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viernes, 30 de junio de 2017

Comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo - La importancia de los signos (Misal Romano)


"El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él" (Juan 6, 54-56)


Instrucción General del Misal Romano:

281. Cuando la sagrada comunión se hace bajo las dos especies el signo adquiere una forma más plena.
De esta forma, en efecto, el signo del banquete eucarístico resplandece más perfectamente y expresa más claramente la voluntad divina con que se ratifica la alianza nueva y eterna en la sangre del señor,
así como también la relación entre el banquete eucarístico y el banquete escatológico en el reino del padre.[105]

319. La Iglesia, siguiendo el ejemplo de Cristo, ha usado siempre pan y vino con agua para celebrar el banquete del Señor.

320. El pan para la celebración de la eucaristía debe ser de trigo sin mezcla de otra cosa, recientemente elaborado y ácimo, según la antigua tradición de la Iglesia latina.

321. La naturaleza del signo exige que la materia de la celebración eucarística aparezca verdaderamente como alimento. Conviene, pues, que el pan eucarístico, aunque sea ácimo y elaborado en la forma tradicional, se haga de tal forma, que el sacerdote en la Misa celebrada con pueblo, pueda realmente partir la Hostia en varias partes y distribuirlas, por lo menos a algunos fieles. Sin embargo, de ningún modo se excluyen las hostias pequeñas, cuando lo exija el número de los que van a recibir la Sagrada Comunión y otras razones pastorales. Pero el gesto de la fracción del pan, con el cual sencillamente se designaba la eucaristía en los tiempos apostólicos, manifestará claramente la fuerza y la importancia de signo: de unidad de todos en un único pan y de caridad por el hecho de que se distribuye un único pan entre hermanos.


[*105] Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25 de mayo de 1967, núm. 32: A.A.S. 59 (1967) pág. 558.

martes, 22 de septiembre de 2015

San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla

Se dice que el 13 de Octubre de 1884, el Papa León XIII, experimento una visión horrible: después de celebrar la Eucaristía, estaba consultando sobre ciertos temas con sus cardenales en la capilla privada del Vaticano cuando de pronto se detuvo al pie del altar y quedo sumido en una realidad que solo el veía...

Su rostro tenía expresión de horror y de impacto. Se fue palideciendo. Algo muy duro había visto. De repente, se incorporó, levanto su mano como saludando y se fue a su estudio privado. Lo siguieron y le preguntaron: ¿Que le sucede su Santidad? ¿Se siente mal? 

El respondió: "¡Oh, que imágenes tan terribles se me han permitido ver y escuchar!", y se encerró en su oficina.


¿Qué vio León XIII?
"Vi demonios y oí sus crujidos, sus blasfemias, sus burlas. Oí la espeluznante voz de Satanás desafiando a Dios, diciendo que él podía destruir la Iglesia y llevar todo el mundo al infierno si se le daba suficiente tiempo y poder. Satanás pidió permiso a Dios de tener 100 años para poder influenciar al mundo como nunca antes había podido hacerlo."

También León XIII pudo comprender que si el demonio no lograba cumplir su propósito en el tiempo permitido, sufriría una derrota humillante. Vio a San Miguel Arcángel aparecer y lanzar a Satanás con sus legiones en el abismo del infierno.

Después de media hora, llamo al Secretario para la Congregación de Ritos. Le entregó una hoja de papel y le ordenó que la enviara a todos los obispos del mundo indicando que bajo mandato tenía que ser recitada después de cada misa, la oración que ahí el había escrito:


ORACIÓN:

San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla
contra las maldades e insidias del demonio.
Se nuestra ayuda, te rogamos suplicantes.
¡Que el Señor nos lo conceda!
Y tú, príncipe de las milicias celestiales,
con el poder que te viene de Dios
arroja en el infierno a Satanás
y a los otros espíritus malignos
que ambulan por el mundo
para la perdición de las almas. Amén. 

El Papa León XIII, en 1886 introdujo esta invocación del Arcángel San Miguel después de la Misa. No se trata de una nueva oración, sino de una invocación aislada, con carácter de exorcismo.
(Jungmann, Josef, El Sacrificio de la Misa, BAC página 1026)

El Papa San Juan Pablo II, el 24 de abril de 1994 dijo así:

"Quiera Dios que la oración nos fortalezca para la batalla espiritual de la que habla la carta a los Efesios: «Fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder» (Ef 6, 10). A esa misma batalla se refiere el libro del Apocalipsis, reviviendo ante nuestros ojos la imagen de san Miguel arcángel (cf. Ap 12, 7). Seguramente tenía muy presente esa escena el Papa León XIII cuando, al final del siglo pasado, introdujo en toda la Iglesia una oración especial a san Miguel: «San Miguel arcángel, defiéndenos en la batalla contra los ataques y las asechanzas del maligno; sé nuestro baluarte...» Aunque en la actualidad esa oración ya no se rece al final de la celebración eucarística, os invito a todos a no olvidarla a rezarla para obtener ayuda en la batalla contra las fuerzas de las tinieblas y contra el espíritu de este mundo."

