Mostrando entradas con la etiqueta virgen María. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta virgen María. Mostrar todas las entradas

lunes, 24 de octubre de 2016

¿Por qué lloras Madre mía? - San Romano el Meloda

¿POR QUÉ LLORAS MADRE MÍA?

San Romano el Melódico
Himno 25, María en el camino de la cruz

«Y a ti misma, una espada te traspasará el corazón» (Lc 2,35).

Oveja contemplando a su cordero que es llevado al matadero (Is 53,7), consumida de dolor; le seguía, con las demás mujeres, clamando así: «¿Adónde vas, hijo mío? ¿Por qué acabas de esta manera tu corta vida (Sal 18,6)?

Todavía hay, en Caná, otras bodas, ¿es allí que tú vas ahora, tan rápidamente para hacer, de nuevo, vino del agua? ¿Te puedo acompañar, hijo mío, o es mejor que espere? Dime una palabra, Verbo, no pases delante de mí en silencio…, tú, que eres mi hijo y mi Dios…»
Tú vas hacia una muerte injusta y nadie comparte tu sufrimiento. Pedro no te acompaña ahora, él que decía: «Aunque tuviera que morir, yo jamás te negaré» (Mt 26,35). Te ha abandonado ese Tomás que exclamaba: «Muramos con él» (Jn 11,6). Y también los demás, los íntimos, ellos que han de juzgar a las doce tribus (Mt 19,28), ¿dónde están, ahora? No ha quedado ninguno; y tú, completamente solo, hijo mío, mueres por todos. Es tu salario por haber salvado a todos los hombres y haberles servido, hijo mío y Dios mío.
Girándose hacia María, aquél que salió de ella, exclamó: «¿Por qué lloras, madre?… Yo, ¿no sufrir? ¿no morir? ¿Cómo podría salvar a Adán? ¿Dejar de habitar el sepulcro? ¿Cómo devolvería la vida a los que permanecen en el país de los muertos? ¿Por qué lloras? Mejor que grites: ‘Él sufre voluntariamente, mi hijo y mi Dios’. Virgen sensata, no te vuelvas semejante a las insensatas (Mt 25,1s); tú estás dentro de la sala de bodas, no reacciones, pues, como si estuvieras fuera… No llores más, pues es mejor que digas: ‘Ten piedad de Adán, sé misericordioso con Eva, tú, mi hijo y mi Dios.’
Ten la seguridad, madre, que tú serás la primera en verme salir del sepulcro. Vendré a mostrarte de qué males he rescatado a Adán, qué de sudores he derramado por él. A mis amigos les revelaré el sentido de las señales que verán en mis manos. Entonces, tú verás a Eva como en otros tiempos.


lunes, 28 de marzo de 2016

¡Reina del cielo, alégrate, aleluya!

Durante el tiempo pascual, los cristianos nos unimos en la oración del Regina Coeli (o Reina del Cielo) junto a María, madre de Jesús y Madre nuestra, llenos de jozo y de alegría, por ver el cumplimiento de las promesas en la Resurrección de su Hijo Jesucristo, Nuestro Señor.

El rezo del Regina Coeli fue establecida por el Papa Benedicto XIV en 1742 y reemplaza durante el tiempo pascual al rezo del Ángelus cuya meditación se centra en el misterio de la Encarnación.

Se desconoce el autor de esta composición litúrgica que se remonta al siglo XII y era repetido por los Frailes menores Franciscanos después de las completas en la primera mitad del siguiente siglo popularizándola y extendiéndose por todo el mundo cristiano.

La oración en latín:

V/ Regina caeli, laetare, alleluia.
R/ Quia quem meruisti portare, alleluia.

V/ Resurrexit, sicut dixit, alleluia.
R/ Ora pro nobis Deum, alleluia.

V/ Gaude et laetare Virgo María, alleluia.
R/ Quia surrexit Dominus vere, alleluia.

Oremus: Deus, qui per resurrectionem Filii tui, Domini nostri Iesu Christi, mundum laetificare dignatus es: Praesta, quaesumus; ut, per eius Genetricem Virginem Mariam, perpetuae capiamus gaudia vitae. Per eundem Christum Dominum nostrum. Amen.


La oración en español:

V/ Reina del cielo, alégrate, aleluya.
R/ Porque el Señor, a quien has llevado en tu vientre, aleluya.

V/ Ha resucitado según su palabra, aleluya.
R/ Ruega al Señor por nosotros, aleluya.

