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viernes, 23 de junio de 2017

La importancia de orar rompiendo la noche - Isaac el Sirio

Isaac el Sirio (siglo VII), Sermones ascéticos



"La oración hecha durante la noche tiene un gran poder, mayor que la que se hace durante el día. Es por eso que todos los santos han tenido la costumbre de orar de noche, combatiendo el amodorramiento del cuerpo y la dulzura del sueño, sobreponiéndose a su naturaleza corporal. 


El mismo profeta decía: «Estoy agotado de gemir: de noche lloro sobre el lecho, riego mi cama con lágrimas» (Sal 6,7) mientras suspiraba desde lo hondo de su corazón con una plegaria apasionada.

Y en otra parte dice: «Me levanto a medianoche a darte gracias por tus justos juicios.» (Sal 118, 62). Por cada una de las peticiones que los santos querían dirigir a Dios con fuerza, se armaban con la oración durante la noche y así recibían lo que pedían.

El mismo Satanás nada teme tanto como la oración que se hace durante las vigilias. Aunque estén acompañadas de distracciones, no dejan de dar fruto, a no ser que se pida lo que no es conveniente. Por eso entabla severos combates contra los que velan para hacerles desdecir, tanto como sea posible, de esta práctica, sobre todo si se mantienen perseverantes. Pero los que se ven fortificados contra estas astucias perniciosas y han saboreado los dones de Dios concedidos durante las vigilias, y han experimentado personalmente la grandeza de la ayuda que Dios les concede, le desprecian enteramente a él (Satanás) y a todas sus estratagemas."

"Velad y orad, para que no caigáis en tentación;
que el espíritu está pronto, pero la carne es débil
" (Mt 26, 41)



martes, 11 de octubre de 2016

"Quita las tentaciones y nadie se salva" - San Antonio del desierto

Un día el santo Padre Antonio, mientras estaba sentado en el desierto, fue presa del desaliento y de densa tiniebla de pensamientos. Y decía a Dios : “Oh Señor!. Yo quiero salvarme, pero los pensamientos me lo impiden. ¿Qué puedo hacer en mi aflicción?” Entonces, asomándose un poco, Antonio ve a otro como él, que está sentado y trabaja, después interrumpe el trabajo, se pone en pie y ora, después se sienta de nuevo y se pone a trenzar cuerdas, y después se levanta de nuevo y ora. Era un ángel del Señor, enviado para corregir a Antonio y darle fuerza. Y oyó al Angel que decía: “Haz así y serás salvo”. Al oir aquellas palabras, cobró gran alegría y aliento: así hizo y se salvó.

Dijo Antonio: “Nadie, si no es tentado, puede entrar en el Reino de los Cielos; de hecho, quita las tentaciones, y nadie se salva”. (Apo. 5)

"Quita las tentaciones y nadie será santo, ya que el que huye de la tentación provechosa rehuye la vida eterna" (N 595)

"Cuando pedimos al Señor: 'No nos dejes caer en la tentación' (Mt 6,13), no pedimos que no seamos tentados, pues sería imposible, sino que no seamos engullidos por la tentación, y hagamos algo que desagrada a Dios. Eso quiere decir no caer en tentación" (Apo. 1159)

"Sin tentación no podríamos apreciar el cuidado de Dios por nosotros, no se podría conseguir la confianza en él, no se podría aprender la sabiduría de Dios, y el amor de Dios no estaría enraizado en el alma.  Antes de las tentaciones, el hombre pide a Dios como un extraño.  Pero cuando ha resistido a la tentación sin dejarse vencer por ella, entonces Dios le mira como uno que le ha hecho un préstamo y está dispuesto a percibir los intereses; como a un amigo, que, para complacerle, ha luchado contra el poder del enemigo" (Isaac de Nínive 329)