Papa Francisco, 29 de septiembre de 2014, Fiesta de los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael
"Este es un día particularmente apropiado para dirigirse a ellos (arcángeles). Y también para recitar esa oración antigua pero tan hermosa del arcángel Miguel, para que siga luchando y defendiendo el misterio más grande de la humanidad: que el Verbo se hizo hombre, murió y resucitó"

Oración a San Miguel:
(León XIII, 18 de mayo de 1890; Acta Apostolicae Sedis, p. 743)

¡Oh glorioso príncipe de las milicias celestes, san Miguel arcángel, defiéndenos en el combate y en la terrible lucha que debemos sostener contra los principados y las potencias, contra los príncipes de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos!
Ven en auxilio de los hombres que Dios ha creado inmortales, que formó a su imagen y semejanza y que rescató a gran precio de la tiranía del demonio.
Combate en este día, con el ejército de los santos ángeles, los combates del Señor como en otro tiempo combatiste contra Lucifer, el jefe de los orgullosos, y contra los ángeles apóstatas que fueron impotentes de resistirte y para quien no hubo nunca jamás lugar en el cielo.
Si ese monstruo, esa antigua serpiente que se llama demonio y Satán, él que seduce al mundo entero, fue precipitado con sus ángeles al fondo del abismo. Pero he aquí que ese antiguo enemigo, este primer homicida ha levantado ferozmente la cabeza. Disfrazado como ángel de luz y seguido de toda la turba y seguido de espíritu malignos, recorre el mundo entero para apoderarse de él y desterrar el Nombre de Dios y de su Cristo, para hundir, matar y entregar a la perdición eterna a las almas destinadas a la eterna corona de gloria. Sobre hombres de espíritu perverso y de corazón corrupto, este dragón malvado derrama también, como un torrente de fango impuro el veneno de su malicia infernal, es decir el espíritu de mentira, de impiedad, de blasfemia y el soplo envenado de la impudicia, de los vicios y de todas las abominaciones. Enemigos llenos de astucia han colmado de oprobios y amarguras a la Iglesia, esposa del Cordero inmaculado, y sobre sus bienes más sagrados han puesto sus manos criminales. Aun en este lugar sagrado, donde fue establecida la Sede de Pedro y la cátedra de la Verdad que debe iluminar al mundo, han elevado el abominable trono de su impiedad con el designio inicuo de herir al Pastor y dispersar al rebaño.
Te suplicamos, pues, Oh príncipe invencible, contra los ataques de esos espíritus réprobos, auxilia al pueblo de Dios y dale la victoria. Este pueblo te venera como su protector y su patrono, y la Iglesia se gloría  de tenerte como defensor contra los malignos poderes del infierno. A ti te confió Dios el cuidado de conducir a las almas a la beatitud celeste. ¡Ah! Ruega pues al Dios de la paz que ponga bajo nuestros pies a Satanás vencido y de tal manera abatido que no pueda nunca más mantener a los hombres en la esclavitud, ni causar perjuicio a la Iglesia.
Presenta nuestras oraciones ante la mirada del Todopoderoso, para que las misericordias del Señor nos alcancen cuanto antes. Somete al dragón, la antigua serpiente que es diablo y Satán, encadénalo y precipítalo en el abismo, para que no pueda seducir a los pueblos. Amén
- He aquí la Cruz del Señor, huyan potencias enemigas.
Venció el León de Judá, el retoño de David
-Que tus misericordias, Oh Señor se realicen sobre nosotros.
Como hemos esperado de ti.
-Señor, escucha mi oración
Y que mis gritos se eleven hasta ti.
Oh Dios Padre Nuestro Señor Jesucristo, invocamos tu Santo Nombre, e imploramos insistentemente tu clemencia para que por la intercesión de María inmaculada siempre Virgen, nuestra Madre, y del glorioso san Miguel arcángel, te dignes auxiliarnos contra Satán y todos los otros espíritus inmundos que recorren la tierra para dañar al género humano y perder las almas. Amén

miércoles, 9 de septiembre de 2015

San Cirilo de Jerusalén - La comunión del Cuerpo y la Sangre del Señor

San Cirilo de Jerusalén - Obispo y Doctor de la Iglesia (315-386)
Catequesis XXIII - Mistagógica V (20-23)

La comunión del cuerpo y la sangre del Señor

Oíste después la voz del salmista que os invitaba, por medio de cierta divina melodía, a la comunión de los santos misterios y decía: «Gustad y ved qué bueno es el Señor» (Sal 34,9). Pero no juzguéis ni apreciéis esto como una comida humana: quiero decir, no así, sino desde la fe y libres de toda duda. Pues a los que los saborean no se les manda degustar pan y vino, sino lo que éstos representan en imagen, pero de modo real: el cuerpo y la sangre del Señor.