V/  Goza y alégrate Virgen María, aleluya.
R/ Porque en verdad ha resucitado el Señor, aleluya.

Oremos: Oh Dios, que por la resurrección de Tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, has llenado el mundo de alegría, concédenos, por intercesión de su Madre, la Virgen María, llegar a los gozos eternos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.



jueves, 27 de agosto de 2015

Rahamim - Entrañas de misericordia. La com-pasión de Dios

"Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en las sombras de la muerte, para guiar nuestros pasos por el Camino del la Paz" (Lc. 1,78-79)

La Palabra Rahamin significa "Entrañas de Misericordia".

Confiar y descansar en la Misericordia de Dios significa entrar en el útero (Rehem) de Dios que tiene el poder de regenerar, a través de su Igleias y gesta cristianos.

El hombre es introducido en el útero de Dios a través del don de la conversión para que nazca una criatura nueva, como dijo Jesús a Nicodemo (Jn 3, 4)

---
"María en el misterio de la cruz y la resurrección" - Meditación tomada del libro «María, Iglesia naciente» publicada por Joseph Ratzinger en el libro que escribió junto al teólogo Hans Urs von Balthasar con el título «María, Iglesia naciente», páginas 57-60:

«Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción --¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!--» (Lucas, 2, 34).

La espada atravesará su corazón: esto hace referencia a la pasión del Hijo, que se convertirá también en pasión de la Madre. Dicha pasión comienza ya con su siguiente visita al Templo:
- María debe aceptar la precedencia del auténtico Padre y de su casa, del Templo;
- Debe aprender a dejar libre a aquel al que dio a luz.
- Debe llevar hasta el final el sí a la voluntad de Dios que la hizo llegar a ser madre:
- Retirarse y ponerlo en libertad para su misión.


En los rechazos de la vida pública y en esta retirada se da un paso importante que se consumará en la cruz con la palabra «Ahí tienes a tu hijo»: desde ese momento, su hijo ya no es Jesús, sino el discípulo.


La aceptación y la disponibilidad es el primer paso que se exige de ella;

El dejar y el dar libertad es el segundo.

Sólo así se hace completa su maternidad: el «Dichoso el seno que te llevó» sólo se hace verdad donde forma parte de la otra bienaventuranza. «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan» (Lucas 11,27s.). Así, María está preparada para el misterio de la cruz, que no termina simplemente en el Gólgota. Su Hijo sigue siendo signo de contradicción, y así ella sigue sumergida en el dolor de dicha contradicción, el dolor de la maternidad mesiánica.

Especialmente querida para la piedad cristiana se ha hecho precisamente la imagen de la Madre sufriente, convertida totalmente en com-pasión, con el Hijo muerto sobre el regazo.

En la Madre que com-padece han encontrado los dolientes de todos los tiempos el reflejo más puro de esa com-pasión divina que es el único consuelo verdadero. Pues todo dolor, todo padecer es, en su esencia última, aislamiento, pérdida del amor, dicha destrozada de quien ya no es aceptado. Sólo el «com-» puede curar el dolor.


En Bernardo de Claraval se encuentra esta palabra maravillosa: Dios no puede padecer, pero puede com-padecer (1). Bernardo pone con ello cierto punto final a la disputa de los Padres acerca de la novedad del concepto cristiano de Dios. Para el pensamiento antiguo, a la esencia de Dios pertenecía la impasibilidad de la pura razón. A los Padres les resultaba difícil rechazar esta idea y concebir «pasión» alguna en Dios, pero por la Biblia veían, perfectamente, no obstante, que la «revelación de la Biblia» «hace estremecer... [todo] lo que el mundo había pensado sobre Dios». Veían que en Dios hay una pasión muy íntima, que incluso es su genuina esencia: el amor. Y porque ama, el padecimiento no le es ajeno en la forma de com-pasión. «En su amor al hombre, el Impasible ha sufrido la com-pasión misericordiosa», escribe Orígenes a este respecto (2).


Se podría decir que la cruz de Cristo es la com-pasión de Dios por el mundo.


En el Antiguo Testamento hebreo, el com-padecer de Dios al hombre no se expresa con un término del ámbito psicológico, sino que, como corresponde a la modalidad concreta del pensamiento semítico, se designa con un vocablo que en su significado básico denota un órgano corporal, a saber «rahamim», que en singular significa el claustro o seno materno. Lo mismo que «corazón» equivale a sentimiento, y «lomos» y «riñones», a deseo y a dolor, así el seno materno se convierte en la palabra que denota la solidaridad con otro, en referencia muy honda a la facultad del ser humano de existir para otro, de asumirlo en sí mismo, de soportarlo y, soportándolo, darle la vida. El Antiguo Testamento nos dice, con una palabra del lenguaje del cuerpo, cómo Dios nos contiene en sí nos lleva en sí con un amor que com-padece (3).