"El abad Poimén contaba del anciano padre Juan Colobos que le pidió a Dios que le quitase las pasiones.  Así fue, y él estaba muy contento.  Siguió adelante y se lo contó a un anciano: 'Veo que estoy tranquilo, que no tengo ya ninguna tentación'.  El anciano le dijo: 'Vete y pide a Dios que te dé algún enemigo.  Entonces se te volverá a dar también el antiguo arrepentimiento y la humildad que tenías antes, pues precisamente en la tentación es cuando progresa el alma'. Él lo hizo y, cuando vino el enemigo, no pidió ya a Dios que le librase de él, sino que decía: 'Dame aguante, Señor, en la lucha' (Apo, 328)

“Si el árbol no es sacudido por el viento, no crece ni echa raíces. Lo mismo ocurre con el monje: si no es tentado y soporta las tentaciones, no se hace hombre.” (N 396)

martes, 1 de diciembre de 2015

El combate de la oración - Diadoco de Fótice

Un laico del Cristo Orante. Encuentro con San Diádoco de Fótiche (400-486 dC):


Estamos a mediados del siglo V, nos dirigimos al noroeste de Grecia, a la región de Epiro, para encontrarnos con un anciano llamado Diádoco, obispo de Fótice.

Voy a su encuentro, con gozo y reverencia, y puesto a sus pies, deslumbrado ante su presencia, le pido:

- Padre, dime una palabra sobre la oración continua.

- Hijo, ¿qué buscas?

- Ser un orante… ser un hombre de oración, y por eso he venido hasta ti, para recibir de tus labios una palabra de vida.

Después de quedarse por un momento en silencio, con voz suave y firme me dice:

- Llegarás a lo que deseas sólo si entregas tu vida por completo a nuestro muy deseado Señor Jesucristo [1]. Lanzarse a buscar la perla preciosa de la oración implica venderlo todo, todo lo que eres y posees. “El ser a su semejanza es sólo de aquellos que por una gran caridad esclavizaron su libertad a Dios. Pues cuando no nos pertenecemos, entonces somos semejantes al que nos reconcilió con Él por el amor.”[2]

- Pero Padre, yo que no soy monje sino un simple laico, ¿puedo consagrar también mi vida al Señor y a la oración?

- Por supuesto que sí…. “Conságrate siempre a la oración -en la guarda del intelecto- aunque no vivas en un monasterio.”[3] No dediques tiempo solo al estudio y a la lectura sobre la oración –que sin duda fácilmente te llenarán de consuelo- sino más bien soporta en los comienzos la estrechez de la virtud de la oración. Dedícate “lo más posible a la oración, a la salmodia, a la lectura de la Escritura”.[4] Y, sobre todo, “vive en un ferviente recuerdo de Dios”[5]. Con el deseo y el ardor que coseches de este permanente recuerdo de Dios, enfrenta cada día el combate que se da en tu corazón contra la tentación, el pecado y el mal.

- Explícame, te lo ruego, a qué te refieres cuando hablas de este combate que se da en el corazón.

- Hijo, quien busca alcanzar la perfección espiritual y el conocimiento de nuestro Señor por la oración,  se va convirtiendo poco a poco en un verdadero luchador del combate espiritual. “A los que comienzan a amar la piedad, el camino de la virtud les parece muy escabroso y penoso, no porque lo sea, sino porque la naturaleza humana apenas salida del seno materno vive cómodamente en los placeres. Pero para aquellos que pueden sobrepasar el [punto] medio, se manifiesta como un camino llano y fácil. […] Es necesario pues en los comienzos  del combate, practicar con una voluntad violenta los santos mandamientos de Dios [6], para que, viendo nuestra intención y esfuerzo, nuestro buen Señor nos envíe una voluntad muy presta para servir con placer sus gloriosos deseos; pues la voluntad entonces es preparada por el Señor, de manera que practiquemos incesantemente el bien con gran gozo.”[7]

-¿Cómo se va creciendo en este camino espiritual?