La comunión del cuerpo de Cristo

No te acerques, pues, con las palmas de las manos extendidas ni con los dedos separados, sino que, poniendo la mano izquierda bajo la derecha a modo de trono que ha de recibir al Rey, recibe en la concavidad de la mano el cuerpo de Cristo diciendo: «Amén». 

Súmelo a continuación con ojos de santidad cuidando de que nada se te pierda de él. Pues todo lo que se te caiga considéralo como quitado a tus propios miembros. Pues, dime, si alguien te hubiese dado limaduras de oro, ¿no las cogerías con sumo cuidado y diligencia, con cuidado de que nada se te perdiese y resultases perjudicado? ¿No procurarás con mucho más cuidado y vigilancia que no se te caiga ni siquiera una miga, que es mucho más valiosa que el oro y que las piedras preciosas?

La comunión de la sangre de Cristo


Y después de la comunión del cuerpo de Cristo, acércate también al cáliz de la sangre: sin extender las manos, sino inclinándote hacia adelante, expresando así adoración y veneración, mientras dices «Amén», serás santificado al tomar también de la sangre de Cristo. Y cuando todavía tienes húmedos los labios, tocándolos con las manos, santifica tus ojos y tu frente y los demás sentidos. Por último, en oración expectante, da gracias a Dios, que te ha concedido hacerte partícipe de tan grandes misterios.

Guardad íntegras estas tradiciones, y guardaos a vosotros mismos sin mancha. No os apartéis de la comunión ni mancilléis con vuestros pecados estos sagrados y espirituales misterios. «Que él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Tes 5,23), a quien sea la gloria, el honor y el imperio con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.


martes, 4 de agosto de 2015

«¡Animo!, que soy yo; no temáis.» «Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas.»

San Mateo 14, 22-36
 
22 Inmediatamente obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
23 Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí.
24 La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario.
25 Y a la cuarta vigilia de la noche vino él hacia ellos, caminando sobre el mar.
26 Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a gritar.
27 Pero al instante les habló Jesús diciendo: «¡Animo!, que soy yo; no temáis.»
28 Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas.»
29 «¡Ven!», le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús.
30 Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!»
31 Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»
32 Subieron a la barca y amainó el viento.
33 Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios.»
34 Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret.
35 Los hombres de aquel lugar, apenas le reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y le presentaron todos los enfermos.
36 Le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaron salvados.


Mientras Pedro creyó, anduvo con paso firme sobre las aguas; pero cuando dudó, comenzó a hundirse (14,30). Al alejarse y disminuir poco a poco la fe, era arrastrado hacia el fondo. Cuando Jesús se dio cuenta de la dificultad, él, que es capaz de curar las aflicciones íntimas del alma, exclamó: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» (14,31). Y con la fuerza de él, que le cogió la mano derecha, con lo que recobró la fe, llevado de esta mano por el Señor, continuó como antes andando sobre las aguas. Indirectamente habla de esto último el Evangelio cuando señala: «Subieron a la barca...» (14,32). No dice que Pedro subiera después de nadar, sino que nos insinúa que el espacio que recorrió hasta Jesús lo hizo andando y, tras recorrerlo de nuevo, subió a la barca.
San Cirilo de Jerusalén - Catequesis V - La FE



En el mar de la vida y de la historia, María resplandece como Estrella de esperanza. No brilla con luz propia, sino que refleja la de Cristo, Sol que apareció en el horizonte de la humanidad; de este modo, siguiendo la Estrella de María, podemos orientarnos durante el viaje y mantener la ruta hacia Cristo, especialmente en los momentos oscuros y tempestuosos.

El apóstol Pedro conoció bien esta experiencia, pues la vivió personalmente. Una noche, mientras con los demás discípulos estaba atravesando el lago de Galilea, se vio sorprendido por una tempestad. Su barca, a merced de las olas, ya no lograba avanzar. Jesús se acercó en ese momento caminando sobre las aguas, e invitó a Pedro a bajar de la barca y a caminar hacia él. Pedro dio algunos pasos entre las olas, pero luego comenzó a hundirse y entonces gritó: "Señor, ¡sálvame!"