Las lenguas en las que el Evangelio entró con su paso al mundo pagano no conocían tales formas de expresión. Pero la imagen de la Pietà, la Madre que padece por el Hijo muerto, se convirtió en la traducción viva de esta palabra: en ella queda patente el padecer materno de Dios. En ella se ha hecho visible, tangible. Ella es la «compassio» de Dios, representada en un ser humano que se ha dejado implicar plenamente en el misterio de Dios. Pero, puesto que la vida humana es en todos los tiempos padecer, la imagen de la Madre que padece, la imagen de los «rahamim» de Dios, ha llegado a ser muy importante para la cristiandad. Sólo en ella llega a su término la imagen de la cruz, porque ella es la cruz asumida, que se comparte en el amor, la que nos permite ahora experimentar en su com-pasión la com-pasión de Dios.

Así, el dolor de la Madre es dolor pascual que ya manifiesta la transformación de la muerte en la solidaridad redentora del amor. Con ello, sólo en apariencia nos hemos alejado mucho del «Alégrate» con el que comienza la historia de María. Pues la alegría que le es anunciada no es la alegría banal que se concreta en el olvido de los abismos de nuestro ser, y por eso está condenada a caer en el vacío. Es la verdadera alegría, que nos hace arriesgarnos al éxodo del amor hasta el interior de la ardiente santidad de Dios. Es esa verdadera alegría que con el dolor no se destruye, sino que llega a su madurez. Sólo la alegría que se mantiene firme ante el dolor y es más fuerte que el dolor, es la verdadera alegría.

_________________________________
(1) «In Cant.», s. 26, n. 5, PL 183, 906: «impassibilis est Deus, sed non incompassibilis». Cf. H. de Lubac, «Geist aus der Geschichte. Das Schriftverständnis des Origenes, Einsiedeln 1968 (original francés 1950), p. 285. Todo el capítulo «Ver Gott des Origenes», pp. 269-289, es importante para esta cuestión. H. U. von Balthasar ha tratado repetidas veces el tema contiguo a éste del «dolor de Dios», por última vez en: ID 5, «El último acto», Madrid 1997, pp. 210-243).

(2) H. de Lubac, op. cit., p. 286.

(3) Sobre esto es importante la gran nota 52 de la encíclica de Juan Pablo II «Dives in misericordia» (Sobre la misericordia divina); Cf. también la nota 61.
(02 de mayo de 2005) © Innovative Media Inc.

martes, 4 de agosto de 2015

«¡Animo!, que soy yo; no temáis.» «Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas.»

San Mateo 14, 22-36
 
22 Inmediatamente obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
23 Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí.
24 La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario.
25 Y a la cuarta vigilia de la noche vino él hacia ellos, caminando sobre el mar.
26 Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a gritar.
27 Pero al instante les habló Jesús diciendo: «¡Animo!, que soy yo; no temáis.»
28 Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas.»
29 «¡Ven!», le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús.
30 Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!»
31 Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»
32 Subieron a la barca y amainó el viento.
33 Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios.»
34 Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret.
35 Los hombres de aquel lugar, apenas le reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y le presentaron todos los enfermos.
36 Le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaron salvados.


Mientras Pedro creyó, anduvo con paso firme sobre las aguas; pero cuando dudó, comenzó a hundirse (14,30). Al alejarse y disminuir poco a poco la fe, era arrastrado hacia el fondo. Cuando Jesús se dio cuenta de la dificultad, él, que es capaz de curar las aflicciones íntimas del alma, exclamó: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» (14,31). Y con la fuerza de él, que le cogió la mano derecha, con lo que recobró la fe, llevado de esta mano por el Señor, continuó como antes andando sobre las aguas. Indirectamente habla de esto último el Evangelio cuando señala: «Subieron a la barca...» (14,32). No dice que Pedro subiera después de nadar, sino que nos insinúa que el espacio que recorrió hasta Jesús lo hizo andando y, tras recorrerlo de nuevo, subió a la barca.
San Cirilo de Jerusalén - Catequesis V - La FE



En el mar de la vida y de la historia, María resplandece como Estrella de esperanza. No brilla con luz propia, sino que refleja la de Cristo, Sol que apareció en el horizonte de la humanidad; de este modo, siguiendo la Estrella de María, podemos orientarnos durante el viaje y mantener la ruta hacia Cristo, especialmente en los momentos oscuros y tempestuosos.