- Al principio, “la gracia esconde su presencia esperando el propósito del alma. Cuando el hombre entero se vuelve hacia el Señor, entonces ella, con un sentimiento inefable, manifiesta su presencia en el corazón y espera nuevamente el movimiento del alma, dejando que los dardos del demonio lleguen hasta su sentido íntimo, para que con un propósito más ferviente y una humilde disposición busque el alma a Dios.

En lo restante, si el hombre comienza a avanzar por la observancia de los mandamientos e invoca incesantemente al Señor Jesús, entonces el fuego de la santa gracia se distribuye incluso en los sentidos exteriores del corazón, quemando totalmente la cizaña de la tierra humana. […] 
Finalmente, cuando el luchador se ha revestido de todas las virtudes y sobre todo de la perfecta pobreza, entonces la gracia ilumina con un sentimiento más profundo toda su naturaleza y lo enciende en un gran amor de Dios. […] Así la brisa del Espíritu Santo, que mueve el corazón hacia los soplos de paz, extingue los dardos del demonio incendiario cuando aún son llevados por el aire. Incluso al que ha llegado a esta medida, Dios lo abandona alguna vez a la malicia de los demonios, dejando entonces su intelecto sin luz, para que nuestra libertad no sea totalmente encadenada por los lazos de la gracia, no sólo porque por las luchas es derrotado el pecado, sino también porque el hombre debe progresar aún en la experiencia espiritual.” [8] 

- Padre, mi corazón desea ardientemente entregarse al Señor, vivir según sus mandamientos, pero lamentablemente es también en mi corazón donde siento el ardor y el poder que ejercen en mí las pasiones.

 - “Lo propio de un hombre amigo de la virtud es el ir consumiendo siempre lo que hay de terreno en nuestros corazones por el recuerdo de Dios, para que así poco a poco, el mal sea consumido por el fuego del recuerdo del bien, y el alma vuelva perfectamente a su brillo natural con un esplendor mayor” [9]. “Hay que abandonar siempre la disposición al mal, mediante el ejercicio en el recuerdo de Dios, porque la naturaleza del bien es más poderosa que la disposición al mal, pues aquella es, mientras que esta no es, salvo cuando se practica” [10]. Así, “es necesario que el alma sea llamada primero a los combates por el gozo inicial, y luego sea examinada y probada por la verdad del Espíritu Santo acerca de los males realizados o de las vanidades que aún realiza… para que probada por el divino examen como en un horno, reciba la acción de un gozo privado de fantasías, en el ferviente recuerdo de Dios.” [11]

- Hay días en que mi corazón sin esfuerzo se inclina a la oración, pero en otros momentos las pasiones lo tironean de un lado hacia el otro como si fuera verdaderamente esclavo de ellas.

- “Los que están en el comienzo de la actividad espiritual tienen un corazón parcialmente calentado por la gracia. Es por eso que a veces su intelecto comienza entonces a fructificar pensamientos espirituales. Pero las partes visibles del corazón continúan pensando según la carne, porque todos los miembros del corazón no están aún iluminados por la luz de la santa gracia en un sentimiento profundo. […] Si empezamos, pues, a practicar con celo ferviente los mandamientos de Dios, en adelante la gracia iluminará todos nuestros sentidos en un sentimiento profundo, como quemando nuestros pensamientos y penetrando nuestro corazón con una cierta paz de inalterable amistad, preparándonos para tener pensamientos espirituales y no más carnales. Esto es lo que sucede continuamente a aquellos que se aproximan bastante a la perfección, a los que tienen incesantemente en el corazón el recuerdo del Señor Jesús.” [12]

- Los antiguos Padres de Egipto nos han enseñado sobre la importancia de mantener siempre el recuerdo de Dios y lo conveniente que es para esto rezar con oraciones breves, pero cuando te escucho veo cómo tú ya no sólo me hablas del recuerdo de Dios sino también de mantener continuamente el recuerdo del Señor Jesús en el corazón e invocar incesantemente su Nombre. Abba, te lo ruego, dime más sobre esto...