En más de una ocasión a cada uno de nosotros quizá le ha sucedido lo que a Pedro, cuando al caminar sobre las aguas dirigiéndose hacia el Señor de repente se dio cuenta de que el agua no le sostenía y de que estaba a punto de hundirse. Y como Pedro hemos gritado: «Señor, ¡sálvame!» (Mateo, 14, 30). Al ver la furia de los elementos, ¿cómo podíamos atravesar las aguas estruendosas y Pero, entonces, hemos dirigido la mirada hacia él… y él nos ha tomado de la mano y nos ha dado un nuevo «peso específico»: la levedad que se deriva de la fe y que nos eleva hacia lo alto. Y después nos da la mano que nos sostiene y nos lleva. Él nos sostiene. Volvamos a dirigir siempre nuestra mirada hacia él y démosle la mano. Dejemos que su mano nos tome, y entonces no nos hundiremos, sino que nos pondremos al servicio de la vida, que es más fuerte que la muerte, y del amor que es más fuerte que el odio. La fe en Jesús, Hijo del Dios vivo, es el medio por el que volvemos a dar la mano a Jesús y por el que nos toma de la mano y nos guía. Una de mis oraciones preferidas es la petición que la liturgia pone en nuestros labios antes de la Comunión: «… no permitas que me separe de ti». Pidámosle que no caigamos nunca fuera de la comunión de su Cuerpo, de la comunión con el mismo Cristo, que no caigamos nunca fuera de su misterio eucarístico. Pidámosle que no deje de llevarnos de la mano…



Este pasaje evangélico entraña un profundo contenido. Atañe al problema más importante de la vida humana: la fe en Jesucristo. 


Pedro ciertamente tenía fe, como demostró más tarde, de modo magnífico, en las cercanías de Cesarea de Filipo, pero en ese momento su fe aún no era muy firme. Cuando comenzó a soplar más fuerte el viento, Pedro comenzó a hundirse, pues había dudado. No fue el viento el que hizo hundirse a Pedro en el lago, sino su falta de fe. A la fe de Pedro le faltó un elemento esencial: abandonarse plenamente a Cristo, confiar totalmente en él en el momento de la gran prueba; le faltó la esperanza sin reservas en él. La fe y la esperanza, junto con la caridad, constituyen el fundamento de la vida cristiana, cuya piedra angular es Jesucristo.
...
La fe en Cristo y la esperanza de la que él es maestro permiten al hombre alcanzar la victoria sobre sí mismo, sobre todo lo que hay en él de débil y pecaminoso, y al mismo tiempo esta fe y esta esperanza lo llevan a la victoria sobre el mal y sobre los efectos del pecado en el mundo que lo rodea.

Cristo libró a Pedro del miedo que se había apoderado de él ante el mar en tempestad. Cristo también nos ayuda a nosotros a superar los momentos difíciles de la vida, si nos dirigimos a él con fe y esperanza para pedirle ayuda. «¡Ánimo!, soy yo; no temáis» (Mt 14, 27).

Una fe fuerte, de la que brota una esperanza ilimitada, virtud tan necesaria hoy, libra al hombre del miedo y le da la fuerza espiritual para resistir a todas las tempestades de la vida. ¡No tengáis miedo de Cristo! Fiaos de él hasta el fondo. Sólo él «tiene palabras de vida eterna». Cristo no defrauda jamás.
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Dirijamos, una vez más, la mirada hacia el lago de Genesaret, por el que navega la barca de Pedro. El lago evoca la imagen del mundo, también la del mundo contemporáneo, en el que vivimos y en el que la Iglesia cumple su misión. Este mundo constituye un desafío para el hombre, como el lago constituyó un desafío para Pedro. Por una parte, era para él algo cercano y conocido como lugar de su trabajo diario de pescador; pero, por otra, era el elemento natural con el que debía confrontar sus fuerzas y su experiencia.
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Es verdad que a veces el mundo puede constituir una amenaza; pero un hombre que vive de fe y esperanza tiene en sí la fuerza del Espíritu para afrontar los peligros de este mundo. Pedro caminó sobre las aguas del lago, aunque ese hecho iba contra la ley de la gravedad, porque miraba a Cristo a los ojos. Cuando dudó, cuando perdió el contacto personal con el Maestro, comenzó a hundirse y escuchó el reproche: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? » (Mt 14, 31).

El ejemplo de Pedro nos enseña la importancia que tiene en la vida espiritual la relación personal con Cristo: es preciso renovarla y profundizarla constantemente. ¿Cómo? Sobre todo con la oración. Orad y aprended a orar; leed y meditad la palabra de Dios; consolidad vuestra relación con Cristo en los sacramentos de la penitencia y la Eucaristía...
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Este mundo, que a veces parece una realidad invencible y amenazadora, un mar en tempestad, al mismo tiempo tiene profunda sed de Cristo, tiene gran sed de la buena nueva. Tiene gran necesidad de amor.

Sed, en este mundo, portadores de fe y esperanza cristiana, viviendo el amor cada día. Sed testigos fieles de Cristo resucitado; no deis nunca marcha atrás ante los obstáculos que se acumulen en los caminos de vuestra vida. 




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