombre de Jesús y te daré un remedio para las distracciones que durante la oración te aparecen.
“El intelecto nos exige absolutamente, cuando cerramos todas sus salidas [externas] por el recuerdo de Dios, una obra que satisfaga su necesidad de actividad. Hay que darle al ‘Señor Jesús’, como única ocupación [tendiente] a su fin […] Que contemple en todo tiempo sólo esta palabra en sus propias cámaras del tesoro, para no volver a sus imaginaciones. Todos cuantos meditan incesantemente en la profundidad de su corazón este santo y glorioso Nombre pueden ver entonces también la luz de su intelecto. Pues, dominado por el pensamiento en un estrecho esfuerzo, consume en un sentimiento intenso toda mancha que cubre el alma; pues nuestro Dios es un fuego devorador. Por eso el Señor invita al alma a un gran amor de su propia gloria. Perseverando en aquel Nombre glorioso y muy deseado en el fervor del corazón por medio de la memoria del intelecto, produce en nosotros el hábito de amar su bondad sin que nada se le oponga en adelante. Ésta es, pues, la perla preciosa que se puede adquirir habiendo vendido los propios bienes, y cuyo descubrimiento produce un gozo inefable.”[16]

- (Al escucharle estas palabras veía su ojos brillar y su rostro resplandecer. Era como si hubiera abierto su corazón para confiarme un secreto preciado que allí guardaba. Yo en silencio admirado solo escuchaba.)

- Pero esto no sólo te ayudará en tus momentos de oración – me dijo- , también la invocación del Santo Nombre del Señor Jesús es un arma poderosa para el combate del que te hablé al comienzo. Cuando estés en medio de la lucha, “emplea el santo Nombre de Jesús para rechazar al mal” [17]. “Si el intelecto se encuentra en una memoria muy ferviente, sosteniendo el Santo Nombre del Señor Jesús y lo usa como arma contra el engaño, entonces el impostor se apartará.” [18]. “Si el intelecto se encuentra, recordando atentamente al Señor Jesús, disipa el soplo de apariencia agradable del enemigo y exultante se lanza en el combate contra él…” [19]
Así, si quieres purificar tu corazón abrázalo continuamente por el recuerdo del Señor Jesús, teniendo incesantemente esto como tu única meditación y obra. Porque es necesario que los que quieren arrojar su podredumbre no oren a veces sí, y a veces no, sino que se consagren siempre a la oración. [20]

- Padre, ¡enséñame a invocar correctamente el santo nombre de Jesús en mi corazón!

- La gracia es la que enseñará a tu alma a invocar el nombre de Jesús. “El alma tiene la gracia misma, la cual medita y grita con ella el “Señor Jesús”, como una madre enseñaría a su pequeño hijo la palabra “papá”, repitiéndola con él hasta que en lugar de un gorjeo infantil lo condujera a la costumbre de llamar claramente a su padre, incluso en su sueño.” [21] Amigo mío, te invito a que te conviertas en un luchador… Si te lanzas con generosidad a este combate para el cual ya te he enseñado mi arma más valiosa, experimentarás a su momento los consuelos inefables de nuestro Señor.

- ¿Cuáles son estos consuelos?

- “El recuerdo de Dios, que permanece fervoroso por la regulación de la voz, prepara el corazón para llevar algunos pensamientos que hacen brotar lágrimas y están llenos de dulzura” [22]. Una dulzura que viene de Dios y colma el corazón [23].
“Sentirás –también- abundantemente la consolación divina […] podrás gustar sin error la consolación del Espíritu Santo” [24]; “tu alma se arrastrará por el amor de Dios” [25]; “sentirás de modo inefable la bondad divina… y el gozo que llegará verdaderamente a tu alma y a tu cuerpo es un recuerdo inefable de la vida incorruptible” [26]. Y, sin duda, muchas otras cosas más que la palabra no puede explicar, y que sólo las conocen Dios y el alma.


La noche había pasado y nuestro diálogo llegó a su fin. Las primeras luces del alba aparecían desde el horizonte y el anciano, con una fuerza nada común, prendía las velas para la oración de la mañana.



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Notas:

[1] Cfr. DIADOCO DE FÓTICE, Obras completas, Ed. Ciudad Nueva, Madrid 1999. Cien capítulos sobre la perfección espiritual 38. [En adelante Cap. Gnost.]

[2] Cap. Gnost., 4.

[3] Cap. Gnost., 97.

[4] Cap. Gnost., 68.

[5] Cap. Gnost., 11.32.

[6] En varios pasajes Diádoco une a la observancia de los mandamientos el recuerdo de Dios y la invocación del Santo Nombre de Jesús: “Si empezamos, pues, a practicar con celo ferviente los mandamientos de Dios, en adelante la gracia iluminará todos nuestros pensamientos, penetrando en nuestro corazón con una cierta paz de inalterable amistad […] Esto sucede continuamente […] a los que tienen incesantemente en el corazón el recuerdo del Señor Jesús.” Cap. Gnost., 88. “Es necesario, pues, que se consagre siempre a la observancia de los santos mandamientos y a un profundo recuerdo del Señor de la gloria.” Cap. Gnost., 96. “Pues si alguno no deja de recordar a Dios y no descuida sus santos mandamientos, no caerá en una caída voluntaria o involuntaria”. Cap. Gnost., 100. Véase también la cita que presentamos en el texto a continuación: Cap. Gnost., 85.

[7] Cap. Gnost., 93.

[8] Cap. Gnost., 85.

[9] Cap. Gnost., 97.

[10] Cap. Gnost., 3.

[11] Cap. Gnost., 60.

[12] Cap. Gnost., 88.

[13] Cap. Gnost., Tercera definición.

[14] Cap. Gnost., 73.

[15] Cf. Cap. Gnost., 56-57.

[16] Cap. Gnost., 59.

[17] Cap. Gnost., 33.

[18] Cap. Gnost., 31.

[19] Cap. Gnost., 32.

[20] Cf. Cap. Gnost., 97.

[21] Cap. Gnost., 61.

[22] Cap. Gnost.,73.

[23] Ibid.

[24] Cf. Cap. Gnost., 30-31.

[25] Cap. Gnost., 33.

[26] Cap. Gnost., 25.