- Con gusto te hablaré de la invocación del Santo Nombre de Jesús,  que –te confieso- ha robado completamente mi corazón, pero déjame que te explique algo antes:
El camino espiritual es un itinerario que va de lo visible a lo invisible… Nuestro intelecto tiene que aprender a dejar de mirar y de detenerse en lo exterior para prestar más atención a lo interior y ver allí al Invisible. El luchador paciente es aquel que “persevera incesantemente viendo, con los ojos del pensamiento al Invisible, como si fuera visible” [13]. Cuando hablo de mirar el interior y allí al Invisible, me refiero a la necesidad de mirar siempre la profundidad de nuestro corazón.
Porque la gracia de Dios reside en la profundidad del alma, “por ello desde las mismas profundidades de nuestro corazón sentimos como brotar el deseo divino, cuando recordamos a Dios fervorosamente.” [14] “La vista, el gusto y todos los sentidos disipan la memoria del corazón […] Nosotros, pues, mirando siempre la profundidad de nuestro corazón con un recuerdo incesante de Dios, vivamos como ciegos en esta vida engañosa” [15].

- Padre, pero cuando he intentado en la oración no prestar atención a lo que pasaba a mi alrededor, concentrarme en mi interior y buscar allí al Señor, he luchado sin éxito contra una multitud de pensamientos que vienen y me distraen todo el tiempo.

- Hijo, ahora te hablaré –como me habías pedido- de la invocación del Nombre de Jesús y te daré un remedio para las distracciones que durante la oración te aparecen.
“El intelecto nos exige absolutamente, cuando cerramos todas sus salidas [externas] por el recuerdo de Dios, una obra que satisfaga su necesidad de actividad. Hay que darle al ‘Señor Jesús’, como única ocupación [tendiente] a su fin […] Que contemple en todo tiempo sólo esta palabra en sus propias cámaras del tesoro, para no volver a sus imaginaciones. Todos cuantos meditan incesantemente en la profundidad de su corazón este santo y glorioso Nombre pueden ver entonces también la luz de su intelecto. Pues, dominado por el pensamiento en un estrecho esfuerzo, consume en un sentimiento intenso toda mancha que cubre el alma; pues nuestro Dios es un fuego devorador. Por eso el Señor invita al alma a un gran amor de su propia gloria. Perseverando en aquel Nombre glorioso y muy deseado en el fervor del corazón por medio de la memoria del intelecto, produce en nosotros el hábito de amar su bondad sin que nada se le oponga en adelante. Ésta es, pues, la perla preciosa que se puede adquirir habiendo vendido los propios bienes, y cuyo descubrimiento produce un gozo inefable.”[16]

- (Al escucharle estas palabras veía su ojos brillar y su rostro resplandecer. Era como si hubiera abierto su corazón para confiarme un secreto preciado que allí guardaba. Yo en silencio admirado solo escuchaba.)

- Pero esto no sólo te ayudará en tus momentos de oración – me dijo- , también la invocación del Santo Nombre del Señor Jesús es un arma poderosa para el combate del que te hablé al comienzo. Cuando estés en medio de la lucha, “emplea el santo Nombre de Jesús para rechazar al mal” [17]. “Si el intelecto se encuentra en una memoria muy ferviente, sosteniendo el Santo Nombre del Señor Jesús y lo usa como arma contra el engaño, entonces el impostor se apartará.” [18]. “Si el intelecto se encuentra, recordando atentamente al Señor Jesús, disipa el soplo de apariencia agradable del enemigo y exultante se lanza en el combate contra él…” [19]
Así, si quieres purificar tu corazón abrázalo continuamente por el recuerdo del Señor Jesús, teniendo incesantemente esto como tu única meditación y obra. Porque es necesario que los que quieren arrojar su podredumbre no oren a veces sí, y a veces no, sino que se consagren siempre a la oración. [20]

- Padre, ¡enséñame a invocar correctamente el santo nombre de Jesús en mi corazón!