El apóstol Pedro conoció bien esta experiencia, pues la vivió personalmente. Una noche, mientras con los demás discípulos estaba atravesando el lago de Galilea, se vio sorprendido por una tempestad. Su barca, a merced de las olas, ya no lograba avanzar. Jesús se acercó en ese momento caminando sobre las aguas, e invitó a Pedro a bajar de la barca y a caminar hacia él. Pedro dio algunos pasos entre las olas, pero luego comenzó a hundirse y entonces gritó: "Señor, ¡sálvame!"


En más de una ocasión a cada uno de nosotros quizá le ha sucedido lo que a Pedro, cuando al caminar sobre las aguas dirigiéndose hacia el Señor de repente se dio cuenta de que el agua no le sostenía y de que estaba a punto de hundirse. Y como Pedro hemos gritado: «Señor, ¡sálvame!» (Mateo, 14, 30). Al ver la furia de los elementos, ¿cómo podíamos atravesar las aguas estruendosas y Pero, entonces, hemos dirigido la mirada hacia él… y él nos ha tomado de la mano y nos ha dado un nuevo «peso específico»: la levedad que se deriva de la fe y que nos eleva hacia lo alto. Y después nos da la mano que nos sostiene y nos lleva. Él nos sostiene. Volvamos a dirigir siempre nuestra mirada hacia él y démosle la mano. Dejemos que su mano nos tome, y entonces no nos hundiremos, sino que nos pondremos al servicio de la vida, que es más fuerte que la muerte, y del amor que es más fuerte que el odio. La fe en Jesús, Hijo del Dios vivo, es el medio por el que volvemos a dar la mano a Jesús y por el que nos toma de la mano y nos guía. Una de mis oraciones preferidas es la petición que la liturgia pone en nuestros labios antes de la Comunión: «… no permitas que me separe de ti». Pidámosle que no caigamos nunca fuera de la comunión de su Cuerpo, de la comunión con el mismo Cristo, que no caigamos nunca fuera de su misterio eucarístico. Pidámosle que no deje de llevarnos de la mano…



Este pasaje evangélico entraña un profundo contenido. Atañe al problema más importante de la vida humana: la fe en Jesucristo. 


Pedro ciertamente tenía fe, como demostró más tarde, de modo magnífico, en las cercanías de Cesarea de Filipo, pero en ese momento su fe aún no era muy firme. Cuando comenzó a soplar más fuerte el viento, Pedro comenzó a hundirse, pues había dudado. No fue el viento el que hizo hundirse a Pedro en el lago, sino su falta de fe. A la fe de Pedro le faltó un elemento esencial: abandonarse plenamente a Cristo, confiar totalmente en él en el momento de la gran prueba; le faltó la esperanza sin reservas en él. La fe y la esperanza, junto con la caridad, constituyen el fundamento de la vida cristiana, cuya piedra angular es Jesucristo.
...
La fe en Cristo y la esperanza de la que él es maestro permiten al hombre alcanzar la victoria sobre sí mismo, sobre todo lo que hay en él de débil y pecaminoso, y al mismo tiempo esta fe y esta esperanza lo llevan a la victoria sobre el mal y sobre los efectos del pecado en el mundo que lo rodea.

Cristo libró a Pedro del miedo que se había apoderado de él ante el mar en tempestad. Cristo también nos ayuda a nosotros a superar los momentos difíciles de la vida, si nos dirigimos a él con fe y esperanza para pedirle ayuda. «¡Ánimo!, soy yo; no temáis» (Mt 14, 27).

