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martes, 6 de junio de 2017

Sobre la falsa Paz - La palabra del hermano pone de manifiesto el pus que hay en tu corazón - San Doroteo, abad

de las Instrucciones de san Doroteo, abad.
(Instrucción 7, Sobre la acusación de sí mismo, 2-3: PG 88, 1699).


El que se acusa a sí mismo acepta con alegría toda clase de molestias, daños, ultrajes, ignominias y otra aflicción cualquiera que haya de soportar, pues se considera merecedor de todo ello, y en modo alguno pierde la paz. Nada hay más apacible que un hombre de ese temple.

Pero quizás alguien me objetará: 
«Si un hermano me aflige y yo, examinándome a mí mismo, no encuentro que le haya dado ocasión alguna, ¿por qué tengo que acusarme?» 
En realidad, el que se examina con diligencia y con temor de Dios nunca se hallará del todo inocente, y se dará cuenta de que ha dado alguna ocasión, ya sea de obra, de palabra o con el pensamiento. Y, si en nada de esto se halla culpable, seguro que en otro tiempo habrá sido motivo de aflicción para aquel hermano, por la misma o por diferente causa; o quizás habrá causado molestia a algún otro hermano. Por esto sufre ahora en justa compensación, o también por otros pecados que haya podido cometer en muchas otras ocasiones.

Otro preguntará 
por qué deba acusarse si, estando sentado con toda paz y tranquilidad, viene un hermano y lo molesta con alguna palabra desagradable o ignominiosa, y sintiéndose incapaz de aguantarla, cree que tiene razón en alterarse y enfadarse con su hermano; porque, si éste no hubiese venido a molestarlo, él no hubiera pecado.

Este modo de pensar es, en verdad, ridículo y carente de toda razón. En efecto, no es que al decirle aquella palabra haya puesto en él la pasión de la ira, sino que más bien ha puesto al descubierto la pasión de que se hallaba aquejado; con ello le ha proporcionado ocasión de enmendarse, si quiere. Éste tal es semejante a un trigo nítido y brillante que, al ser roto, pone al descubierto la suciedad que contenía.

Así también el que está sentado en paz y tranquilidad, según cree, esconde, sin embargo, en su interior una pasión que él no ve. Viene el hermano, le dice alguna palabra molesta y, al momento, aquél echa fuera todo el pus y la suciedad escondidos en su interior.

Por lo cual, si quiere alcanzar misericordia, mire de enmendarse, purifíquese, procure perfeccionarse, y verá que, más que atribuirle una injuria, lo que tenía que haber hecho era dar gracias a aquel hermano, ya que le ha sido motivo de tan gran provecho. Y, en lo sucesivo, estas pruebas no le causarán tanta aflicción, sino que, cuanto más se vaya perfeccionando, más leves le parecerán. Pues el alma, cuanto más avanza en la perfección, tanto más fuerte y valerosa se vuelve en orden a soportar las penalidades que le puedan sobrevenir.

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"«Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre.»" (Marcos 7, 20-23) 
"Lo que sale de la boca viene de dentro del corazón, y eso es lo que contamina al hombre. Porque del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios, injurias." (Mateo 15, 18s)

martes, 30 de mayo de 2017

El Juicio mata la comunidad - Homilía del Papa Francisco

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta - 13/02/2017


La lectura del Génesis nos habla de Caín y Abel (Gn 4,1-15.25). Por primera vez en la Biblia se dice la palabra hermano. Es la historia de una fraternidad que debería crecer y ser hermosa, pero que acaba destruida.

Una historia que comienza con pequeños celos.

Caín está molesto porque su sacrificio no agrada a Dios y empieza a cultivar ese enfado por dentro.

Podría controlarlo, pero no lo hace.

Caín prefirió el instinto, prefirió cocinar dentro de sí ese sentimiento, agrandarlo, dejarlo crecer. El pecado que cometerá después, ya está agazapado detrás de ese sentimiento. Y crece, crece. Así crecen las enemistades entre nosotros: comienzan con una cosa pequeña, unos celos, una envidia, pero luego crece y vemos la vida solo desde ese punto y aquella mota se convierte para nosotros en una viga, ¡pero la viga la tenemos nosotros! Y nuestra vida gira en torno a eso, y acaba destruyendo el vínculo de fraternidad.

Poco a poco nos vamos obsesionando, nos acosa ese mal, que crece cada vez más. Crece y crece la enemistad, y acaba mal. Siempre.

Me distancio de mi hermano: ese ya no es mi hermano, es un enemigo, hay que destruirlo, expulsarlo…, y así las enemistades destruyen a la gente, destruyen familias, pueblos, todo. Ese “comerse el coco”, siempre obsesionado con eso. Esto le pasó a Caín, y al final eliminó a su hermano.

No: ya no hay hermano: sólo yo. No hay comunidad: sólo yo.

Esto que pasó al comienzo, nos puede pasar a todos; por eso, el proceso hay que parado en seguida, al principio, a la primera amargura. La amargura no es cristiana. El dolor sí, la amargura no. El resentimiento no es cristiano. El dolor sí, el resentimiento no.

Cuántas enemistades, cuántas divisiones. También en nuestros presbiterios, en nuestros colegios episcopales, ¡cuántas divisiones comienzan así! Pero, ¿por qué a ese le han dado ese cargo y no a mí? ¿Y por qué a ese?… Cosas pequeñas, divisiones que destruyen la comunidad.

Dios pregunta: “¿Dóndes está Abel, tu hermano?”.
La respuesta de Caín es irónica: “No sé; ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?”. ¡Sí, tú eres el guardián de tu hermano!

Y el Señor le dice: “La sangre de tu hermano me está gritando desde el suelo”. Cada uno –yo también– puede decir que nunca ha matado a nadie. Pero si tienes un sentimiento malo hacia tu hermano, ¡ya lo has matado!; si insultas a tu hermano, ¡lo has matado en tu corazón!

Matar es un proceso que empieza con lo pequeño...  Todo empieza con ese sentimiento que te lleva a distanciarte, a decir al otro: Ese es fulano, ese es así, pero no es hermano…, y acaba en la guerra que mata. ¡Pero tú ya mataste al principio! Es el proceso de la sangre, y hoy la sangre de tanta gente del mundo grita a Dios desde el suelo. Y todo está unido: esa sangre –quizá una gotita de sangre–, con mi envidia, mis celos, yo la he hecho salir, cuando destruí la fraternidad.

Que el Señor nos ayude hoy a repetir estas palabras suyas: ¿Dónde está tu hermano? Que nos ayude el Señor a pensar en los que destruimos con la lengua.