- La gracia es la que enseñará a tu alma a invocar el nombre de Jesús. “El alma tiene la gracia misma, la cual medita y grita con ella el “Señor Jesús”, como una madre enseñaría a su pequeño hijo la palabra “papá”, repitiéndola con él hasta que en lugar de un gorjeo infantil lo condujera a la costumbre de llamar claramente a su padre, incluso en su sueño.” [21] Amigo mío, te invito a que te conviertas en un luchador… Si te lanzas con generosidad a este combate para el cual ya te he enseñado mi arma más valiosa, experimentarás a su momento los consuelos inefables de nuestro Señor.

- ¿Cuáles son estos consuelos?

- “El recuerdo de Dios, que permanece fervoroso por la regulación de la voz, prepara el corazón para llevar algunos pensamientos que hacen brotar lágrimas y están llenos de dulzura” [22]. Una dulzura que viene de Dios y colma el corazón [23].
“Sentirás –también- abundantemente la consolación divina […] podrás gustar sin error la consolación del Espíritu Santo” [24]; “tu alma se arrastrará por el amor de Dios” [25]; “sentirás de modo inefable la bondad divina… y el gozo que llegará verdaderamente a tu alma y a tu cuerpo es un recuerdo inefable de la vida incorruptible” [26]. Y, sin duda, muchas otras cosas más que la palabra no puede explicar, y que sólo las conocen Dios y el alma.


La noche había pasado y nuestro diálogo llegó a su fin. Las primeras luces del alba aparecían desde el horizonte y el anciano, con una fuerza nada común, prendía las velas para la oración de la mañana.



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Notas:

[1] Cfr. DIADOCO DE FÓTICE, Obras completas, Ed. Ciudad Nueva, Madrid 1999. Cien capítulos sobre la perfección espiritual 38. [En adelante Cap. Gnost.]

[2] Cap. Gnost., 4.

[3] Cap. Gnost., 97.

[4] Cap. Gnost., 68.

[5] Cap. Gnost., 11.32.

[6] En varios pasajes Diádoco une a la observancia de los mandamientos el recuerdo de Dios y la invocación del Santo Nombre de Jesús: “Si empezamos, pues, a practicar con celo ferviente los mandamientos de Dios, en adelante la gracia iluminará todos nuestros pensamientos, penetrando en nuestro corazón con una cierta paz de inalterable amistad […] Esto sucede continuamente […] a los que tienen incesantemente en el corazón el recuerdo del Señor Jesús.” Cap. Gnost., 88. “Es necesario, pues, que se consagre siempre a la observancia de los santos mandamientos y a un profundo recuerdo del Señor de la gloria.” Cap. Gnost., 96. “Pues si alguno no deja de recordar a Dios y no descuida sus santos mandamientos, no caerá en una caída voluntaria o involuntaria”. Cap. Gnost., 100. Véase también la cita que presentamos en el texto a continuación: Cap. Gnost., 85.

[7] Cap. Gnost., 93.

[8] Cap. Gnost., 85.

[9] Cap. Gnost., 97.

[10] Cap. Gnost., 3.

[11] Cap. Gnost., 60.

[12] Cap. Gnost., 88.

[13] Cap. Gnost., Tercera definición.

[14] Cap. Gnost., 73.

[15] Cf. Cap. Gnost., 56-57.

[16] Cap. Gnost., 59.

[17] Cap. Gnost., 33.

[18] Cap. Gnost., 31.

[19] Cap. Gnost., 32.

[20] Cf. Cap. Gnost., 97.

[21] Cap. Gnost., 61.

[22] Cap. Gnost.,73.

[23] Ibid.