Una fe fuerte, de la que brota una esperanza ilimitada, virtud tan necesaria hoy, libra al hombre del miedo y le da la fuerza espiritual para resistir a todas las tempestades de la vida. ¡No tengáis miedo de Cristo! Fiaos de él hasta el fondo. Sólo él «tiene palabras de vida eterna». Cristo no defrauda jamás.
...
Dirijamos, una vez más, la mirada hacia el lago de Genesaret, por el que navega la barca de Pedro. El lago evoca la imagen del mundo, también la del mundo contemporáneo, en el que vivimos y en el que la Iglesia cumple su misión. Este mundo constituye un desafío para el hombre, como el lago constituyó un desafío para Pedro. Por una parte, era para él algo cercano y conocido como lugar de su trabajo diario de pescador; pero, por otra, era el elemento natural con el que debía confrontar sus fuerzas y su experiencia.
...
Es verdad que a veces el mundo puede constituir una amenaza; pero un hombre que vive de fe y esperanza tiene en sí la fuerza del Espíritu para afrontar los peligros de este mundo. Pedro caminó sobre las aguas del lago, aunque ese hecho iba contra la ley de la gravedad, porque miraba a Cristo a los ojos. Cuando dudó, cuando perdió el contacto personal con el Maestro, comenzó a hundirse y escuchó el reproche: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? » (Mt 14, 31).

El ejemplo de Pedro nos enseña la importancia que tiene en la vida espiritual la relación personal con Cristo: es preciso renovarla y profundizarla constantemente. ¿Cómo? Sobre todo con la oración. Orad y aprended a orar; leed y meditad la palabra de Dios; consolidad vuestra relación con Cristo en los sacramentos de la penitencia y la Eucaristía...
...
Este mundo, que a veces parece una realidad invencible y amenazadora, un mar en tempestad, al mismo tiempo tiene profunda sed de Cristo, tiene gran sed de la buena nueva. Tiene gran necesidad de amor.

Sed, en este mundo, portadores de fe y esperanza cristiana, viviendo el amor cada día. Sed testigos fieles de Cristo resucitado; no deis nunca marcha atrás ante los obstáculos que se acumulen en los caminos de vuestra vida. 




https://www.facebook.com/lumensemitismeis/posts/502383809928456

viernes, 17 de julio de 2015

Testamento espiritual de Santa Bernardita Soubirous

TESTAMENTO ESPIRITUAL DE SANTA BERNADITA SOUBIROUS


Por la pobreza en la que vivieron papá y mamá, por los fracasos que tuvimos, porque se arruinó el molino, por haber tenido que cuidar niños, vigilar huertos frutales y ovejas; y por mi constante cansancio..., te doy gracias, Jesús.


Te doy gracias, Dios mío, por el fiscal y por el comisario, por los gendarmes y por las duras palabras del padre Peyramale...

No sabré como agradecerte, si no es en el paraíso, por los días en que viniste, María, y también por aquellos en los que no viniste.

Por la bofetada recibida y por las burlas y ofensas sufridas, por aquellos que me tenían por loca, y por aquellos que veían en mí a una impostora; por aquel que trataba de hacer de mi un negocio...te doy las gracias, Madre.

Por la ortografía que jamás aprendí, por la mala memoria que siempre tuve, por mi ignorancia y por mi estupidez, te doy las gracias.

Te doy las gracias porque si hubiese existido en la tierra un niño más ignorante y estúpido, tú lo hubieses escogido.

Porque mi madre haya muerto lejos. Por el dolor que sentí cuando mi padre, en vez de abrazar a su pequeña Bernardita, me llamó "hermana María Bernarda"..., te doy las gracias.

Te doy las gracias por el corazón que me has dado, tan delicado y sensible, y que colmaste de amargura...

Porque la madre Josefa anunciase que no sirvo para nada, te doy las gracias. Por el sarcasmo de la madre maestra, por su dura voz, por sus injusticias, por su ironía y por el pan de la humillación ..., te doy las gracias.

Gracias por haber sido como soy, porque la madre Teresa pudiese decir de mí: "Jamás le cedáis lo suficiente"...

Doy las gracias por haber sido una privilegiada en la indicación de mis defectos y que otras hermanas pudieran decir: "Qué suerte que no soy Bernardita"...

Agradezco haber sido la Bernardita a la que amenazaron con llevar a la cárcel porque te vi a ti, Madre...

Agradezco que fui una Bernardita tan pobre y tan miserable que, cuando me veían, la gente decía: "¿Esa cosa es ella?" La Bernardita que la gente miraba como si fuese el animal más exótico.

Por el cuerpo que me diste, digno de compasión y putrefacto..., por mi enfermedad que arde como el fuego y quema como el humo, por mis huesos podridos, por mis sudores y fiebre, por los dolores agudos y sordos que siento..., te doy las gracias, Dios mío!

Y por el alma que me diste, por el desierto de mi sequedad interior, por tus noches y tus relámpagos, por tus rayos... por todo. Por ti mismo, cuando estuviste presente y cuando faltaste..., te doy las gracias, Jesús.



https://www.facebook.com/lumensemitismeis