[24] Cf. Cap. Gnost., 30-31.

[25] Cap. Gnost., 33.

[26] Cap. Gnost., 25.

viernes, 21 de agosto de 2015

La Avaricia - Evagrio Póntico


La avaricia es la raíz de todos los males y nutre como malignos arbustos a las demás pasiones y no permite que se sequen aquellas que florecen de ésta.

Quien desea hacer retroceder a las pasiones, que extirpe la raíz; si efectivamente podas para el bien las ramas pero la avaricia permanece, no te servirá de nada, porque éstas, a pesar de que se hayan reducido, rápidamente florecen.



El monje rico
es como una nave demasiado cargada que es hundida por el ímpetu de una tempestad: tal como una nave que deja entrar el agua es puesta a prueba por cada ola, así el rico se ve sumergido por las preocupaciones.

El monje que no posee nada
es en cambio un viajero ágil que encuentra refugio en todos lados.
Es como el águila que vuela por lo alto y que baja a buscar su alimento cuando lo necesita.
Está por encima de cualquier prueba, se ríe del presente y se eleva a las alturas alejándose de las cosas terrenas y juntándose a las celestes: tiene efectivamente alas ligeras, jamás apesadumbradas por las preocupaciones.
Sobrepasa la opresión y deja el lugar sin dolor;
la muerte llega y se va con ánimo sereno: el alma, en efecto, no ha estado amarrada por ningún tipo de atadura.

Quien en cambio mucho posee se somete a las preocupaciones y, como el perro, está amarrado a la cadena, y, si es obligado a irse, se lleva consigo, como un grave peso y una inútil aflicción, los recuerdos de sus riquezas, es vencido por la tristeza y, cuando lo piensa, sufre mucho, ha perdido las riquezas y se atormenta en el desaliento.

Y si llega la muerte abandona miserablemente sus tenencias, entrega el alma, mientras el ojo no abandona los negocios; de mala gana es arrastrado como un esclavo fugitivo, se separa del cuerpo y no se separa de sus intereses: porque la pasión lo aferra más que lo que lo arrastra.

El mar jamás se llena del todo a pesar de recibir la gran masa de agua de los ríos, de la misma manera el deseo de riquezas del avaro jamás se sacia, él las duplica e inmediatamente desea cuadruplicarlas y no cesa jamás esta multiplicación, hasta que la muerte no pone fin a tal interminable premura.

El monje juicioso tendrá cuidado de las necesidades del cuerpo y proveerá con pan y agua el estómago indigente, no adulará a los ricos por el placer del vientre, ni someterá su mente libre a muchos amos: en efecto, las manos son siempre suficientes para satisfacer las necesidades naturales.

El monje que no posee nada es un púgil que no puede ser golpeado de lleno y un atleta veloz que alcanza rápidamente el premio de la invitación celeste.

El monje rico se regocija en las muchas rentas,
mientras que el que no tiene nada se goza con los premios que le vienen de las cosas bien obtenidas.

El monje avaro trabaja duramente mientras que el que no posee nada usa el tiempo para la oración y la lectura.

El monje avaro llena de oro los agujeros, mientras que el que nada posee atesora en el cielo.

Sea maldito aquel que forja el ídolo y lo esconde, al igual que aquel que es afecto a la avaricia: el primero en efecto se postra frente a lo falso e inútil, el otro lleva en sí la imagen[del objeto que lo domina] de la riqueza, como un simulacro.

viernes, 24 de julio de 2015

La Gula - Evagrio Póntico

El origen del fruto es la flor y el origen de la vida activa[conformación con el Señor Jesús] es la templanza[dominio de sí]; quien domina el propio estómago hace disminuir las pasiones, al contrario, quien es subyugado por la comida incrementa los placeres.


Como Amalec es el origen de los pueblos, así la gula lo es de las pasiones. Como la leña es alimento del fuego así la comida es alimento del estómago. La mucha leña alienta una gran llama y la abundancia de comida nutre la concupiscencia. La llama se extingue cuando hay menos leña y la penuria en la comida apaga la concupiscencia.

Aquel que tiene dominio sobre la mandíbula desbarata a los extranjeros y disuelve fácilmente las ataduras de sus manos. De la mandíbula arrojada fuera brota una fuente de agua y la liberación de la gula genera la práctica de la contemplación.

El palo de la tienda, irrumpiendo, mató la mandíbula enemiga y la sabiduría de la templanza mata la pasión.

El deseo de comida engendra desobediencia y una deleitosa degustación arroja del paraíso. Sacian la garganta las comidas fastuosas y nutren el gusano de la intemperancia que nunca duerme.


Un vientre indigente prepara para una oración vigilante, al contrario un vientre bien lleno invita a un sueño largo.

Una mente sobria se alcanza con una dieta muy magra, mientras que una vida llena de delicadezas arroja la mente al abismo.

La oración del ayunante es como el pollito que vuela más alto que un águila mientras que la del glotón está envuelta en las tinieblas. La nube esconde los rayos del sol y la digestión pesada de los alimentos ofusca la mente.

Un espejo sucio no refleja claramente la forma que se le pone al frente y el intelecto, obtuso por la saciedad, no acoge el conocimiento de Dios.

Una tierra sin cultivar genera espinas y de una mente corrompida por la gula germinan pensamientos malignos.

Como el fango no puede emanar fragancia tampoco en el goloso sentimos el suave perfume de la contemplación.

El ojo del goloso escruta con curiosidad los banquetes, mientras que la mirada del temperante observa las enseñanzas de los sabios.

El alma del goloso enumera los recuerdos de los mártires, mientras que la del temperante imita su ejemplo.

El soldado bellaco retiembla al son de la trompeta que pre-anuncia la batalla, igualmente tiembla el goloso a los llamados de la templanza.

El monje goloso, sometido a las exigencias de su vientre, exige su tributo cotidiano. El caminante que camina con ahínco alcanzará pronto la ciudad y el monje glotón no llegará a la casa de la paz interior.

El húmedo vapor del sahumerio perfuma el aire, como la oración del temperante deleita el olfato divino.

Si te abandonas al deseo de la comida ya nada te bastará para satisfacer tu placer: el deseo de la comida, en efecto, es como el fuego que siempre envuelve y siempre se inflama. Una medida suficiente llena el vaso, mientras un vientre desfondado jamás dirá ¡basta!". La extensión de las manos puso en fuga a Amalec y una vida activa elevada somete las pasiones carnales.


Extermina todo lo que sea inspirado por los vicios y mortifica fuertemente tu carne. Que de cualquier manera, en efecto, sea matado el enemigo, éste no te producirá más miedo, así un cuerpo mortificado no perturbará al alma. Un cadáver no nota el dolor del fuego y menos aún el temperante siente el placer del deseo extinguido.

Si matas a un egipcio[demonio feroz], escóndelo bajo la arena, y no engordes el cuerpo por una pasión vencida: así como en la tierra engordada germina lo que está escondido, así en el cuerpo gordo revive la pasión.

La llama que languidece se re-enciende si se le agrega leña seca y el placer que se va atenuando revive con la saciedad de la comida; no compadezcas el cuerpo que se lamenta por la carestía y no lo halagues con comidas suntuosas: si en efecto lo refuerzas se te volverá en contra llevándote a una guerra sin tregua, hasta que esclavice tu alma y te haga siervo de la lujuria.

El cuerpo indigente es como una caballo dócil que jamás desensillará al caballero: éste, en efecto, dominado por el freno, se somete y obedece a la mano de quien sujeta las riendas, mientras el cuerpo, domado por el hambre y las vigilias, no reacciona por un pensamiento malo que lo cabalga, ni relincha excitado por el ímpetu de las pasiones.

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